Ni contigo, ni sin ti

Dios ha concedido a todas las criaturas

ser acordes con su naturaleza.

¿Cómo podría yo resistirme a la mía?

Matilde de Magdeburgo

 

Ayer por la noche me enteré de que, cada cierto tiempo, disponemos de un segundo adicional del que solo se dan cuenta las máquinas, una especie de 29 de febrero, pero en dosis homeopáticas, que permite sincronizar nuestros relojes con la hora solar, marcada por la rotación de la Tierra sobre su propio eje y su órbita alrededor del sol.

Todavía me estaba preguntando cómo es posible que la hora solar y los relojes estén descoordinados, si la forma en que medimos y dividimos el tiempo tiene su origen precisamente en las observaciones astronómicas, cuando escuché la respuesta: la rotación del planeta ha disminuido su velocidad –cosas de la edad, quizá– y ha cambiado debido a fenómenos como los terremotos y las erupciones volcánicas. Por tanto, según los relojes, tal como están diseñados, el planeta se retrasa, o sea, tarda en girar sobre sí mismo algo más de 24 horas. Cuando la acumulación de ese algo más alcanza la suficiente enjundia temporal, se añade un segundo –llamado intercalar– a los extraordinariamente precisos relojes atómicos, en los que se basa el Tiempo Universal Coordinado (TUC)[1]. El 30 de junio de este año toca añadirlo.

Aunque parezca mentira, la persistencia o abolición del segundo extra ha protagonizado la Asamblea de Radiocomunicaciones celebrada recientemente en Ginebra, en la que han participado setecientos científicos –y científicas, supongo– de setenta países. Hay partidarios de seguir intercalando ese segundo y partidarios de abolirlo. Añadirlo crea problemas a la red mundial de ordenadores, a las telecomunicaciones y a los sistemas de GPS, lo que en un mundo como el nuestro, regido por la tecnología y globalizado, no es ninguna broma. No añadirlo en el futuro –hasta ahora, siempre se ha hecho– significa que el desfase irá en aumento, o sea, que anochecerá cada vez más pronto, lo que, tarde o temprano, obligará a realizar el ajuste, es decir, a añadir tiempo a los relojes, quizás una hora en setecientos u ochocientos años. Pobre segundo. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio…

Los expertos reunidos en Ginebra no se han puesto de acuerdo. Han descubierto que el tema tiene implicaciones sociales y religiosas –aunque no han explicado cuáles– que deben ser tenidas en cuenta junto a los criterios de tipo técnico. Y se han concedido tres años más para reflexionar.

La llamada globalización –un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo unificando sus mercados, sociedades y culturas– pone en contacto a todos los seres humanos de mil formas distintas, aunque la mayor parte de las veces no nos demos cuenta. A ella contribuyen, entre otras cosas, herramientas como los estándares internacionales, buscados y establecidos para prevenir y evitar la incompatibilidad entre sistemas de cualquier tipo. El Tiempo Universal Coordinado, gracias al cual es posible una sincronía perfecta, es uno de esos estándares, y las máquinas que lo establecen son tan precisas que han acabado sustituyendo a la hora solar como referencia. El problema es que la Tierra es menos precisa. Su rotación, que es estable, aunque no constante, se ve alterada por lo que sucede en las entrañas y en la piel del planeta. Y, por eso, no es puntual: se retrasa. Poco, pero se retrasa.

A mí me encanta y me seduce pensar que, en el tiempo solar, los segundos de un año no tienen por qué ser iguales a los de otro año, siglo o milenio. ¿Por qué habían de serlo si la Tierra no es la misma, si se va transformando desde dentro, si la vamos hiriendo desde fuera?… La perfección de los relojes atómicos, que sin duda es necesaria para infinitas aplicaciones, es menos seductora, más fría, algo casi inerte. Y, después de todo, tampoco ahorra desajustes. Quizás, incluso, los provoca, como la impuntualidad de la rotación terrestre sugiere.

Creo que lo más interesante del debate acaecido en Suiza no es que los expertos se hayan dado más tiempo para decidir sobre el segundo intercalar, sino que han visibilizado la ineludible necesidad no solo de ponernos de acuerdo entre nosotros –en todo lo que nos afecta globalmente– y con el resto del universo, empezando por la Tierra que habitamos, cuya perfección no tiene nada que ver con la uniformidad, sino de hacerlo ampliando el horizonte de nuestra reflexión más allá de los criterios puramente técnicos, científicos y/o económicos.

Bendito segundo.


[1] El TUC es un estándar internacional que establece la zona horaria de referencia respecto a la cual se calculan todas las otras zonas del mundo y que basa la medida del tiempo en los estándares atómicos, no en los celestes.

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Ni contigo, ni sin ti por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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