Teoría y práctica

 

El viaje hacia la toma de conciencia suele ser más atractivo en teoría que en la práctica. Buscar la conciencia teóricamente, en libros y conversaciones, nos permite fantasear con llegar a la tierra prometida sin tener que hacer ningún cambio real en la vida. Incluso la promesa de que esa tierra existe puede producir una fabulosa sensación de realización.

Caroline Miss

 

Hace unas semanas que se han convocado oposiciones en la biblioteca en que trabajo y me voy a presentar. Me costó tomar la decisión, porque dedicarme a preparar las pruebas de selección –y hacerlo en serio– me supone aparcar, aunque sea temporalmente, algunos proyectos que me interesan mucho y que, además, me dan mucha vida, y dedicar al estudio del temario prácticamente cada minuto libre del día, lo que significa poner límites a otros placeres, como la lectura y el cine, la charla amistosa tomando algo por ahí o paseando, la correspondencia, las conversaciones telefónicas, o el dolce far niente

Cuando empecé a estudiar, tuve que luchar con la pereza de retomar cuestiones que me parecían algo del pasado –ya superé unas oposiciones– y con la tentación de encontrar una excusa externa que me permitiera abandonar sin remordimientos. Afortunadamente no la encontré, así que tan solo me quedaba vencer la desgana en general y el aburrimiento en particular que acompaña a algunos temas, como los relacionados con la legislación, que siempre me han resultado muy áridos. De todas formas, suelo ser muy autodisciplinada para las cosas de estudiar, por lo que, aunque sufro alguna crisis de galbana, no me dejo arrastrar por ella.

No obstante, poco después de empezar a estudiar, me invadió la sensación de que mi mundo se estaba reduciendo mucho, como si yo fuera una burra con orejeras y solo pudiera ver el surco de tierra que tengo bajo mis pies. Mi sabia amiga Magdalena me dijo: “En cuanto pilles un ritmo de estudio y lo encajes en tu rutina, esa sensación desaparecerá”. Y está desapareciendo.

Al margen de que mi amiga tenga razón –que la tiene–, creo que hay algo más que contribuye a que mi visión empiece a ampliarse, aunque mi tiempo y mis lecturas estén dedicadas casi íntegramente –y digo casi porque me niego a no alimentarme de otras cosas– a la biblioteconomía. Y es que, cuando se profundiza en un tema, sea cual sea, siempre se abren nuevos horizontes. Cuando entré en la biblioteca, hace ya más de diecisiete años, la sociedad de la información era, al menos en España, todavía un futurible. Desde entonces, el concepto de biblioteca ha cambiado mucho. Tanto como la sociedad. Lo curioso es que, formando parte de la plantilla de una biblioteca y siendo testigo de dichos cambios, es más, viviéndolos en mi propia carne, no me había parado a pensar ni en sus causas ni en sus consecuencias.

Estudiar estas oposiciones me está permitiendo proyectar una mirada diferente sobre el mundo: un mundo globalizado, en el que se diluyen las barreras entre lo real y lo virtual, en el que se produce muchísima información que es preciso localizar, seleccionar, filtrar, organizar y rescatar; un mundo en el que el acceso a dicha información es prácticamente universal, sin que sea necesaria la presencia física; un mundo en el que las personas que solo saben leer y escribir –en uno o varios idiomas– pueden considerarse prácticamente analfabetas si no han desarrollado habilidades en el manejo de los ordenadores, en la búsqueda selectiva de información y en la creación de documentos electrónicos; un mundo que multiplica exponencialmente los datos y al que se le presenta el reto de redefinir el conocimiento; un mundo en el que, gracias a internet y las web 2.0, parece posible universalizar y democratizarlo todo y que, paradójicamente, necesita de muchas mediaciones empresariales, institucionales, profesionales… –no siempre gratuitas– para que las personas puedan ser, de verdad, sujetos receptores y emisores; un mundo concebido como un gran acto de comunicación en el que, sin embargo, sigue habiendo quienes ni escuchan ni hablan.

De alguna manera, todo esto me está haciendo consciente de las necesidades que una realidad tan compleja plantea, de las ventajas y peligros que representa y de las consecuencias que conlleva, especialmente en lo que a manipulación de la información y a desigualdades por analfabetismo informacional se refiere, y sobre todo me está haciendo consciente de mi concreta responsabilidad en ese gran acto comunicativo del que formamos parte.

Así, lo que empezó siendo una tarea con vistas a mejorar mi situación laboral, se está convirtiendo en un compromiso personal, en una búsqueda de aquello que yo, concretamente en mi puesto de trabajo, puedo hacer para que la brecha digital no deje a nadie en la cuneta, para que los datos no ahoguen el conocimiento, para que la abundancia de oferta informativa no impida pensar, para que los privilegios que el desarrollo nos proporciona revierta en beneficio de quienes ahora no los tienen, para que la tierra prometida –una tierra donde, entre otras cosas, todas y todos tengamos las mismas oportunidades para aprender– sea cada vez menos promesa y más realidad. Y espero ser capaz de poner mi grano de arena, tanto si apruebo, como si no.

Licencia Creative Commons
Teoría y práctica por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Teoría y práctica”

  1. Yo, que te conozco bien, sé que vas a aprobar y te emplazo a que lo celebremos juntas

  2. Yo me apunto a la celebración, con estas amigas listas, también sé que las vas a aprobar, asi que fecha para celebrarlo.

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