El abalorio 109

Las mujeres apoyaban a las mujeres en los tiempos bíblicos; las mujeres apoyan a las mujeres hoy… Las mujeres cargan con sus amigas por los roturados caminos de la vida de la mujer hasta que la amiga es lo suficientemente fuerte para recorrerlos por sí sola. Las mujeres se atan a otras mujeres, no como lo están los presos, sino como se ligan los escaladores: con cuerdas que quedan holgadas y están destinadas a salvar, no a controlar.

Joan Chittister

 

En la “Introducción” de la novela Come, reza, ama, de Elizabeth Gilbert, descubrí que esos collares de cuentas –antepasados de nuestros rosarios– que hindúes y budistas utilizan en la India para mantenerse concentrados durante sus meditaciones religiosas, pasando los dedos de una cuenta a otra cada vez que repiten un mantra, se llaman japa malas. Por lo visto, los japa malas tradicionales tienen 108 abalorios, un número que, en los círculos más esotéricos de la filosofía oriental, se considera el más afortunado por ser un perfecto dígito de tres cifras que, además, es múltiplo de tres y cuyos componentes suman nueve, que es tres veces tres. Y todo el mundo sabe que el número tres representa el supremo equilibrio.

No obstante, Elizabeth G. continúa: “todo japa mala tiene un abalorio de más, un abalorio especial –el número 109– que queda fuera del círculo equilibrado que forman los otros 108, colgando como un amuleto. Al principio yo creía que el abalorio 109 era de repuesto, como el botón extra de un jersey o el segundón de una familia real. Pero parece ser que tiene un propósito más elevado. Cuando estás rezando y lo alcanzas con los dedos, debes interrumpir la concentración de la meditación para dar las gracias a tus maestros”. Fin de la cita.

Este post hace el número 109 de este blog. Si pienso en cada uno de los 108 anteriores como en abalorios de un japa mala, he realizado ya una vuelta completa. Me toca, pues, interrumpir mi meditación y dar gracias.

Dar gracias, en primer lugar, por poder estar aquí, escribiendo más o menos una vez a la semana sobre las cosas que me interesan, confiando en que también interesen a otras personas y aceptando que, en muchas ocasiones, no sea así. Doy gracias por la ventana al mundo que me ofrece este blog y, sobre todo, a todas/os las/os que os paráis alguna vez en él para leerme, no solo porque lo hacéis, sino porque saber que pincháis con el ratón en el enlace de “En carne viva” me mantiene despierta, incluso cuando siento la tentación de dormirme. Escribir cada una de las entradas de este blog es como encontrar una piedra donde asentar los pies para cruzar un río, o como cavar en la tierra para encontrar agua cuando siento sed y no veo ninguna fuente cercana, o como vislumbrar la existencia de colores bajo los grises de una fotografía en blanco y negro.

Dar gracias, también, a todas las personas que, de una forma u otra, han sido maestras para mí, en los más diversos aspectos de mi vida, empezando por los hombres y las mujeres de mi familia: mis padres, mis abuelos, mis hermanos…, que han estado y están siempre junto a mí, aunque vivan lejos, aunque algunos ya hayan muerto, aunque pertenezcan a generaciones distintas, porque todos, con su forma de entender la vida y vivirla, me han enseñado el valor del amor, del compromiso, de la justicia, de la gratuidad…

Dar gracias por el regalo de la amistad, con la que he sido generosamente bendecida, porque tengo muchas y muy buenas amigas, y también algunos amigos. Sin ellas/os, sería muy pequeña y tremendamente limitada. Con ellas/os, la vida se manifiesta como una realidad en la que es posible la igualdad, la reciprocidad, la libertad, las alegrías profundas y las risas tontas, el diálogo intenso y los silencios cómodos; una realidad en la que es posible compartir el sufrimiento ajeno como propio, sin sentir peso, y disfrutar de las diferencias como de un regalo; una realidad exigente y, al mismo tiempo, liberadora, que humaniza a quien se sumerge en ella y que, por tanto, acerca a la Divinidad.

Dar gracias a quienes me enseñaron a leer, a escribir, a tocar la guitarra, a coser, a encuadernar, a andar en bicicleta, a traducir latín y griego, a cocinar, a entonar una partitura –sencilla, claro–, a arreglar un enchufe, a jugar al ajedrez, a escribir a máquina, a hacer punto… y a pensar, a rezar, a analizar la realidad con ojos críticos y a mirar el mundo con confianza.

Dar gracias a las mujeres y a los hombres que no he conocido y que hicieron posible las cosas buenas de las que disfruto hoy sin haber luchado por ellas; a quienes me transmitieron la fe fiándose del Evangelio, sin dejarse limitar por normas; a quienes confían y trabajan por hacer realidad un mundo mejor, y a quienes no se dejan vencer por las muertes cotidianas, porque anticipan la resurrección.

Ojalá pueda completar otro japa mala

Licencia Creative Commons
El abalorio 109 por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “El abalorio 109”

  1. Muy bonita tu reflexión, Maria Jose, como todo lo que escribes

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