¿Analfabetas? No, gracias

 

Estoy orgullosa de haber estado en un negocio que dé placer, cree belleza, despierte nuestra conciencia.

Audrey Herpburn

 

Trabajar en una biblioteca hace que pasen por mis manos libros que, de otra manera, difícilmente podría conocer. Esta semana, sin ir más lejos, tuve que manejar una tesis doctoral que versaba sobre el negocio del libro en el Madrid de los siglos XVI a XVIII. Parte de la obra consistía en un diccionario de impresores, libreros, mercaderes de libros y otro tipo de oficios relacionados con la producción y distribución de obras impresas. Movida por la curiosidad, dediqué unos minutos a buscar nombres de mujeres y encontré a sesenta y siete, entre impresoras, libreras, pergamineras, mercaderas y tratantas de libros, y oficialas de imprenta.

Unas pocas figuraban tan solo como “Viuda de”; de otras, apenas se consignaba más que el nombre y el tiempo que ejercieron su oficio, aunque había de quienes se daban más detalles sobre su vida y obra. Algunas ejercieron poco tiempo y en imprentas pequeñas y de escasa importancia, pero otras alcanzaron puestos relevantes, como Ana de Carasa, que fue “impresora de Su Magestad”, o la viuda de Manuel Fernández, impresora del Consejo de la Inquisición, o Esperanza Francisca Torrellas, librera de la Real Capilla, y las hubo que trabajaron durante décadas, como María de Quiñones, viuda de Juan de la Cuesta –el autor de la primera edición del Quijote–, que tuvo casi treinta años de actividad como impresora.

La casualidad puso en mis manos esta obra poco después del Día del Libro, una celebración que, un año más, ha invitado a reflexionar, en algunos medios, sobre el futuro del libro tal como lo conocemos desde hace más de cinco siglos y medio, porque, desde Gutenberg hasta hoy, la primera imagen que viene a la cabeza, cuando se habla de libros, es la de ese objeto cuadrangular formado por hojas de papel con texto impreso, a veces ilustradas, unidas por el lomo y protegidas por unas tapas.

Sin embargo, el libro es mucho más que la forma y el soporte en que se crea y distribuye. Existía antes de la invención de la imprenta y seguirá existiendo si esta desaparece. Antes de Gutenbert, la elaboración manual del libro, en todas sus fases, incluida la escritura y la iluminación, hacía que su fabricación fuera lenta y costosa. La imprenta fue una auténtica revolución que supuso una expansión, inimaginable hasta entonces, de la producción y la difusión librarias, ya que se pudieron fabricar muchos más libros y a un coste muy inferior. Esta expansión, lógicamente, propició a su vez la creación y la propagación del saber, favoreciendo con el paso de los siglos la alfabetización y la progresiva democratización del conocimiento.

La edición electrónica e Internet, que parecen poner en peligro el futuro del libro impreso, han vuelto a revolucionar el mundo editorial, facilitando su producción y agilizando su distribución de una forma tan sorprendente, que resulta difícil de digerir. En principio, las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación deberían contribuir, como la imprenta, a la democratización del saber y de la cultura, y de hecho contribuyen, pero también encierran muchos riesgos que no conviene perder de vista.

De todos ellos, el más preocupante, en mi opinión, son los nuevos tipos de analfabetismo y pobreza que dichas tecnologías están generando, porque, en la actualidad, no basta con saber leer o disponer de dinero suficiente para comprar un libro. Si se quiere acceder a la información en formato electrónico, no solo hay que contar con aparatos específicos (e-books, ordenadores, dispositivos móviles…) y con conexión a Internet, algo inalcanzable para millones de personas en el mundo, sino que hay que adquirir habilidades para manejarlos y, además, para moverse por la selva informativa en que se ha convertido Internet, donde no resulta fácil encontrar los contenidos deseados. Hablo, sí, de la llamada brecha digital, que divide a los grupos humanos según su capacidad para utilizar las tecnologías de la información y la comunicación de forma eficaz, debido a los distintos niveles de alfabetización y capacidad tecnológica, y que tiene como causa y consecuencia la diferencia socioeconómica entre unos grupos y otros.

Esta brecha no solo separa las sociedades más avanzadas de las que aún están en vías de desarrollo, o las clases más adineradas de las más empobrecidas. También tiene tintes de género, porque el analfabetismo informacional afecta más a las mujeres que a los varones, incluso en las comunidades desarrolladas. ¿Por qué? Los motivos son varios: hay muchas mujeres que no se han incorporado al mercado laboral; entre las que están incorporadas, hay menos mujeres que varones en puestos de trabajo que requieren y favorecen esta alfabetización; la mayoría cumple la doble jornada que supone ganar el sueldo fuera de casa y atender el hogar y a la familia; muchas se han creído la cantinela repetida durante siglos de que las mujeres somos poco habilidosas para las máquinas, o directamente nulas… Pero, sea cual sea el motivo, las consecuencias son las mismas, y muy graves, porque el analfabetismo informacional margina y cierra posibilidades.

Las libreras, impresoras y mercaderas del Madrid de los siglos XVI a XVIII eran pocas en comparación con los varones incluidos en el diccionario, pero su existencia –y la de otras, en otros sitios– fue semilla de las editoras y libreras de hoy y la prueba de que podemos y debemos estar en el mundo de la cultura y del saber, un mundo que no podemos permitir que se nos arrebate y al que tampoco hemos de renunciar, porque tenemos derecho a crear y a recibir el placer, la belleza, el conocimiento y el despertar de la conciencia que el contenido de los libros proporciona. Y si el camino de las palabras escritas es ahora electrónico, tenemos que prepararnos para recorrerlo con paso firme.

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¿Analfabetas? No, gracias por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “¿Analfabetas? No, gracias”

  1. Entre mis amigos, la mayoría personas de lo que hoy se llama la tercera edad, curiosamente son ellas las que han aprendido a manejar el ordenador, las que sienten curiosidad por la sociedad de la información. Pero también son ellas las que llenan los auditorios de música y las salas de conferencias. Ignoro la razón pero es como si las mujeres quisieran recuperar el tiempo perdido.

  2. Isabel, María José:

    Hace unos días me llegó un correo sobre una conferencia que daba Jane Fonda sobre los retos de los adultos mayores, y decía que lo único que no se deterioraba era el espíritu humano. Y ese espíritu anhela el alimento de la cultura y la belleza. Aunque las fuerzas físicas mengüen, el alma no envejece y sigue en constante crecimiento.

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