Amonestadas

 

Los textos de las monjas eran, pues, un material bruto y peligroso: debían ser regulados para prevenir el desparramo de sentido.

Lucía Invernizzi

 

El jueves encontré en Internet[1] la noticia de la amonestación del Vaticano a la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas (LCWR), lo que, en palabras de andar por casa, sería la asociación de superioras de los Estados Unidos. Me alegró mucho ver que Isabel Gómez-Acebo[2] colgó en su blog de 21.rs un post sobre el mismo tema, en el que, además, incluyó la reacción de la monja benedictina Joan Chittister –que fue presidenta de la LCWR hace algunos años– a la amonestación proveniente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Me dieron muchas ganas de añadir un comentario en el blog de Isabel, pero me di cuenta enseguida de que el tema merecía algo más de tiempo y de espacio.

Parece ser que el Vaticano ordenó en 2008 una revisión de las actividades de la LCWR, tras recibir diversas quejas, por parte de algunas autoridades eclesiásticas norteamericanas, de supuestos desvíos doctrinales. Curiosamente, en ese mismo año, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica ordenó una visita apostólica a las organizaciones de mujeres religiosas de Estados Unidos, al frente de la cual se puso a una religiosa, Mary Clare Millea, quien envió su informe al Vaticano, en enero, sin revelar sus principales conclusiones. Resulta difícil imaginar que ambas investigaciones no estén relacionadas.

Ignoro si las conclusiones de la visita apostólica se han hecho públicas y si la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada tiene que reaccionar de alguna forma a los informes presentados, pero no me parece casual que no haya sido esta congregación, sino la de la Doctrina de la Fe, la primera en tomar la palabra, porque, si se concluye que las líderes religiosas estadounidenses van contra la doctrina de la Iglesia, o sea, que son herejes, es mucho más fácil meter mano a las congregaciones en general y ordenar –en su doble sentido de “mandar que se haga algo” y “colocar de acuerdo con un plan o de modo conveniente”– la vida de las religiosas.

La vida religiosa femenina, mucho más numerosa en cuanto al número de sus miembros que la masculina, ha sido siempre un quebradero de cabeza para las autoridades eclesiásticas, a las que desde antiguo les preocupó mucho que hubiera mujeres que vivieran al margen de la autoridad masculina, ya que, al no casarse, o por estar viudas, no tenían maridos a los que someterse. Las condiciones impuestas al ordo virginum, cuyos miembros dependían directamente de los obispos, el velo de las monjas, diseñado a imitación del de las mujeres casadas y con el mismo sentido de sometimiento a la autoridad de los varones, en este caso eclesiásticos, y la supervisión masculina (visitadores varones) que siempre han tenido las órdenes, las congregaciones y los institutos de mujeres son solo unas muestras de los continuos intentos de control por parte de las autoridades eclesiásticas a las mujeres que, célibes y en comunidad, han querido ser y estar en la Iglesia de una manera concreta. Estas mujeres han sido siempre como versos sueltos que había que vigilar y domesticar con especial esmero, ya que, de las demás, se ocupaban sus respectivos maridos.

Podría parecer que la amonestación del Vaticano solo afecta a la vida religiosa femenina –no hay que perder de vista que no se dice nada de los religiosos– de los Estados Unidos o que, por extensión, podría alcanzar a la religiosas católicas en su conjunto, pero va mucho más allá, porque en ellas se está amonestando a todas las mujeres. Su pecado va más allá de las afirmaciones concretas por las que son amonestadas: su auténtica herejía es reconocerse autorizadas para pensar y hablar libremente. Y eso nos afecta a todas.

La suerte de las religiosas norteamericanas, en estos momentos, es la suerte de todas las católicas: de las que son religiosas, o monjas o consagradas de cualquier otra forma, porque el Vaticano está manifestando su voluntad de control sobre la vida religiosa femenina, y su amonestación es una clara advertencia a todas para que no saquen los pies del tiesto; de las demás, porque, entre otras cosas, demonizar el feminismo como causa de desviaciones doctrinales –que es lo que afirma el escrito de la Congregación para la Doctrina de la Fe–, puede privar a muchas de una herramienta, por otro lado cada vez más necesaria, para lograr un mundo más justo para todas/os; de todas, porque el control que se ejerce sobre ellas –y sobre las demás, aunque de otra manera– responde al convencimiento de que las mujeres no somos tan humanas como los varones.

