Viaje a Roma

 

Es sano desatascar las cañerías de la memoria y terminar de hacer las paces con todo lo que quedó atrás.

María Dueñas

 

El domingo, mientras en la plaza de San Pedro del Vaticano se proclamaba a santa Hildegarda de Bingen doctora de la iglesia, yo recorría a toda velocidad las calles de Roma, camino del Panteón de Agripa. De regreso al hotel, donde me esperaba la maleta ya cerrada, aún tuve tiempo para pararme un poco en la Boca de la Verdad y visitar la iglesia de Santa María de Cosmedin. Era mi última mañana en la Ciudad Eterna –había llegado la tarde del miércoles–, y quise aprovecharla hasta el último minuto. Cuando me subí al tren que va al aeropuerto, llevaba la lengua fuera, literalmente.

Nunca había estado en Roma, aunque había sido un destino mucho tiempo soñado por mí. Soñado y no alcanzado. Hasta ahora. La ocasión me vino dada por el Congreso Teológico Internacional, celebrado en la abadía benedictina de San Anselmo, entre el 4 y el 6 de octubre, y organizado por el Coordinamento Teologhe Italiane (CTI) bajo el título “Las teólogas releen el Vaticano II. Asumir una historia, preparar el futuro”[1].

Como mujer, como cristiana y como estudiante de Teología Feminista, el tema del encuentro me interesaba mucho. Como licenciada en Filología Clásica, se me antojaba imposible estar en Roma per la prima volta (por primera vez) y encerrarme en una sala de conferencias desde la mañana hasta la noche, así que decidí repartir mi tiempo y mi corazón entre el simposio teológico y los paseos turístico-culturales por la ciudad: ni estuve presente en todas las ponencias, comunicaciones y debates del congreso, ni visité todos los monumentos que en las guías de la ciudad figuran como “imprescindibles”. Dicho de otra manera, pude escuchar más de media docena de apasionantes reflexiones teológicas, disfrutar de un magnífico concierto de órgano en la iglesia de San Anselmo, conocer y oír a personas que participaron en las sesiones del Concilio Vaticano II, asistir a un sorprendente espectáculo celebrativo al final del congreso –original, emotivo, sugerente, bellísimo, provocador, comprometido–, prueba concluyente de que hay muchas formas de hacer teología y de que el arte, en todas sus variantes, es una de ellas, y pude contemplar, asimismo, muchos restos de la Roma clásica, tan familiar para mí gracias a los libros y, sobre todo, a los textos latinos que, durante años, tuve la dicha de traducir. También fui al Vaticano.

A pesar de la aparente división en que me vi inmersa y que me hizo sentir en no pocas ocasiones que estaba traicionando un poco a los dos amores –la teología y el mundo clásico– que reclamaban mi atención al mismo tiempo, cuando lo que me faltaba, precisamente, era tiempo, creo que mis días romanos no estuvieron tan exentos de coherencia. Al fin y al cabo, fueron una mirada hacia el pasado, más o menos lejano, y hacia las raíces culturales, religiosas y espirituales del mundo en que me muevo y de mi propia historia. Una mirada multiforme, poliédrica, necesaria para asumir el pasado, propio y común a otras personas, y preparar el futuro, tal como rezaba el subtítulo del congreso.

De todas formas, intento poner orden en mis experiencias romanas, pero noto que todavía no puedo. Como si se tratara de fotografías obtenidas con una lente interior y diferente a la de la cámara que me acompañó todas las horas del día, vienen a mi mente flashes de mis paseos por las calles: iglesias donde no es posible rezar, porque prima su condición de museos, suelos adoquinados sobre los que resulta difícil andar, capiteles y columnas desparramados por el suelo, manadas de gente desplazándose entre los monumentos o llenándolos, calles de tráfico intenso en las que no hay semáforos de peatones y a las que hay que lanzarse, literalmente, para cruzar confiando en que los coches se pararán, la Via della Misericordia, una calle pequeña y estrecha, restos arquitectónicos antiguos surgiendo de cualquier muro de épocas posteriores, rostros procedentes de todas las partes del mundo, sobredosis de belleza, vagabundos y vagabundas durmiendo en los bancos de cualquier plaza o sentados en cualquier escalera, manifestaciones reivindicativas entre las estatuas de los emperadores romanos… Pasado y presente tan conectados como disonantes, tan condicionantes del futuro, como superables. Lastre y posibilidad. Como la historia y la tradición de esta nuestra Iglesia, en la que las mujeres hemos estado tan marginadas, tan maltratadas, tan silenciadas y, a pesar de todo, tan presentes, tan vivas…

Ni podemos ni debemos eliminar el pasado. Tampoco olvidarlo. Es verdad que pesa como una losa, pero quizás aún seamos capaces de construir edificios nuevos sobre las ruinas. El congreso fue la prueba de que las mujeres tenemos la pasión, la imaginación y las herramientas necesarias para hacerlo. Yo volví con ganas de ponerme a ello.


[1] Isabel Gómez-Acebo también asistió al congreso, del que habla en la entrada “Per la prima volta”, de su blog “Cajón de ilusiones”: http://blogs.21rs.es/ilusiones/2012/10/08/per-la-prima-volta/

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Viaje a Roma por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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