He visto a Sara

La vida, mi vida, continúa.

Mercedes Navarro Puerto

 

Cuenta el evangelista Juan (8,56-57) que, en cierta ocasión, Jesús les dijo a los judíos con los que conversaba: Vuestro padre Abrahán se alegró deseando ver mi día: lo vio y se regocijó. Y que los judíos le respondieron: No tienes cincuenta años, ¿y ya has visto a Abrahán? Por algún extraño motivo, en algunos países, la escena narrada por Juan ha dado lugar a una interpretación que significa que, al cumplir los cincuenta años, ves a Abrahán. Eso, si eres hombre, porque en justa reciprocidad –reciprocidad que agradezco, aunque solo sea por ser tan poco habitual en la historia–, si eres mujer, ves a Sara. Yo la he visto hoy, concretamente a las 8 de la mañana, pues hice madrugar a mi madre para que me naciera. Me ha sonreído y yo, en pleno desayuno, le he devuelto la sonrisa porque estoy contenta, no solo de haber conseguido verla, sino sobre todo de mi trayecto vital hasta este día en que cumplo 50 años.

El tiempo es un continuum que dividimos de forma convencional, por lo que, en realidad, puede parecer que no hay motivo ninguno para que una fecha sea más señalada que otra, pero lo cierto es que, desde que nací, la tierra ha dado cincuenta vueltas alrededor del sol y, mientras lo hacía, se ha ido desarrollando mi vida, toda entera, y con ella, yo misma. Y si viera mi recorrido vital como un viaje por carretera, podría interpretar cada cumpleaños como un punto kilométrico que me ayuda a ser consciente del camino recorrido, aunque desconozca cuánto me queda por andar. Creo, por tanto, que hoy es buen día para mirar atrás y repasar, consciente y agradecida, quién soy y cómo he llegado hasta aquí.

No recuerdo cómo me sentí al cumplir diez años, aunque supongo que lo celebré mucho, porque tenía un gran empeño en crecer a toda velocidad y hacerme mayor cuanto antes, no sé muy bien por qué, pero sospecho que la madurez me parecía una condición tremendamente deseable por la libertad y la autoridad que otorgaba. La gente mayor podía hacer cosas que yo, niña, tenía vetadas, como ver algunas películas, conducir un coche, tirarse en paracaídas, estudiar cosas serias… Tampoco me acuerdo muy bien de cuando cumplí los veinte, supongo que porque entonces andaba muy centrada en tomar las riendas de mi vida, ya que dos meses antes me había independizado de mis padres al salir a estudiar fuera de casa. Tengo más nítidos los treinta, que cumplí vestida de hábito y con un velo blanco, en un monasterio. El tiempo, allí, adoptó para mí una sustancia diferente, como si lo de menos fuera el paso de los años, porque lo importante era el cada día, aparentemente igual, pero siempre distinto y novedoso. Volví al mundo un año después y no fue fácil.

Cuando alcancé los cuarenta, estuve a punto de llevar una camiseta a esos sitios donde imprimen lo que una quiera, para poner: mujer+cuarentona=solterona. Mi intención era reírme de la opinión general y reivindicar el derecho de las mujeres a tener años, los que sean, y a ser solteras, algo que la sociedad patriarcal, por distintos motivos, castiga, pero mis amigas me disuadieron con argumentos que entonces me parecieron convincentes, y la camiseta nunca existió. Pero eché la vista atrás para rememorar mis pasos en el último tramo del camino recorrido. Los diez últimos años habían sido muy difíciles personal, espiritual y laboralmente. Logré alcanzar cierta estabilidad, en mi opinión con años de retraso, lo que me había hecho sentir cierto derecho a estirar mi juventud. Quizá por eso, cuando cumplí los cuarenta fui consciente, por primera vez, de que era una mujer madura, sin matices. Recuerdo que mi madre me dijo que la década de los cuarenta era buena, muy buena, porque permitía conjugar madurez y fuerzas físicas, porque se conserva la pasión sin perder la cabeza, porque la experiencia ya es mucha. Y tenía razón.

Los cuarenta han sido para mí unos años sorprendentemente ricos, en los que, paradójicamente, me he transformado al volver a ser yo, tras un tiempo de exilio interior. O dicho de otra forma, me he recuperado a mí misma al transformarme. La década de los veinte estuvo protagonizada por la vida universitaria y por la pasión del corazón y del espíritu, y la de los treinta, por el dolor de una fractura vital y la recomposición personal que exigía. La de los cuarenta ha sido la del reencuentro-transformación, donde han confluido las experiencias anteriores para hacer visible el hilo conductor, la corriente principal de mi existencia que, como el Guadiana, perdí de vista en algunos momentos de mi vida.

En este proceso, han sido fundamentales mis amigas y las mujeres de mi grupo de reflexión teológico-feminista, en cuya humanidad he hallado la Presencia Divina, tantas veces difícil de reconocer en los acontecimientos y en el interior de una misma… Sin ellas no habría logrado esta resurrección. Y no encuentro palabras para agradecerles que estén y que sean.

Al ver a Sara, me ha dado la impresión de que ella, al verme a mí, sentía regocijo. ¿Por qué, si no, me habría sonreído? Confío en que siga haciéndolo, pues  mi vida continúa. No sé cuántos puntos kilométricos podré alcanzar, pero espero sentir el mismo agradecimiento que hoy, porque si es cierto que somos la suma de nuestras experiencias, no me es posible primar tan solo aquellas que, desde la distancia que impone el tiempo, juzgo como positivas, porque todas y cada una de ellas, buenas, malas o regulares, llamativas o anodinas,  han contribuido a que hoy sea quien soy, y no otra. Y me gusta quien soy.

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He visto a Sara por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 Responses to “He visto a Sara”

  1. ¡Feliz cumpleaños! Que veas caer muchos más con el mismo espíritu que tienes. Un abrazo

  2. Que siga fluyendo a través de tí LA VIDA y gracias por el disfrute y la parte que toca. Muchas felicidades

  3. Yo he pasado por ahí y te aseguro que es una década fantástica. Se hace realidad, poco a poco, eso que dice la carta de Pedro (la segunda parte de la frase) “…Un día es como mil años”. Todo adquiere densidad y la vida va dejando un sedimento luminoso. Ya lo verás. ¡Muchas felicidades!

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