Justicia y perdón

 

Algo tiene el tema del mal que es capaz de paralizar la inteligencia.

Amelia Valcárcel

 

Tal como sospechaba, retomar la vida cotidiana no me ha sido fácil, y no solo por aquello de tener que madrugar por obligación, y no por el puro placer de disfrutar del sol mañanero, sino sobre todo porque tengo la sensación de haberme dado de bruces con el tren de la realidad, al menos en lo que atañe a lo público. Por más que lo intento, no consigo ponerme al día y me asomo a las noticias de los medios de comunicación con la ambivalente sensación de estar oyendo más de lo mismo y de haber perdido, al mismo tiempo, el hilo del argumento.

Así, pues, me siento algo perdida. Tanto, que me ha costado varios días y borradores teclear esta entrada en el blog, ya que han sido muchas las cuestiones que me han estado rondando estos días por la cabeza, amontonándose en ella sin ningún orden, invadiendo aleatoriamente mis pensamientos y haciendo patente mi necesidad de una información más profunda y extensa sobre la mayor parte de ellas, imprescindible para elaborar una opinión personal sobre cualquier tema. Al final, he optado por abordar la cuestión más recurrente de todas las que me han ocupado últimamente, debido, sin duda, a la lectura del libro de Amelia Valcárcel La memoria y el perdón, una obra de apenas 140 páginas y de lectura amena, aunque no siempre sencilla, y que deja con ganas de más, de mucho más[1]. Me refiero a la relación entre dos conceptos, la justicia y el perdón, que se perciben tan vinculados al Evangelio.

Justicia y perdón están relacionados con el mal y su cancelación, pues ambos buscan detener la espiral de violencia que cualquier tipo de mal infligido a otras/os desencadena, pero pertenecen a ámbitos distintos. La justicia está fundamentada en lo que Amelia Valcárcel denomina la “ontología de la deuda”. La idea básica es que quien causa un daño contrae una deuda con su víctima, una deuda que, tarde o temprano, ha de pagar para que se restablezca el equilibrio y se recupere el orden que la consecución de un mal ha alterado. Un mal se cancela, pues, con otro equivalente. Y esta ontología de la deuda es la que explica que la venganza, es decir, la devolución del mal recibido, fuera considerada, durante milenios, no solo un derecho, sino prácticamente una obligación de las víctimas.

La venganza se convirtió en justicia cuando se institucionalizó, o sea, cuando la cancelación de la deuda contraída por quien dañaba, el “ojo por ojo”, se puso en manos no de quienes lo habían sufrido, sino de la comunidad-sociedad a la que pertenecían. Pese al cambio, el marco moral siguió siendo el mismo y la ontología de la deuda subyace todavía en los sistemas penales de las sociedades democráticas, las cuales, a través de sus leyes, se dan a sí mismas unas determinadas “tablas de equivalencias” entre los delitos cometidos y las penas con las que las/os delicuentes saldan su deuda con el conjunto de la sociedad, no con las víctimas directas. La justicia, por tanto, pertenece al ámbito de lo público y de lo comunitario-social.

El perdón, cuando no se inscribe en un marco providente, es decir, cuando no supone que un Poder Superior/Divinidad se encargará de hacer justicia más tarde o más temprano, escapa a la ontología de la deuda y pertenece al ámbito de lo personal, lo que significa, entre otras cosas, que solo puede perdonar quien ha sufrido el daño. Es más, nadie tiene derecho a perdonar el mal infligido a otras personas. Por otro lado, que la víctima perdone no evita la pena que la justicia impone. Además, el arrepentimiento de quien ha cometido el mal tampoco evita la acción de la justicia ni genera, necesariamente, el perdón de sus víctimas, como tampoco se lo asegura quien cumple su sentencia íntegramente. Y parece, por otra parte, que la sociedad difícilmente perdona a quienes, en algún momento, ha juzgado y condenado, aunque hayan saldado su deuda en términos judiciales.

¿Puede el perdón, por tanto, instalarse en el ámbito de la justicia? En principio, parece que no. Sin embargo, Amelia Valcárcel habla de lo que denomina “perdones fundantes”, es decir, aquellos que una sociedad, democrática o no, se concede, precisamente, para poder seguir siendo una sociedad viable. Es el caso de las amnistías, de las leyes de punto final y de otras formas de hacer una especie de borrón y cuenta nueva tras periodos de conflictos internos graves. Y toda sociedad tiene experiencia, en distintos grados, de estos perdones fundantes, perdones que, por otra parte, no tienen por qué suponer olvido.

De cualquier forma, parece que ni la justicia ni el perdón han sido capaces, hasta el momento, de evitar el mal. No obstante, como cristiana, me niego a pensar que la marca de Caín es la que define a la Humanidad. Pero no puedo obviarla. Y con justicias y perdones, quizá no siempre bien distribuidos, habrá que intentar, como dice Amelia Valcárcel que, al menos, no se propague.


[1] Tampoco ha sido ajena a la elección del tema la entrada “Bolinaga y la piedad” (http://blogs.21rs.es/ilusiones/2012/09/06/bolinaga-y-la-piedad/#comments), del blog de Isabel Gómez-Acebo “Cajón de ilusiones”, cuya lectura me ha dado mucho que pensar y a la que, de alguna manera, intento responder desde aquí.

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Justicia y perdón por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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