Cambiar de año

 

Lo más difícil es la decisión de actuar. El resto no es más que tenacidad.

Amelia Ehrhart

Este año se acaba, pero al hacerlo da paso al siguiente. La tierra ha completado otra vuelta alrededor del sol y, sin detenerse un instante, comienza la siguiente. Es como volver a la casilla de salida, pero sin retroceder. En realidad, cada día, cada hora, cada segundo son un nuevo comienzo, pero los hitos del calendario –y el paso del 31 de diciembre al 1 de enero lo es– son precisamente eso, hitos, mojones que sirven para indicar la dirección o la distancia en los caminos o para delimitar terrenos. Cuando se trata de hitos temporales, la dirección está clara, el futuro, pues no es posible dar media vuelta, pero su cualidad delimitadora invita a mirar hacia atrás, rememorando el tramo recorrido desde la última marca, y hacia adelante, vislumbrando el horizonte que queremos construir.

Hace días que los medios de comunicación nos recuerdan los sucesos más notables acaecidos durante el año 2011, refrescándonos la memoria y ampliando nuestra mirada a realidades que no siempre sentimos cercanas, e invitándonos a valorar este tramo de tiempo que se acaba. No obstante, arrancar la última hoja del calendario no es sinónimo de borrón y cuenta nueva, por lo que también son frecuentes, a la luz del pasado, las conjeturas sobre el porvenir, porque el futuro no es algo que nos salga al encuentro o con lo que tropezamos sin querer, sino consecuencia de lo que hemos ido sembrando individual y colectivamente. Somos, pues, responsables y hacedores de nuestro futuro, del de la humanidad y del de nuestro planeta.

Menos habitual, creo, es que cada una/o se pare a reflexionar sobre sí misma/o y su vida en el último año. No resulta difícil hacer memoria de los acontecimientos personales más llamativos, los cuales se hacen presentes, estos días, casi sin permiso. Sin embargo, no conozco a mucha gente que se pare y dedique un tiempo voluntario y consciente a analizar los cambios acaecidos en sí misma, a poner nombre a lo vivido, cimentando un suelo en el que apoyarse, y a dibujar un proyecto de futuro para sí, un horizonte, un indicador de dirección, un color de fondo, una clave de sentido…

Pararse. Vivimos a tal velocidad que, aunque en ocasiones levantemos el pie del acelerador, no logramos parar. Y si apretamos el freno, la inercia nos despeina, es decir, nos descoloca, nos vemos desfiguradas/os y hasta es posible que no nos reconozcamos aunque nos miremos, por lo que solemos preferir seguir pisando el acelerador e incrustarnos cada vez más en el asiento, haciendo casi imposible una pausa para pensar y decidir quiénes somos, qué queremos y de qué somos capaces. Una pausa para ser conscientes de que vivimos, para tomar la vida en nuestras manos, para que el tiempo no se convierta en nuestro enemigo, con su paso. Una pausa para ser, para seguir siendo mientras cambiamos, para cambiar mientras seguimos siendo…

El cambio de año invita por igual a la reflexión y a la imaginación, al recuerdo y al proyecto, a la memoria y a la apertura a lo desconocido. Creo que cambiar, en general, tiene mucho de propósito y otro tanto de sorpresa, pone en funcionamiento, por igual, la tenacidad y la flexibilidad, exige mirar hacia dentro de una/o misma/o y hacia fuera, implica consciencia de que lo personal y lo político se interrelacionan, requiere confianza y acepta un espacio para la duda, invita a la búsqueda de certezas en las que apoyarse y al salto de fe, sin el cual no es posible la transformación.

Yo no quiero dejar pasar este fin de año sin pararme. Un vistazo rápido sobre el pasado inmediato podría llevarme a concluir que mi vida, en los últimos doce meses, no ha sido como yo la imaginaba hace un año y que se me han torcido muchos planes a causa de acontecimientos sobre los que no tengo control. Sin embargo, una mirada más detenida sobre los mismos acontecimientos me lleva a otras conclusiones. He descubierto que muchos de mis proyectos, en su mayoría muy loables, apenas arañaban la superficie de mis verdaderos deseos y posibilidades. Deseos y posibilidades que, paradójicamente, han aflorado casi sin darme cuenta y, por decirlo de alguna manera, se han cumplido, aunque no como yo esperaba.

Los deseos de felicidad que oímos y pronunciamos pasan por ayudar al nuevo año a que sea, de verdad y para todas/os, mejor que el anterior, tal como me decía una amiga que he encontrado hoy en la calle. Para mí, se traducen en mantener los ojos y los oídos abiertos y dar los pasos posibles y necesarios, aunque aún no sepa exactamente cuáles son, para hacerme más humana y, por tanto, para humanizar lo que me rodea de forma más inmediata. Es mi compromiso cotidiano con el mundo.

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Cambiar de año por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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