El santo de los puentes

No hago más que sospechar la presencia de la alegría y desearla.

Ivone Gebara

 

Rocío es una niña de cinco años, guapa a más no poder y más lista que el aire. Le estuvo explicando a su tío José Manuel que el lunes, día 31, el cole estaba cerrado y, cuando este le preguntó por qué, ella respondió, muy convencida: “¡Porque es el santo de los puentes!”. Cuando José Manuel me lo contó, evidentemente, me reí a carcajadas y admiré, una vez más, la capacidad que tienen los niños para organizar de acuerdo a una lógica –la suya, claro– la información que reciben. Sin duda, Rocío oyó en algún sitio que no había clase porque era el puente de Todos los Santos, expresión que no acabó de entender, pero cuyos términos reordenó de una forma más acorde con su visión del mundo.

Hoy, día de Todos los Santos –y también de Todas las Santas– el recuerdo de la ocurrencia de Rocío me asalta cada poco tiempo y pone a funcionar mi imaginación. Pienso en puentes como el de Piedra, en Zaragoza, o el de Triana, en Sevilla, dos ciudades fluviales donde las haya, en las que la presencia del río ha marcado, desde siempre, el ritmo de la vida. Los pienso llenos de flores y de globos de colores, cortada por completo la circulación rodada, convertidos en paseos peatonales y, por tanto, llenos de gente de todas las edades asomada a sus barandillas, contemplando el paso del agua bajo sus pies y disfrutando del sol otoñal y de la compañía mutua, porque es el santo de los puentes, esas construcciones que ponen en comunicación las orillas que, sin ellos, formarían parte de mundos distintos y excluidos, por más que compartan el agua que los separa. Y la visión me resulta profundamente festiva, algo que contrasta con la falta de alegría que acompaña, a menudo, la celebración del 1 de noviembre, aunque las lecturas litúrgicas propuestas para hoy, entre las que sobresale la de las Bienaventuranzas, hablen de dicha.

Sí, las bienaventuranzas del Evangelio proclaman dichosas, felices, a unos grupos de personas. El texto griego habla de macarioi, que la versión latina traduce por beati, adjetivos ambos que pueden interpretarse en castellano como felices. No voy a hacer una exégesis del texto, pero sí quiero plantear una doble reflexión. La primera tiene que ver con el género gramatical, masculino, de dichos adjetivos en el texto evangélico. Está claro que se trata de un masculino genérico, o sea, inclusivo, por lo que hay que suponer que los macarioi y beati mencionados por Jesús son también macariai y beatae, es decir, que las mujeres también están incluidas en la dicha de los bienaventurados. No obstante, resulta muy revelador leer en femenino este texto. Hace años lo hicimos en mi grupo de reflexión teológica y el resultado fue muy sorprendente, porque al hacer a las mujeres protagonistas, las bienaventuranzas adquirieron un significado muy diferente,  más preciso, más real, casi insoportable…, lo que demuestra que el masculino genérico, aunque incluya, no visibiliza. Y si alguien quiere comprobarlo, que haga la prueba.

La segunda está relacionada con la felicidad de la que habla Jesús, felicidad que, por la elección del texto de las Bienaventuranzas para el día de Todos los Santos, parece íntimamente emparentada con la santidad. Hoy escuché que las bienaventuranzas son un programa de vida cristiana y no pude evitar que la afirmación me rechinara, y mucho. ¿Es cristiano llorar y sufrir tanta iniquidad que se nos haga hambre y sed de justicia, aunque se nos prometa consuelo y saciedad? ¿Qué dice de Dios algo así? ¿Es la felicidad algo que pertenece solo al futuro? ¿No es más cristiano desear la felicidad aquí y ahora? ¿No es más evangélico construir esa felicidad con todos los medios posibles? Porque si el Reinado de Dios es solo cosa del futuro, no me extraña que la santidad resulte triste e inspire, incluso, cierto temor.

Mi lectura de las Bienaventuranzas tiene que ver con la toma de conciencia de la dureza de la vida, de todas las vidas, especialmente las de quienes soportan de manera más intensa la injusticia a manos de sus semejantes, las de quienes sufren desprecio y marginación y no pueden o no saben evitar ese sufrimiento, o no quieren sacudírselo recurriendo a la violencia. Tiene que ver con que allí donde el Reinado de Dios se va haciendo realidad, en presente, ese sufrimiento desaparece, y seguirá desapareciendo en el futuro. Tiene que ver con que construir ese Reinado supone enfrentarse a los sistemas injustos y deshumanizadores, lo que no solo no es fácil, sino que puede tener consecuencias para quienes lo hacen, como demuestra, sin ir más lejos, la muerte de Jesús. Tiene que ver con la confianza en que, cuando el tiempo presente no ha sido suficiente para lograr eliminar las lágrimas, estas no serán el último capítulo de ninguna historia, aunque la forma en que eso sucede o sucederá es para mí un misterio.

Es una pena que la ciudad en la que vivo no esté atravesada por un río, porque hoy me habría gustado mucho ir al puente, en honor a Rocío, y celebrar, a medio camino entre las dos orillas –muerte y vida, pasado y presente– a los hombres y mujeres que fueron y son felices, a quienes confiaron y confían en la vida, a quienes trabajaron y trabajan por la justicia, a quienes fueron y son liberadas/os de cualquier esclavitud, a quienes no recurrieron ni recurren a la violencia, a quienes compartieron y comparten las alegrías y las penas de los demás, a quienes ayer y hoy, entonces, aquí y ahora, hicieron y hacen la humanidad más humana y, por tanto, más divina. A todos los santos y santas.

Licencia Creative Commons
El santo de los puentes por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “El santo de los puentes”

  1. Yo he hecho la prueba y me he quedado muy sorprendida. Gracias por la sugerencia. Probaré con otros pasajes bíblicos.

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