15M o el despertar

 

La forma más común de renunciar al poder es pensando que no lo tenemos.

Alice Walker

Trabajo en un edificio de principios del siglo XVII: muros de sillería, suelos de madera, techos altos… Todo el inmueble transmite serenidad, especialmente la biblioteca, una de cuyas salas hace años que no se abre al público más que para visitas turístico-culturales, aunque no siempre fue así. Durante más de dos siglos, esa sala fue testigo del paso de muchas generaciones de estudiantes y profesores –hasta bien iniciado el siglo XX, solo varones– que hallaron en ella un espacio privilegiado para el estudio, la investigación y las relaciones sociales. Es una sala preciosa, cuyas paredes, totalmente recubiertas de madera y estanterías, custodian miles de libros –casi todos anteriores a 1900– encuadernados en piel o en tela, con los lomos descoloridos por la dilatada exposición a la luz. Las mesas y los asientos son de roble macizo y forman un conjunto muy poco ergonómico, quizás incómodo para el estudio, pero profundamente atractivo y cálido.

Ayer estaba prevista la visita de un grupo que se retrasó más de tres cuartos de hora, tiempo que yo pasé en la sala, esperando. El silencio era casi perfecto, atenuado tan solo por el suave zumbido de las barras fluorescentes disimuladas en las cornisas y por los levísimos crujidos que la madera del suelo produce al dilatarse o contraerse en su continua adaptación al ambiente. Recorrí la sala de una punta a otra, zigzagueando entre unas mesas cuya superficie está repleta de graffiti e incisiones –algunas, verdaderos bajorrelieves– que, sobre todo, dibujan nombres propios, solos o emparejados, pero también frases curiosas, como “si has llegado hasta aquí, siéntate y estudia”, o “la sabiduría me persigue, pero yo soy más rápido”…

En ese contexto de silencio y sosiego, tan parecido al de una iglesia vacía, las palabras grabadas en las mesas me sonaron como proclamaciones en voz alta de presencias reales, vidas concretas: trabajo, esperanzas, alegrías, logros y frustraciones, aprobados y suspensos, esfuerzos y cansancios, miradas cómplices –nacidas del amor o de la clandestinidad política–, horas de aburrimiento o de inspiración, de pasión intelectual o de muelle abandono… Me di cuenta de que la sala, en su aparente quietud, estaba llena de vida, y no solo por los libros que abarrotan las estanterías de sus paredes, sino sobre todo por el recuerdo de las muchas personas que entraron y salieron de ella buscando conocimiento, tranquilidad o, simplemente, un lugar donde reunirse cuando toda reunión era sospechosa. Me pregunté cuántos de aquellos hombres y mujeres, si estuvieran vivos, se unirían al 15M y cuántos de los que todavía andamos por aquí nos unimos de pensamiento, palabra u obra a dicho movimiento. Y espero no equivocarme si respondo que muchos, pues razones no faltan[1].

Alguien decía hace un par de días que el 15M es, sobre todo, una transformación interior, otra manera de mirar el mundo y de entender la actividad socio-política. En mi opinión, la conversión que propicia este movimiento es, ante todo, causa y consecuencia de un compromiso serio con la consecución de un mundo mejor, más justo, en paz, sin relaciones humanas de explotación y dominación, más cuidadoso con la naturaleza, menos esclavo del dinero y más humano, mucho más humano… Ese mundo con el que nos atrevemos a soñar cuando somos jóvenes y al que renunciamos de hecho –aunque nuestras palabras lo reclamen– cuando, tras los primeros fracasos y desilusiones, se instala en nuestras almas el desánimo –o la comodidad, pues de todo hay– y dejamos que este sistema perverso en el que vivimos nos convenza de que no podemos hacer nada porque la maquinaria no solo sabe rehacerse sola de las averías, sino que se perfecciona. Nos creemos, de verdad, que no tenemos poder y, al hacerlo, renunciamos a él. Pero lo tenemos.

El 15M es solo una prueba de ese poder que albergamos en nuestro interior y que se multiplica cuando lo sumamos al de otros hombres y mujeres y lo compartimos como iguales. Los intentos de desacreditar el valor del movimiento, de minimizar sus logros y de exagerar sus fracasos pretenden, sobre todo, impedir que descubramos nuestro poder y hagamos uso de él, individual y colectivamente, en iniciativas parecidas.

Sé a ciencia cierta que en la sala hoy vacía de la biblioteca en la que trabajo se fraguaron muchas ideas cuyos efectos estamos disfrutando sin saber del todo a quién dar las gracias. Y también sé, con la misma certeza, que a lo largo del año que hoy se cumple, desde el nacimiento del 15M, han surgido muchas iniciativas –y en adelante nacerán muchas más– cuyas consecuencias aún no podemos medir. Su potencial, sin embargo, se adivina sin esfuerzo porque, cuando las conciencias despiertan, es muy difícil volver a adormecerlas. Y creo que, esta vez, estamos despertando de verdad.


[1]No hay más que mirar la lista de motivos que Miguel Ángel Vázquez esgrime en el primer post de su recién estrenado blog “Cristianxs indignadxs” (http://blogs.21rs.es/cristianxsindignadxs/2012/05/11/10-motivos-por-los-que-acudir-al-12m15m/). Desde aquí, le doy mi bienvenida, con mis mejores deseos, a la blogosfera de 21.rs.

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15M o el despertar por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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