Buscar soluciones

 

Tu anhelo de hallar una solución es una plegaria.

Elizabeth Gilbert

 

Soy filóloga, por lo que no he podido resistir la tentación de hablar sobre el tema, entre otras cosas, porque veo que despierta mucho interés, a juzgar por los numerosos artículos que, en los últimos días, están saliendo a propósito del carácter sexista, o no, de la lengua española.

El detonante fue un artículo titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” [1], escrito por Ignacio Bosque y firmado por 26 académicos de número de la Real Academia Española, que publicó El País el pasado 2 de marzo[2]. Su autor, académico electo desde 1995, sostiene que, si bien existen los usos verbales sexistas, las recomendaciones de dichas guías difunden usos ajenos a las prácticas de los hablantes y conculcan normas gramaticales, anulan distinciones necesarias y obvian la realidad de que no hay discriminación en la falta de correspondencia entre género –gramatical, se supone– y sexo.

Me encantaría analizar uno por uno dichos ejemplos y otros muchos esgrimidos en las numerosas reacciones al artículo de Ignacio Bosque, pero hacerlo excedería con mucho el espacio propio de un post. Así que me centraré en lo que parece la cuestión más controvertida: el sexismo atribuido a los usos del masculino genérico.

El sistema gramatical español considera al masculino gramatical como término no marcado de la oposición de género, y por tanto inclusivo de las palabras gramaticalmente femeninas, y al femenino gramatical, como término marcado de dicha oposición y, por tanto, excluyente. Nadie duda de que usar el masculino gramatical de este modo es lo correcto y lo que cualquier hablante de español hace de manera espontánea. El problema es que ese sistema, en muchos casos, hace que la lengua invisibilice la presencia real no de sandías entre melones, sino de mujeres reales entre varones reales. Baste como ejemplo la noticia sobre los 26 académicos que han firmado el artículo de Ignacio Bosque. No hay manera de saber si entre ellos hay algunas académicas, pero no cabe duda de que, al menos, hay un académico varón, porque su sola presencia, aunque fuera entre 25 académicas, justificaría el uso del plural masculino.

La coincidencia formal entre el masculino gramatical y el masculino que se refiere a varones, hace que se identifiquen casi automáticamente, de manera que, en muchas ocasiones, demasiadas, no se cae en la cuenta de que tras el masculino genérico también hay mujeres. Y la invisibilidad de las mujeres reales tiene consecuencias para las mujeres reales. Sin ir más lejos, una de las razones esgrimidas para negar la posibilidad del sacerdocio femenino en la iglesia católica es que no había mujeres en la última cena, conclusión a la que han llegado quienes defienden dicha negación porque interpretan como “varones” el masculino plural “discípulos”, cuando en realidad podría tratarse de un masculino genérico que incluyera a las discípulas. El problema es que ya no hay realidad con la que confrontar el mensaje.

¿Significa esto que la lengua española y su gramática son culpables de sexismo? La lengua, producto cultural por excelencia, se limita a reflejar los valores de quienes la han creado y usado a lo largo de los siglos. Nuestra lengua, que tiene varios siglos de vida, es además hija de otra, el latín, que a su vez es hija de otra, el indoeuropeo, por lo que habría que remontarse muy lejos para pedir responsabilidades, por decirlo de alguna manera, por nuestro sistema de género gramatical. Sexistas y de pensamiento androcéntrico son las personas y las sociedades. La gramática no tiene la culpa, pero tristemente lleva la marca del androcentrismo, porque lo no marcado y lo masculino coinciden. Y, al llevarla, lo alimenta, aunque sus hablantes no queramos que así sea.

¿Qué hacer, entonces? ¿No meneallo, o intentar algo? Las políticas lingüísticas no sexistas buscan soluciones, a menudo torpemente. Algunas propuestas van en contra de lo gramaticalmente correcto, no lo niego. Otras son inviables y causan hastío. A mí tampoco me gusta escribir –as/os en este blog, pero lo hago con una intención muy clara, en contra de mis gustos estéticos y consciente de que es algo ilegible oralmente, porque quiero concienciar y concienciarme lo suficiente como para que nos preguntemos cuántas veces nos pasa inadvertida la presencia de las mujeres en el masculino genérico. Las guías estudiadas por Ignacio Bosque quizá no acierten, pero me pregunto por qué algunas propuestas ofenden tanto la sensibilidad, cuando se parecen tanto a fórmulas tan habituales como el par “D./D.ª” presente en tantos impresos oficiales, desde hace mucho tiempo, contra el que no he visto levantarse a nadie, quizá porque no fue una sugerencia feminista

Es posible que la solución no pase por forzar la gramática, pero creo que el poco éxito de algunos intentos no es una invitación a la resignación, sino un grito que clama por la búsqueda de otras posibilidades, quizá más acordes con nuestro sistema lingüístico, que hagan nuestra lengua más apta para reflejar la realidad y expresar el pensamiento, confío en que cada vez menos sexista, de sus hablantes.


[2] La RAE, según consta en su web, cuenta con una larga nómina de académicos de diversos tipos: de número, electos, de honor, correspondientes españoles, correspondientes hispanoamericanos y correspondientes extranjeros. Solo de número, hay 42, por lo que me parece exagerado afirmar, como hace El País, que la RAE “ha decidido llamar la atención a las guías de lenguaje no sexista publicadas en los últimos años por diversas instituciones”. En todo caso, se puede concluir que algunos académicos no están de acuerdo con algunas propuestas de lenguaje no sexista que dichas guías sugieren y/o imponen.

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Buscar soluciones por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Buscar soluciones”

  1. ¡Qué bien has expresado el problema! Yo creo que lo maravilloso de la lengua es que es un vehículo vivo de expresión, que va introduciendo cambios empujada por la vida social. Negar que el feminismo ha alterado muchos parámetros sociales es negarse a la evidencia y esa realidad se irá reflejando también en la lengua. Lo que en un principio parecía incorrecto, acabará siendo la forma que emplee la mayoría y en ese momento se convertirá en la norma.

  2. Coincido plenamente en todo lo que has dicho sobre este problema, porque el sistema de género gramatical lo considero un grave problema, ya que tengo conciencia de género y sé que, efectivamente, las mujeres quedan ocultas, en interrogante, tras el masculino genérico muchísimas veces, y que es un problema bastante difícil de resolver, ya que a mí también me resultan incómodas las dobles formas. La mejor estrategia la encuentro en los sustantivos colectivos y genéricos, pero al parecer esto tampoco es válido para quienes defienden a capa y espada el sistema gramatical del español.
    Lo que me parece más grave de toda esta desagradable polémica es que se ha llegado a negar EL PAPEL DE LA LINGÜÍSTICA en la lucha contra las desigualdades sociales, ignorando que las lenguas no solo reflejan como un espejo las estructuras e IDEOLOGÍAS sociales, sino que además las REPRODUCEN y PERPETÚAN.
    Me indigna comprobar cómo una y otra vez se está tachando a muchas lingüistas de auténticas IGNORANTES, de manera más o menos implícita, según quien escriba, cómo se fomentan FALSEDADES en torno a las razones por las que se plantean problemas de sexismo lingüístico y se hacen propuestas para evitarlo, y cómo los medios de comunicación publican generalmente la información que procede de solo una de las dos caras de la moneda.

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