La llave de Sarah
Me robaron mi niñez y creí en su recuerdo.
Me pregunté por qué y creí en las preguntas sin respuestas.
Me pregunté para qué y creí en mis sueños.
Me invadió la incredulidad y creí en Dios.
Aún soy prisionera de la impunidad, pero creo en las alas de la verdad.
Superviviente anónima de Argentina
El 27 de enero de 1945, las tropas rusas entraron el campo de exterminio de Auschwitz. Supongo que, por eso, se eligió esta fecha como Día Mundial en Memoria de las víctimas del nazismo. Así pues, hoy es un día para la memoria, algo de lo que carece un porcentaje notable de personas. Solo en Alemania, el 21% de la gente encuestada[1], no sabe qué es el campo de Auschwitz y, por tanto, qué sucedió allí entre 1940 y 1945. Casualmente, he pensado mucho en el Holocausto estos días, pues esta misma semana terminé de leer una novela, La llave de Sarah, que es el título de la versión española de la obra Elle s’appelait Sarah, de Tatiana de Rosnay, que tiene también una versión cinematográfica, estrenada en 2010, que vi precisamente hace unos meses.
La llave de Sarah cuenta una historia ficticia, pero que tiene como punto de partida la rafle du Vel d’Hiv, o sea, la redada del Velódromo de Invierno, que se llevó a cabo en París el 16 de julio de 1942, día en que la policía francesa detuvo a casi trece mil hombres y mujeres judíos, entre ellos más de cuatro mil niñas/os. Algunos adultos fueron conducidos al campo de Drancy, al norte de París, pero el resto, la mayoría, permanecieron detenidos cinco días en el Velódromo de Invierno, convertido en cárcel provisional, sin atención sanitaria, sin comida y casi sin agua. Los que intentaron escapar fueron fusilados en el mismo velódromo y más de un centenar de personas se suicidaron. Los supervivientes, finalmente, fueron trasladados a Drancy, Beaune-la-Rolande y Pithiviers, campos de paso desde los que fueron deportados a los de exterminio. Al término de la guerra, solo 811 regresaron a París.
La novela cuenta, por un lado, la historia de Sarah, una niña judía que, cuando la policía llama a su casa aquel fatídico 16 de julio, encierra con llave a su hermano pequeño en un armario empotrado, para evitar que lo arresten, prometiéndole que volverá a por él. La familia de Sarah es detenida y, tras pasar por el Vel d’Hiv, enviada a Drancy, donde la niña se queda sola cuando sus padres son deportados a Auschwitz. Sarah logra cumplir la promesa hecha a su hermano: vuelve a su casa para sacar al niño del armario, aunque demasiado tarde. Por otro lado, se narra la historia de Julia –una periodista norteamericana afincada en París y casada con Bertrand Tézac–, quien recibe el encargo de investigar los acontecimientos del Vel d’Hiv con motivo del sexagésimo aniversario de la redada, investigación que coincide, en el tiempo, con la reforma de un piso, propiedad de la familia política de Julia, al que ella, su hija y su marido quieren trasladarse.
El apartamento es el punto de confluencia de las dos historias. Julia sospecha enseguida que el piso, antes de ser de los Tézac, perteneció a una familia judía detenida en 1942. Necesita imperiosamente confirmar sus sospechas, pero nadie sabe nada ni muestra interés en saberlo. Es más, en varias ocasiones, dentro y fuera de la familia, se le advierte que es mejor no remover el pasado. Pero Julia no renuncia a buscar la verdad, y la encuentra. Y hacerlo transforma no solo su vida, sino la de otras muchas personas.
La novela está magníficamente escrita y estructurada. Los capítulos van alternando las historias de las dos protagonistas, hasta la mitad de la obra, más o menos, en que la narración deja de dar saltos al pasado y se centra en el tiempo de Julia, lo que en modo alguno significa dejar al margen a Sarah, cuya vida se va entrelazando con la de la periodista de una forma inquebrantable y definitiva.
Cuando vi la película, me impresionó tremendamente la historia de Sarah. Soy la mayor de mis hermanas/os y no era capaz de imaginar qué habría sido de mí, si me hubiese pasado algo parecido, pero al leer la novela mi interés se centró más en Julia y en su búsqueda de la verdad, una verdad que parece condenada a permanecer enterrada en el pasado a causa del olvido. Julia quiere saber y su búsqueda revela no solo que, si no se ceja en el empeño, siempre se puede descubrir un hilo del que tirar, sino que el olvido no existe, porque o es ignorancia –no se puede recordar lo que no se conoce– o es silencio. Dice el refrán que ojos que no ven, corazón que no siente, pero la ignorancia tiene consecuencias, como también las tiene el conocimiento. Y el silencio, cuando se convierte en secreto, deja de ser inofensivo para quien lo guarda y, a menudo, se hace cómplice de la injusticia.
Hacer memoria y conservarla, buscar la verdad y proclamarla no siempre es fácil, pero no hacerlo, conformarse con no saber o con callar es condenarse voluntariamente a una especie de Alzheimer personal y colectivo que, en definitiva, nos convierte en quienes no somos, porque nos niega la identidad que nos dan los recuerdos, haciendo de nuestra vida una farsa, y de nuestra historia, una mentira.
Tenemos la llave para evitar el olvido.

Discussion area - Deja un comentario