Diario de verano III

La sobrepresencia de algo no parece evitarlo, en el caso del mal, ni su recuerdo lo hace más y más repugnante. Incluso puede ser que lo trivialice. Y eso si no le da ideas a alguno.

Amelia Valcárcel

 

A mis hermanos y hermanas, como a otras muchas personas, les gusta aprovechar las vacaciones para conocer mundo, dentro o fuera de las fronteras de nuestro país, por lo que raro es el verano en que no programan un viaje más o menos largo. Este año, uno de ellos decidió cruzar Europa en furgoneta, hasta Cracovia. Su objetivo final, Auschwitz.

Cuando nos contó su viaje, que ilustró con cientos de fotografías, noté que encontraba las palabras precisas para describir lo que vio, pero no para expresar la experiencia vivida… Es un hombre profundamente empático y muy sensible, y estaba claro que la visita al más famoso campo de exterminio nazi le había afectado, por lo que le pregunté por qué lo había elegido como destino último de sus vacaciones. “No lo sé. Hacía mucho tiempo que quería ir. Tenía que ir. Todos tendríamos que ir, al menos, una vez en la vida”, me respondió.

La visión de las imágenes fotografiadas por mi hermano causaban cierta disonancia, no sé si cognitiva, estética, emocional o ética. El día que visitó el campo, el sol bañaba Auschwitz con una luz casi cegadora. Un césped sorprendentemente verde cubría las zonas sin pavimentar y los árboles plantados aquí y allá daban al sitio un aire de parque, ideal para pasar una tarde de domingo en compañía o soledad. El lugar resultaba casi acogedor…

Me acordé inmediatamente de un texto del filósofo francés, de origen ruso, Vladimir Jankélevitch, que había leído casualmente unos días antes: “La olvidadiza naturaleza, según dicen, no es rencorosa, pero su despreocupación no encierra ningún significado moral […]. La inocente primavera brilla para los malvados lo mismo que para los buenos […]. Cada año, los árboles florecen en Auschwitz al igual que florecen en todas partes, y la hierba no está asqueada de crecer en esos lugares de indecible horror: la primavera no distingue entre nuestros jardines y el llano maldito en el que perecieron a hierro y fuego cuatro millones de ofendidos”[1]. De no ser por la voluntad humana de mantener viva la memoria, personal y colectiva, de los hechos sucedidos en aquel lugar y de las personas allí exterminadas, Auschwitz sería hoy un lugar silencioso.

Recordar, sí, pero ¿para qué? Suele decirse que el pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla. Es innegable esta función pedagógica de la memoria, pero también lo es que recordar, simplemente, no basta para no repetir. Los libros están llenos de historias de sufrimiento infringido por unos seres humanos a otros: guerras, esclavitud, explotación, asesinatos, torturas, genocidios, injusticias de todo tipo… Horrores que se repiten una y otra vez, de forma burda o más sutil, y que inducen a desconfiar de la naturaleza humana o, lo que quizás es peor, a aceptar el cainismo como parte de la misma, mellando toda esperanza de una humanidad y un futuro diferentes. Solo recordar, pues, no evita que tropecemos setenta veces siete en las mismas piedras, y con parecidas consecuencias. Es posible que la pregunta no sea para qué –dando a la memoria un sentido utilitario–, sino por qué recordamos o por qué, en determinadas ocasiones, queremos recordar.

Mi hermano no fue a Auschwitz a recordar “la más terrible experiencia de la Modernidad”, según Amelia Valcárcel[2], imposible de olvidar. Creo que solo quería estar allí, como un imperativo ético, acompañando de algún modo a los hombres y a las mujeres de toda edad que estuvieron en Auschwitz, viendo sus gafas, sus zapatos, sus juguetes, las maletas con sus nombres y direcciones, su pelo, los lugares donde malvivieron y donde fueron exterminados y convertidos en cenizas, poniéndoles rostro y nombre, imaginando sus historias personales, pensándolos de uno en uno, contemplando el paisaje que ellos y ellas vieron, pisando el mismo suelo… Haciendo memorial, no solo memoria.

Recordar para estar cerca, aunque se esté lejos en el tiempo o en el espacio. Compartir el sufrimiento ajeno, aunque sea solo con la memoria. Acordarse del frío, aunque haga sol, y del horror, aunque el césped crezca sin saber dónde lo hace. Memoria empática, gratuita, no utilitaria. Y quizá, por eso, transformadora.


[1] Jankélevitch, V. El perdón. Barcelona: Seix Barral, 1999, p. 54.

[2] Valcárcel, V. La memoria y el perdón. Barcelona: Herder, 2010, p. 83.

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Diario de verano III por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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