A veces me pregunto si las mujeres cristianas que permanecemos en la Iglesia no pecamos, una y otra vez, de ingenuas cuando pensamos que esta es nuestra casa y que disponemos de un verdadero espacio en el que ser y estar. Porque da la impresión de que las condiciones que se nos imponen para permanecer en ella ortodoxamente atentan no solo contra nuestra dignidad como seres humanos, sino contra nuestra condición de seguidoras de Jesús de Nazaret e, incluso, de templos del Espíritu, ya que, una y otra vez, se nos impide pensar sin tutela y hablar y actuar con libertad. ¿Tendremos que optar, sin desearlo, por abandonar un espacio en el que no acabamos de ser reconocidas ni tratadas como seres humanos plenos, o encontraremos otras formas de ser y de estar?

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Amonestadas por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Amonestadas”

  1. En pleno siglo XXI, y tener que seguir sometidas, sin consideración alguna, sin explicaciones y sin argumentos…..Si ellos hubieran vivido hace 2000 años¿Qué les habría parecido el atrevimiento de María de no consultar ni con su padre ni con su prometido, su aceptación unilateral de la virginal maternidad?¿Dónde estaban esos discípulos varones, siempre rodeando a Jesús cuando tenía el reconocimiento de la gente, cuando todo parecía perdido, ese domingo de resurrección?¿Porqué solo se atrevieron a brindar el que pensaban sería el último gesto de amor y lealtad con el Maestro un pequeño grupo de mujeres, sin saber como harían para mover esa roca del sepulcro? ¿Porque a todos los santos varones vaticanos se les ha olvidado aquel mandato de Jesús resucitado a esas mujeres: Vayan y avisen a Pedro y a sus discípulos lo que han visto?

    Es que las mujeres, les guste o no a los hombres, somos reconocidas por Jesús como iguales, no como súbditas. Y empezando por la Santísima Virgen María, el sí femenino no ha necesitado del permiso masculino. Y sí, las mujeres tendremos que decirle a Pedro, al nuevo Pedro, lo que Jesús nos inspira y lo que le dice a nuestro corazón.. Y más tarde o más temprano, Nuestro Señor moverá y conmoverá esa roca que es Pedro, para que deje de estar encerrado en sus viejas costumbres, en sus pequeñas seguridades, y de ser custodio del sepulcro se convierta en el cimiento de una Iglesia donde todas y todos cabemos por igual.

  2. He estado muy pendiente de estas noticias y, ante cada una de ellas, me ha venido a la mente la misma frase: no pueden ponerse puertas al campo. Las religiosas de ayer y de hoy lo son por carisma, que es decir, por un don del Espíritu y este no se deja domeñar. Si los controladores, sobre la base de sus miedos (porque, no nos engañemos: solo se intenta controlar lo que se teme) lograran, por pura imposición, acabar con unas formas, las religiosas se inventarían otras. Mejor: el Espíritu las dotaría, las “animaría” e impulsaría a vivir el carisma, el don, de otras maneras. Siempre ha sido así en la historia de la Iglesia. Porque no, no pueden ponerse puertas al campo. Entiendo lo que dices, Mª José, cuando te preguntas si esta es nuestra casa. No lo dudes: por supuesto que lo es. Esta comunidad a la que llamamos iglesia y que se identifica con el Pueblo de Dios, es tan tuya y tan mía como del resto de cristianas y de cristianos. No son más dueños de ella quienes mandan imponiendo. Esta conciencia es la que podría liberar vías de futuro. Yo no pienso dejarme despojar de mi patrimonio histórico, espritual, carismático, por mucho que lo deseen algunos. La masacre de las brujas acabó con sus vidas físicas, algo sobre lo que estos señores nunca debían dejar de pedir perdón, pero su espíritu permanece y lo que ellas nos legaron forma parte de ese patrimonio. Por todas las mujeres cristianas, lúcidas y poderosas, víctimas del miedo de muchos hombres, es obligatorio usar la inteligencia para que no consigan despojarnos de lo nuestro, para no dejarnos robar ni los bienes espirituales y de nuestra humanidad, ni tampoco los materiales. No, no se pueden poner puertas al campo ni vallas al mar.

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