Hablar o callar

Si no se puede hablar, al menos hay que poner en evidencia los mecanismos que condenan a callar.

Ermina Herrera Ventura

 

El jueves pasado, un locutor de la radio me hizo creer, equivocadamente, que se celebraba el Día de la Libertad de Expresión, cuando en realidad, como descubrí luego, se conmemoraba tan solo el Día de la Libertad de Prensa. No obstante, el error inicial me pareció uno de esos lapsus que no suceden porque sí, sino como un reflejo inconsciente, en este caso, del profundo deseo de ampliar la celebración a algo que nos incumbe a todas/os.

La libertad de expresión está reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, un documento que, por cierto –me recorre un escalofrío por la espalda al recordarlo–, el Estado Vaticano no ha firmado, aunque desconozco por qué. De puertas afuera, supone un verdadero escándalo para el resto del mundo que la Iglesia católica –parece inevitable que se identifique al Vaticano con toda la Iglesia– no se adhiera a dicho documento, aunque la mayoría de los hombres y mujeres que formamos la comunidad eclesial seamos convencidos defensores de tales derechos. De puertas adentro, la cuestión es aún más grave, si cabe, porque supone el abierto reconocimiento de que las/os fieles cristianas/os, en cuanto miembros de la Iglesia, no podemos apelar, en su seno, a nuestros derechos como seres humanos.

Sin ir más lejos, la jerarquía católica puede controlar y censurar las expresiones de sus fieles. Puede, por tanto, condenarles al silencio. Y se sirve, para ello, del Derecho Canónico, es decir, del ordenamiento jurídico propio de la Iglesia Católica, un ordenamiento que refleja y sostiene la estructura de la institución regulada con sus normas: una pirámide en cuya cúspide se encuentra el Papa, como monarca absoluto, que lo es, además, por la gracia de Dios. Y no lo digo con acritud, sino con tristeza.

Muchas personas han experimentado a lo largo de los siglos el control y la censura institucionales. A menudo, son las/os teólogas/os quienes más cerca sienten en la nuca el aliento de los censores. A algunas/os se les ordena retractarse de las conclusiones a las que honestamente les han llevado sus investigaciones teológicas, a otras/os se les condena al silencio, o al exilio, si deciden no callar. Pero nadie escapa a la vigilancia institucional. La reciente amonestación a la LCWR –la conferencia de religiosas que reúne a un alto porcentaje de congregaciones femeninas de los Estados Unidos– demuestra que el aparato eclesiástico no solo puede silenciar a quienes no dicen aquello que se espera que digan, sino que también puede condenar su silencio, si no se adhieren públicamente a las consignas oficiales. De cualquier forma, las/os católicas/os, en cuanto tales, no tenemos derecho a la libertad de expresión. Mejor dicho, lo tenemos, puesto que somos seres humanos, pero no nos es reconocido por esa mínima parte de la Iglesia que es la jerarquía, por lo que podemos ser castigadas/os por ella de diversas formas, algunas muy duras, si insistimos en ejercerlo.

A menudo me pregunto por qué esa necesidad de censura y control, y sinceramente no me sirve el argumento de mantener la pureza de la doctrina, como si Dios no tuviera ya nada que decir a la humanidad y, en concreto, a la Iglesia, como si la Ruah de Dios, su Espíritu, se hubiera jubilado, como si las generaciones presentes y futuras no tuviéramos más tarea que aceptar acríticamente a lo que ya se ha dicho de una vez y para siempre, como si no hubiera nada que revisar, nada que reinterpretar, nada que actualizar, nada que descubrir… En nombre de la ortodoxia, además, nuestra Iglesia ha cometido muchos errores por los que, más tarde, ha tenido que pedir perdón.

La experiencia cotidiana –en casi todos los ámbitos de la vida– me dice que la principal motivación para la censura y el control suele ser el miedo de quienes tienen posiciones de privilegio a perder su poder, y que la mejor herramienta para censurar y controlar es una normativa hecha a medida de tales privilegios, una normativa que legitime y facilite la exclusión de quienes no piensan igual y se atreven a decirlo.

Desgraciadamente, el miedo que motiva el deseo de control y los mecanismos para conseguirlo no son, en la Iglesia, monopolio de la jerarquía, aunque su ejemplo cunde hacia abajo, haciendo que algunas personas que ocupan puestos intermedios en la pirámide actúen del mismo modo, obligando a otras/os a la sumisión o al exilio. Sumisión… ¡Qué triste forma de pertenencia a la comunidad! Y, sin embargo, se trata, a menudo, de la única opción para quienes se niegan a abandonar su casa, entre otras cosas, porque es suya. Y nadie debería tener poder para echarles.

Sí, algunas/os se someten y callan… Al menos, durante algún tiempo; quizá con la esperanza de desenmascarar y denunciar, a través de la mudez impuesta, los mecanismos que obligan a callar; sin duda, con el temor a no sobrevivir al silencio o a no soportarlo y con el miedo a romperlo imprudentemente; a menudo, sin rastro de un nuevo sol en el horizonte, pero siempre con la confianza en que sus palabras, algún día, serán pronunciadas libremente –quizá por ellas/os, quizá por otras personas– y contribuirán a construir una comunidad a la que no le dé miedo reconocer los derechos de sus miembros.

Licencia Creative Commons
Hablar o callar por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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