En memoria de Valsa John

 Porque tus manos

han tocado mi vida,

serás por siempre libre

y serás por siempre

Hermana de tus hermanas.

María Helena Céspedes Siabato

Ayer leí en Desveladas* que la religiosa india Valsa John, hermana de la Caridad de Jesús y María, fue asesinada hace unos días por la mafia minera en Pachwara, Jarkhand. Su delito, defender los derechos de los aborígenes, con los que convivía desde hacía veinte años, y luchar contra la explotación que sufrían por parte de las empresas mineras. La crueldad con la que le fue arrancada la vida –la mataron a golpes– hizo pasar por mi mente las imágenes de otros feminicidios, domésticos y públicos, y de otras muchas mujeres, muchísimas en todo el mundo, que son asesinadas con una violencia atroz y, en la mayor parte de los casos, impunemente.

La Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1999, aprobó que el 25 de noviembre fuera el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, en recuerdo del violento asesinato de las hermanas Mirabal, tres activistas políticas asesinadas tal día de 1960 por la policía secreta del dictador Rafael Trujillo, en la República Dominicana. La celebración de este día supone, entre otras cosas, el reconocimiento explícito e internacional de que existe tal violencia, una violencia específica que tiene como destinatarias a las mujeres y que, aunque se produce de mil formas distintas, algunas muy sutiles, encuentra su más escandalosa e irreparable expresión en el feminicidio.

El 25 de noviembre se celebra también la memoria del martirio de santa Catalina de Alejandría. La tradición la sitúa en el siglo IV y la presenta como una mujer joven y muy formada, que supo enfrentarse al emperador con la fuerza de su fe y con la de sus argumentos, con los que logró vencer públicamente a cincuenta sabios escogidos por él para humillarla. Su sabiduría no solo no le libró de la muerte, sino que sin duda se sumó a su fe como causa de condena.

Catalina gozó de una gran devoción en todo el mundo cristiano. No obstante, la Iglesia la sacó del calendario litúrgico, en la reforma de 1969, junto con otras santas y santos cuya existencia parece más legendaria que real. Hay quienes piensan, además, que santa Catalina es un trasunto cristiano de otra alejandrina, la filósofa Hipatía, que murió en el siglo V, también de forma muy violenta, a manos de fanáticos cristianos, y no porque fuera pagana –o no solo por ello–, sino sobre todo porque era sabia –algo que no se perdona fácilmente a las mujeres–, lo que convertiría a Catalina en una figura concebida para compensar e incluso hacer olvidar un acontecimiento, esta vez claramente histórico, en el que los cristianos fueron los verdugos. Es posible, pues, que Catalina de Alejandría no existiera. No obstante, su figura, inventada o no, ha sido referente para muchas mujeres cristianas –como sor Juana Inés de la Cruz– que se inspiraron en ella para hacer valer su voz pública y reivindicar su derecho al estudio y al conocimiento, voz y derecho que durante siglos nos ha sido negados a las mujeres.

Yo no sabía nada de la hermana Valsa John –si pienso en Teresa de Calcuta, me pregunto por qué la noticia de la vida y de los actos de Valsa no mereció traspasar frontera alguna–, pero estoy segura de que su decisión de ponerse al lado de los aborígenes explotados por las empresas mineras –y permanecer junto a ellos pese a las amenazas de muerte– fue la forma concreta en que hizo carne el Evangelio y su carisma religioso, por lo que sin duda merece el título de mártir. Pero sospecho que si Valsa no hubiera sido economista, no habría resultado tan peligrosa para quienes se enriquecen a costa de explotar a otros seres humanos. La suma de su fe-amor –que le llevó a compartir la vida con quienes están oprimidos y explotados– y de su sabiduría –sabía qué hacer y cómo para poner límites al poder de los todopoderosos– fue un cóctel intolerable para quienes acabaron asesinándola, como lo fue para quienes mataron a Catalina y a Hipatía de Alejandría. A las mujeres, se nos puede perdonar que amemos, pero pocas veces se nos perdona que sepamos. Creo que el asesinato de la hermana Valsa John, por tanto, fue también un feminicidio, lo que no la hace menos mártir-testigo, sino más, si cabe.

Sus asesinos la golpearon hasta la muerte y, según parece, se ensañaron especialmente con su rostro, como si creyeran que borrando sus rasgos podrían eliminar su identidad y su memoria… Pero no lo lograrán, porque, al margen de la difusión que la noticia de su vida y de su muerte pueda tener, Valsa dejó mucho de sí –todo– en las personas con las que convivió y junto a quienes luchaba por un mundo más justo y digno: más humano. En ellas dará fruto. Y también en quienes hacemos y haremos memoria de Valsa de Pachwara para encontrar inspiración y valor, porque su muerte, paradójicamente, no es causa de temor, sino fuego que mantiene las antorchas encendidas, testimonio –martirio– de que su vida fue evangélica y plena.

* http://www.desveladas.org/desveladasinicial.html
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En memoria de Valsa John por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “En memoria de Valsa John”

  1. Gracias, María José, por hacer visible en tu blog este asesinato que tan poco espacio ha ocupado en los medios públicos. Todo cuanto dices merece un eco. Sin embargo, quisiera detenerme un instante en el subrayado que haces de su formación de economista. Estos días recuerdo el revuelo suscitado el año pasado por la denuncia de la benedictina Teresa Forcades de los abusos de las farmacéuticas por las vacunas de la gripe A. Recuerdo el revulsivo que supuso y los intentos de desacalificarla que llevaron a cabo distintas firmas, incluidas las de periódicos supuestamente progresistas y con sensibilidad social. La denuncia de Teresa estaba contrastada, contenía argumentos y ponía de relieve que se tomaba en serio su profesión de médica. Como Valsa, Teresa “tocaba” el dinero y es una persona formada. Reconozco que en algún momento tuve miedo por Teresa Forcades, pues la industria farmacéutica no es menos poderosa que la minera. Tiene, también, sus propias “mafias”. Con este paralelismo pretendo decir que la denuncia profetica de las religiosas, pasa hoy, como bien dices, por una buena formación, por la acreditación teórica y práctica de una buena profesional. De hecho hay muchas religiosas asesinadas por defender las causas de los olvidados y desechados de este mundo nuestro. Solo se dan a conocer, sin embargo, los nombres de quienes, como Valsa John, unen su fe con la formación o el conocimiento. La profecía hoy, repito, reclama esta fusión. Estos casos, junto con otros, debería hacernos pensar en las nuevas formas que debe adquirir la expresión profética que tan propia es de la Vida Religiosa. Te agradezco que tu post nos estimule.

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