Resiliencia

 

Desde lo hondo, a Ti grito

Salmo 129,1

 

Un día, que no me encontraba muy inspirada, hace ya varios meses, le pedí a María, de mi grupo de reflexión teológica, que me sugiriera un tema para escribir en el blog. “Escribe sobre la resistencia”, me dijo. De haber sido nosotras dos mujeres francesas de los años cuarenta del pasado siglo XX, por ejemplo, el concepto habría sido tan unívoco que no lo habría dudado un instante y me habría puesto a escribir contra la ocupación alemana del país, dándome con un canto en los dientes si una imprenta clandestina hubiera estampado mis reflexiones, por supuesto anónimas, para poder distribuirlas también clandestinamente, ya que los tiempos no invitaban a heroicidades que se pagaban con la cárcel e incluso con la vida. Como es evidente, ni mi amiga ni yo somos francesas ni estamos en la Segunda Guerra Mundial, pero no hizo falta que ella añadiera ninguna especificación al término resistencia para que yo supiera exactamente de qué estaba hablando. De la resistencia en la iglesia.

No sé muy bien qué otro asunto ocupó mis intereses entonces, pero dejé la propuesta de María en el baúl de los recursos, por si alguna vez tenía que retomarla. Curiosamente, a lo largo de esta semana se me fueron ocurriendo varios temas para abordar aquí hoy, pero esta mañana, poco después de despertar, el baúl se abrió solo y la resistencia reclamó su espacio con voz alta y clara. Así que no he sido yo quien ha elegido el momento, sino ella, aunque sé que algunos acontecimientos de los últimos días no son ajenos a su elección. No puedo exponerlos aquí, aunque creo que hay cosas que merecen saberse, pero son experiencias que, aunque se entremezclan con las mías y me afectan, pertenecen a otras personas. Y no puedo hablar de ellas, porque si lo hiciera, violaría la intimidad de otras/os, y su confianza.

Sin embargo, puedo decir sin traicionar a nadie que, a lo largo de los años, he conocido a muchas personas –la mayoría mujeres– que han sufrido y sufren en la Iglesia, por muy diversos motivos. Yo también me incluyo entre ellas, pero reconozco que, así como me siento capaz de gestionar mis propios sufrimientos y mi reacción ante lo que considero injusto para mí, me apena, me indigna y me hacer sentir profundamente impotente ver sufrir a otras/os y comprobar que, una y otra vez, no encontramos la forma de incidir en la institución eclesiástica haciéndola más humana. Y digo la institución, porque la iglesia, pese a quien pese, no son solo ni fundamentalmente sus jerarcas ni sus clérigos ni quienes, hombres o mujeres, se amparan en el poder que les concede la estructura piramidal y jerárquica de todo tipo de entidades religiosas para someter, por la obediencia debida, a quienes están por debajo del escalafón que ocupan: la iglesia somos todas/os.

No obstante, algunas personas no pueden soportar ni lo que viven ni lo que ven alrededor y se van. Unas veces, lo hacen en tan malas condiciones que apenas son capaces de rescatar de su interior lo que un día les dio vida. Otras, sencillamente, viven su fe no en solitario, pero sí al margen de las estructuras oficiales. Algunas personas se quedan y resisten. No todas lo hacen por los mismos motivos ni corren la misma suerte. Unas se van consumiendo, agotando su fuerza y su esperanza. Otras consiguen encontrar un modo de resistir resistiéndose y encuentran un espacio interior y externo en el que vivir con grado de libertad tolerable. También hay gente desterrada que, sin quererlo, se ve de patitas en la calle, real o virtualmente. Tanto en quienes se quedan como en quienes se van, hay auténticas/os resilientes, es decir, personas que consiguen sobreponerse al dolor y al sufrimiento y logran desarrollar recursos que ignoraban que tenían y proyectarse en el futuro de una forma nueva e insospechada. Pero todas/os han experimentado mucho dolor en una asamblea –es lo que significa ekklesía– llamada a ser hermana, pero que no se comporta como tal, entre otras cosas porque una parte de ella ejerce una paternidad no solo conscientemente distante, que es la mejor forma de mantener el poder, sino a veces incluso cruel.

¿Hay alguna forma de cambiar todo esto? ¿Podemos soñar con algo distinto? ¿Hasta dónde hay que resistir y resistirse? ¿Se puede cambiar la iglesia desde dentro sin ser cómplice de algunas injusticias? ¿Es posible transformar desde abajo? ¿Quién decide dónde está el centro y qué es arriba? ¿Qué incidencia tienen las posturas resistentes en quienes ejercen el poder? ¿Hay alguien que escuche? ¿Nadie se pregunta por qué se van quienes lo hacen? ¿No araña su marcha ningún caparazón, no pellizca ningún estómago, no ablanda ningún corazón? La Regla de san Benito dice: “Si el malvado se va, que se vaya”. Es una frase que siempre me ha producido mucho desasosiego, ya que se ha interpretado –en mi opinión errónea e interesadamente– como equivalente a “los que se van son malvados”. Pero no es así. Tampoco son buenos todos los que se quedan.

No vivimos en un país ocupado por fuerzas extranjeras, pero algo me huele a totalitarismo si muchas personas, para sobrevivir en la iglesia, tienen que vivir casi clandestinamente o actuar heroicamente, arriesgándose a ser señaladas, condenadas, denostadas y, no pocas veces, desterradas, y otras se tienen que exilar. A todas las respeto y admiro, pero no puedo evitar ni la tristeza ni la indignación, porque es muy injusto. Y para todas pido una resiliencia capaz de engendrar un futuro nuevo e insospechado.

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Resiliencia por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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