Diario de verano I

Los cambios y transformaciones históricas se dan a un ritmo mucho más lento que el de la vida individual.

María Zambrano

 

Estoy en mi habitación. Es la hora de la siesta y casi todo el pueblo duerme. Arriba, en la cocina, mi hermana repasa los deberes veraniegos con su hijo, de ocho años, mientras su hija de seis meses observa a uno y a otra, alternativamente, con una atención y un interés impropios de una niña tan pequeña. La luz del sol, que hace poco entraba dibujando sobre la mesa la silueta de las rejas de la ventana, ha desaparecido bajo las nubes. El reloj de la iglesia se impone cada media hora a los otros sonidos, mucho más tenues: las hojas de los árboles mecidas por el viento, la lluvia que ha empezado a regar las calles, el motor de algún coche que sube o baja por la carretera, lejana…

Tengo la impresión de que he vivido este instante muchas veces, en este mismo lugar, quizá cada año, pues todo parece igual a otros veranos, a otras vacaciones. Pero si lo pienso solo un poco, me doy cuenta de que todo es distinto. Las vacas ya no pasan por delante de nuestra puerta, camino de la fuente, ni hay gallinas picoteando no se sabe qué en el suelo, porque hace años que los establos y los corrales no están junto a las viviendas, sino a las afueras del pueblo. Tan solo los perros y los gatos siguen deambulando tranquilamente por las calles, cuando tienen ganas, o dormitan en cualquier sombra. Tampoco se ven bueyes tirando de los arados o de los carros, porque hace mucho que fueron sustituidos por tractores, ni se trilla en las eras, convertidas en jardines, sino en los campos, con las cosechadoras. La tierra sigue dando su fruto, pero es más fácil obtenerlo.

Quienes hace unos años jugaban al escondite por todo el pueblo, ahora peinan canas, o se las tiñen, y llaman a sus hijas/os por la ventana para que dejen sus juegos y vuelvan a casa a la hora de comer o de cenar. Los niños y las niñas que componen con sus risas la banda sonora del verano, andan en bicicleta, como lo hicimos nosotros antes, cogen renacuajos en el lavadero, se aventuran por los caminos de los alrededores buscando moras o cualquier otro tesoro, se bañan en el río, se suben a los árboles, inventan juegos aprovechando cualquier trasto que se encuentran, pero ya no llevan tirachinas en los bolsillos, sino dispositivos repletos de videojuegos.

En nuestra casa también ha cambiado las cosas. El Abuelo ya no es mi abuelo, sino mi padre; la Abuela ya no es la mía, que murió cuando yo tenía siete años y todavía no habían nacido tres de mis hermanas/os, sino mi madre; la Tía ya no es mi tía, sino yo, y las/os Niñas/os ya no son mis hermanos, sino mis sobrinos.

Cuando veo cómo disfrutan de la libertad que proporciona la vida en un pueblo pequeño como este, su emoción al descubrir un escarabajo en el camino, o un gusano de luz en la pared de la era, o un nido en los arbustos, cuando noto su sorpresa al pasar junto a una granja y ver a un ternero mamando, o al distinguir una trucha agazapada bajo las piedras musgosas del río, cuando veo cómo se divierten corriendo por los caminos, o intentando coger saltamontes, o transformando una excursión por el monte en una aventura digna de un libro, creo que hay cosas que no cambian, pues yo he sentido exactamente lo mismo que ellas/os. Pero, en realidad, nada es igual, aunque solo sea porque todas esas emociones, hoy, están protagonizadas por otros. Los años han ido pasando, uno tras otro, casi imperceptiblemente, y una generación ha sustituido a la otra.

Esta mañana, mientras mi sobrino tiraba piedras al río, intentando batir en cada lanzamiento su propio récord, he caído en la cuenta de que el agua que discurre bajo el puente es siempre nueva, aunque el río parece que apenas ha cambiado su forma desde que yo tengo recuerdo de él. Y me pregunto si la vida no es como un cauce que todos recorremos, un cauce que facilita que, en un punto concreto del recorrido, todos tengamos experiencias parecidas, haciéndonos creer que todo se repite una y otra vez. Pero el agua, que asume la forma de su continente, también la modifica, erosionando las orillas, arrastrando piedras, permitiendo o impidiendo que crezcan plantas… El cauce, pues, por la acción del agua que lo recorre, es siempre diferente, aunque parezca el mismo.

Creo que, a menudo, pensamos que nuestras vidas y nuestras acciones apenas inciden en la Realidad y que no tenemos poder para transformar el marco, muchas veces opresivo, en el que nos movemos. Pero lo tenemos. Otra cosa es que no veamos en qué se traduce concretamente nuestra influencia, porque la Vida y las vidas tienen tiempos distintos, como lo tienen la Historia y quienes la protagonizamos con nuestras pequeñas historias. Somos agua en movimiento y nuestro paso modela el cauce que otros hombres ymujeres esculpieron antes y que quienes vienen detrás recorrerán.

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Diario de verano I por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Diario de verano I”

  1. ¡preciosa la naración de tu verano en él pueblo !

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