Praesentia Dei

 

Praesentia Dei –en la totalidad de estar-en-Dios y en el vacío del abandono– son experiencias fundacionales que, sin el lenguaje sobre Dios, permanecen mudas e impotentes, que no podemos compartir y que no nos pueden cambiar. El lenguaje sobre Dios nos capacita para hablar, nos ayuda a comunicar aquello de lo que depende y nos crea de nuevo una y otra vez “un nuevo corazón y un espíritu recto” (Sal 51, 12).

Dorothee Sölle

 

No sé si hay mucha gente que piense que es fácil hablar sobre las experiencias de la presencia de Dios –praesentia Dei–, pero a mí no me lo parece. Para que haya experiencia no solo hace falta una vivencia, sino un lenguaje que la exprese, y cualquiera que haya intentado encontrar palabras para comunicar algo tan íntimo como la presencia de Dios en la propia vida, sabe que se muestran tan limitadas y escurridizas, que la empresa, la mayoría de las veces, acaba en simples balbuceos. No obstante, las palabras, aunque torpes, son herramienta indispensable para identificar como tales dichas experiencias y para que surtan su efecto transformador, porque el lenguaje no solo describe: también crea.

Hace bastantes años que paso la Semana Santa en el pueblo, con mis padres y con los hermanos, cuñados y sobrinos que pueden apuntarse a la reunión familiar que estas mini-vacaciones propician. Esta podría haber sido una Semana Santa como otras, pero ha habido algunos elementos que la han hecho diferente. En primer lugar, me pensé mucho lo de ir al pueblo, porque estoy embarcada en unas oposiciones y tengo el tiempo más que medido para acabar de preparar el primer examen, que será la próxima semana. Al final, decidí hacer el viaje por dos motivos, sobre todo: ver a mi padre, que no está bien de salud, y conocer a Nahia, una sobrina que me nació a finales de enero. Nahia y mi padre han sido estos días como dos hipertextos, como dos enlaces que me han conectado con el texto original y primario, con la presencia divina que envuelve y sustenta el final y el principio de la vida, conectándolos, haciéndolos a menudo tan parecidos y tan diferentes, tan empapados de misterio y de certezas, tan reales y tan inaprensibles.

Como tenía que estudiar, adelanté el regreso y terminé mis vacaciones de apenas dos días ayer por la mañana. Al mediodía, ya estaba en casa, con la maleta deshecha, lo que me permitió acudir a la Vigilia Pascual del monasterio en el que viví tres años. Hacía mucho que no participaba en ella, porque suelo volver del pueblo el domingo de Pascua. Lógicamente, el marco me resultó muy familiar, pero ayer percibí algunas diferencias, no en la liturgia, sino en mí y en el modo en el que me situaba ante la celebración y ante lo que la motivaba: la resurrección. Sé que el tiempo y la vida no pasan en balde, pero ayer experimenté con fuerza que, como rezaba una de las lecturas, la Palabra no vuelve a Quien la pronuncia sin dar fruto, después de mojar y empapar la tierra. En resumen, que algo he crecido. Pero creo que hubo dos hechos que orientaron definitivamente mi perspectiva. Uno, que antes de la vigilia, en casa, vi un reportaje de Informe Semanal, titulado “20 años de Bosnia”, en el que se recordaba la tragedia de la guerra vivida en ese país hace dos décadas[1], y que me tatuó en el alma la crueldad de la que el capaz el ser humano y sus consecuencias de dolor y muerte. La otra, el insistente recuerdo, involuntario, durante todos estos días del temor que sintieron las mujeres en la tumba vacía.

El sufrimiento infligido por unos seres humanos a otros y lo que voy a llamar miedo a la resurrección, porque no sé expresarlo de otra manera, fueron la música de fondo sobre la que se desarrolló toda mi Vigilia Pascual y mi experiencia de la presencia de Dios en la realidad que me circunda y que yo misma soy. Y un descubrimiento se abrió paso con fuerza: solo hay resurrección donde se ha producido muerte. Llamar, pues, resurrección a lo que no lo es, a todo lo que simplemente resulta amable o se percibe como bendición, es banalizarla. La condición previa, por otro lado, y aunque suene raro, me invita a desearla como una especie de segunda opción, es decir, como aquello en lo que confiar cuando todo lo demás ha fallado cuando el ser humano ha malgastado la primera opción, la de no causar sufrimiento y muerte, o no ha podido escapar ni a uno ni a otrao, quizá mejor, a anhelarla como algo preventivo, como aquello capaz de destruir el poder que en cada una/o tiene la muerte, antes de infligirla o sufrirla. En realidad, es algo tan sencillo como no renunciar a la esperanza de que los seres humanos nos convirtamos desde dentro al amor.

En cuanto al miedo a la resurrección, creo que tiene que ver con la irrevocabilidad de la muerte y, por tanto, con la absoluta novedad que la resurrección significa. Resucitar no es volver a la vida, sino vivir de otra manera, de una forma radicalmente nueva e absolutamente insospechada, de la que no tenemos pistas. Creer en la resurrección no es solamente dar un salto de fe y confiar en que la muerte biológica no es el final de la vida: es saltar por completo con todo el ser, aquí y ahora, en los momentos en que la Vida quiere abrirse camino en nuestras vidas cotidianas para dejar atrás lo muerto y, por tanto, abre puertas que nos asusta traspasar, porque nada ni nadie nos garantiza al otro lado la Presencia, incluso ausente, que nos sustenta.

 


Licencia Creative Commons
Praesentia Dei por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Praesentia Dei”

  1. Me ha gustado tu artículo que difumina los límites para… traspasarlos.
    Feliz Pascua, feliz y atenta resurrección cotidiana.

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