Revolución cuaresmal

Las mujeres conservamos un rincón especial de nuestro corazón para los pecados que nunca hemos cometido.

Cornelia Otis Skinner

 

Esta mañana, buscando otra cosa por Internet, encontré un libro de Anne Wilson Shaef titulado Meditaciones para mujeres que hacen demasiado. No es una novedad editorial, pues fue publicado en 1996, así que imagino que lo conocerá mucha gente, pero para mí ha sido un hallazgo. Mi profesora de latín y griego del bachillerato solía decirnos “con lo que vosotros no sabéis, se pueden llenar bibliotecas”… Lo mismo pasa con la red: está llena de cosas que no sabemos y que, como muchos libros-tesoros que reposan en las estanterías de una biblioteca, nos salen al encuentro, a menudo casualmente, cuando dedicamos un tiempo a explorar, aunque sea otro el objeto de nuestra búsqueda.

El libro de Anne Wilson Shaef está estructurado casi como un santoral: cada día del año tiene una breve meditación encabezada por la cita de una autora diferente. Sucumbí al impulso infantil de mirar la reflexión del día de mi cumpleaños y me encontré con la frase de Cornelia Otis Skinner que introduce este post, seguida de una meditación sobre la culpa con la que me sentí muy identificada. Mejor dicho, me sentí, más bien, como si la autora me hubiera pillado con las manos en la masa. “Estamos siempre tan dispuestas a responsabilizarnos de todo que constantemente nos sentimos culpables”, decían las primeras palabras de la reflexión, refiriéndose a las mujeres… De pronto, me acordé de la Cuaresma, que está a punto de empezar, y algo me dijo que no podía dar nada por supuesto y que tenía que pararme a pensar, aunque fuera solo un poco, por qué me resulta tan fácil asociar culpa y Cuaresma.

Imagino que la facilidad reside en que, aunque me resisto, no logro librarme de los muchos años de adoctrinamiento en torno al tiempo cuaresmal, del que se afirma que es tiempo de conversión, aunque el protagonismo se lo ha llevado la penitencia. Paenitentia en latín significa “arrepentimiento, pesar” y tiene que ver con el verbo paeniteo, que puede ser “arrepentirse”, pero también “estar descontento, estar disgustado, lamentar”… El parecido fonético hizo que se relacionara con poena, que significa “rescate destinado a compensar un asesinato, compensación, pena”… y puede traducirse, incluso, como “venganza”. El caso es que, en algún momento, penitencia vino a equivaler al precio que se paga por el pecado, entendido por tanto como delito, lo que sitúa la relación con Dios en términos judiciales y, en el fondo, mercantiles. Así, quien peca, paga su culpa con un castigo: la penitencia. La Cuaresma queda reducida a un tiempo de mal entendida penitencia, y la conversión, al reconocimiento de la culpa y al pago a Dios por nuestras ofensas. No me extraña que se viva, a menudo, como un tiempo triste…

Pero ¿es esto la conversión? Conversio, en latín, significa “revolución, vuelta, giro, metamorfosis”, y fue la palabra elegida para traducir el griego metanoia, que tiene que ver con cambiar de opinión, lo cual, por supuesto, puede incluir el arrepentimiento e, incluso, el remordimiento, si nos descubrimos errando, pero que, sobre todo, tiene que ver con cambiar el modo de pensar y, a la larga, de vivir. La conversión, por tanto, es transformación. La Cuaresma es, pues, un tiempo para reflexionar, para descubrir aquello sobre lo que merece la pena cambiar de opinión e iniciar una transformación que, en ocasiones, puede materializarse en una verdadera revolución interna y externa.

A la luz de las palabras de Cornelia Otis Skinner, quizá no nos sobraría a las mujeres pararnos a pensar-sentir sobre los falsos pecados, es decir, sobre todas esas cosas de las que nos sentimos responsables sin serlo, sobre todas esas realidades que echamos sobre nuestras espaldas mientras sus verdaderos responsables se lavan las manos, sobre todas esas veces en que dejamos que haya quienes se sientan felices apoyando nuestras “ilusiones de culpabilidad”, como las llama Anne Wilson Shaef. No nos sobraría pararnos a pensar y… descubrir que nuestros pecados quizá no tienen tanto que ver con el egoísmo, la vanidad, la prepotencia y la soberbia, cuanto con la abnegación que permite que otros nos destruyan, con la humildad mal entendida, que hace que no desarrollemos todos los talentos que Dios ha puesto en nosotras, con el servicio llevado hasta no se sabe qué extremo, que nos empuja a posponernos siempre, como si nuestra vida fuese menos valiosa que las otras, con el amor convertido solo en sacrificio…

No, no nos vendría mal pararnos a pensar y cambiar de opinión. Arrepentirnos de sentir culpas inexistentes, de cargar fardos inútiles, de cortarnos las alas. Rebelarnos contra la opresión, contra la violencia, contra el silencio y el silenciamiento, contra el olvido. Dar pasos para convertirnos, dando un giro, en seres humanos plenos, capaces de libre solidaridad, de misericordia consciente, de compromiso elegido. Dejar entrar la revolución del Espíritu en nosotras y en lo que nos rodea.

Licencia Creative Commons
Revolución cuaresmal por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 Responses to “Revolución cuaresmal”

  1. María José:

    Que genialidad has posteado…..Todas las mujeres católicas deberíamos meditar esto en esta cuaresma….

  2. Sí Laura, es hora de defender y proteger la dignidad humana propia y de los demás, sobre todo la de los más débiles en cuanto a poder. Si no has entrado en mi página, te invito a que lo hagas. http://www.prodignidadhumana.org

  3. […] En carne viva: Revolución Cuaresmal por Mª José […]

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