Tarde de asueto

Yo no soy perfecta… y me parece bien.

Anna Lynne McCord

Trabajo en una universidad pública y hoy he secundado la huelga en defensa de la enseñanza pública. Pasé la mañana estudiando y, como las horas me cundieron más de lo esperado, había planeado una tarde perfecta. Después de mucho tiempo, iba a dedicarme a no hacer nada, pero en la calle, o sea, que pensaba dejar transcurrir las horas paseando, sentada en el banco de un parque o, si me encontraba con ganas de conducir, yendo a la playa más cercana para contemplar las olas lamiendo la orilla. El sol se animó a salir en las horas centrales del día, lo que, unido a que Susana podía acompañarme en mi tarde de asueto total, reunía todos los ingredientes necesarios para que mi plan saliera redondo.

Al salir, mi amiga y yo decidimos renunciar al coche y empezar a andar sin rumbo, evitando al máximo las calles empinadas, para que la sensación de descanso fuera mayor. Aún no habíamos caminado diez minutos cuando el sol desapareció. La temperatura, sin ser alta, era suficientemente agradable, así que, después de un rato, nos sentamos en un banco a ver pasar gente. Pero el cielo se fue encapotando, el termómetro empezó a bajar y se levantó una brisa incómoda y fría que, además de despeinarnos, de la raíz a las puntas, nos dejó literalmente heladas.

Nos resistimos a renunciar al plan trazado, pero al final no nos quedó más remedio que meternos en un bar a tomar algo caliente para prevenir un catarro primaveral. El sitio estaba bien y no había mucho barullo. Hojeamos el periódico, charlamos, guardamos silencio sin incomodidad –algo que, curiosamente, solo se puede hacer en presencia de alguien con quien se tiene mucha confianza– y, finalmente, decidimos dar por terminada la salida, porque no nos apetecía nada andar de bar en bar solo por no volver a casa. Hace unos años, quizás habríamos acabado en el cine, pero todas las salas de la ciudad están ubicadas en centros comerciales de las afueras y no nos apetecía nada el viaje. La tarde al aire libre había fracasado. Y lo de estar fuera de casa, también.

Cuando cerré la puerta tras de mí y solté el bolso y la cazadora encima de la cama, me sentí frustrada. Me resistí un buen rato a cambiarme de ropa y a ponerme las zapatillas, como si estar preparada para salir de inmediato en cualquier momento aumentara la posibilidad de que el cielo se volviera azul y el termómetro subiera unos cuantos grados… Me senté, encendí el ordenador y miré el correo electrónico. Nada. Ni un mensaje nuevo. “Todo me sale mal”, me dije, sabiendo que era mentira, entre otras cosas, porque había gozado de la compañía de una amiga muy querida. Confieso que la sensación de victimismo no me resultó desagradable, como si la mala suerte en algo tan tonto como no poder pasar la tarde al aire libre me aportara un extraño mérito, un absurdo derecho a reclamar algo a alguien, aunque no supiera a quién. Niñerías que, de vez en cuando, no se pueden evitar.

Al final, me cambié de ropa, zapatillas incluidas, y mi cuerpo agradeció la comodidad. Hice una infusión, organicé el escritorio de mi ordenador –el tridimensional está hecho un desastre, pero no tengo intención de poner orden hasta que no acabe mis oposiciones–, leí algunos archivos a los que no había tenido tiempo de echar un vistazo, y, de pronto, me di cuenta de que estaba bien, realmente muy bien, en mi casa, con una toquilla por los hombros, la tele apagada, rodeada de libros y papeles que me recuerdan la dicha de saber leer y escribir, lo mucho que he aprendido a lo largo de la vida y lo que todavía tengo que aprender, con un ordenador y un teléfono que me permiten ponerme en contacto con quien quiera en cualquier momento… y un montón de nombres en el corazón que me acompañan siempre.

Una llamada de mi madre interrumpió un silencio, largo o corto, no lo sé. Se le notaba en la voz lo contenta que estaba. Me contó que esta mañana había ido al médico con mi padre, al que le habían hecho unos análisis, y que le han salido de libro. Quería que me alegrara por la buena noticia. Y me alegré mucho. Desde que mi padre perdió la vista, no acababa de estar bien de todo lo demás, pero parece se va haciendo a la idea de su nueva situación y que su cuerpo lo nota.

Pensé que era un buen momento para escribir en el blog dejando que los dedos sobre el teclado decidieran qué querían contar y cómo. Y ahora, justo en esta línea concreta, estoy sorprendida no solo de lo que he escrito, sino de haberlo hecho. Porque hoy no estaba previsto que colgara un post, porque había planeado no pasar ni una hora de la tarde delante del ordenador, porque nunca me siento a escribir en el blog sin elegir un tema, aunque en el proceso cambie de idea, porque una cosa es partir de lo cotidiano para iniciar una reflexión, y otra, bien distinta, dibujar con palabras mi tarde, una tarde tan gris e intrascendente, y compartirla como si encerrara algo interesante.

Nadie es perfecto. Yo, tampoco. Y, a mí, también me parece bien.

 

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Tarde de asueto por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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