Cuenticos

Pareciera que nuestro imaginario de Dios se limitara exclusivamente a la tradición; nos sentimos incapaces de ponerlo en cuestión a la luz de los desafíos del presente, por miedo a la irreverencia o la heterodoxia… Hoy el miedo o el desdén atenazan en muchos casos la creatividad.

María Ángeles López Romero

 

Esta semana fui a visitar a mis padres. El caso es que, como mi madre sabía que me pararía en el pueblo en el viaje de vuelta, me metió en la bolsa unos números de 21. La revista cristiana de hoy para que se los diera a una vecina de su edad, a la que llamaré Magdalena, aunque no es ese su nombre, porque no le he pedido permiso para hablar de ella en público. En cuanto aparqué el coche y metí el equipaje en casa, crucé la calle y fui a cumplir la misión encomendada. Magdalena me recibió con el delantal puesto y un montón de alubias, esparcidas por el suelo, que se secaban junto a la cocina de leña.

Después de preguntarle qué tal estaba y de darle cumplida cuenta de cómo se encontraban mis padres, le alargué las revistas. Sin dejar de mirarme a los ojos, me dijo apenada: “Tengo tan poco tiempo… Pero dime si hay algo interesante y lo leeré”. Entonces, bajó la vista a mis manos y vio las portadas. “¿21? ¡Pero si esa revista la recibo yo todos los meses! Acaba de llegar una”, casi gritó, muy sonriente, mientras revolvía en la repisa de la ventana y buscaba entre otras revistas y periódicos el último número recibido. Y con su revista, aún envuelta en plástico, ya en la mano confesó: “Recibo varias revistas cristianas, pero no me importaría borrarme de todas. Menos de esta. Al lado de esta, lo que cuentan las demás parecen cuenticos. Se nota que en esta trabajan personas metidas de lleno en la vida”.

No sé a qué otras publicaciones cristianas está suscrita Magdalena, pero sus palabras me han dado mucho que pensar. No deja de ser curioso que una mujer de más de setenta años, con pocos estudios y de la que se podría suponer una mentalidad más bien conservadora y conformista, por aquello de que ha vivido siempre en un pueblo pequeño, no se trague, sin filtro ninguno, todo lo que se empaqueta con el cartel de “cristiano” y distinga con tanta contundencia entre contenidos y contenidos, prefiriendo los conectados con la vida a los que ella denomina “cuenticos”.

Cuenticos… como los que se oyen tan a menudo en tantos púlpitos, en tantas catequesis, en tantas charlas y conferencias, como los que se leen en tantos escritos teológicos y supuestamente espirituales. Palabras alejadas de la carne y el hueso de la realidad cotidiana, de la justicia social, de los avances de la ciencia, de las experiencias concretas, del dolor y del gozo humanos. Palabras antiguas, cansadas y que producen cansancio, aburridas, vacías de traducción renovada, manidas, gastadas, alienantes. Palabras muertas y mortíferas, que no generan vida y que la extinguen.

Se repite una y otra vez que se busca un nuevo lenguaje para nombrar a Dios y para transmitir la fe. Y parece que no es fácil, pero ¿por qué? ¿Qué es transmitir la fe? ¿Pasar, de una generación a otra, palabras esculpidas en piedra? Aunque así fuera –que no lo es–, no hay que olvidar que hasta los textos de las lenguas muertas, inmutables en su forma, requieren traducciones periódicamente renovadas, si se quiere seguir entendiendo su contenido, porque las/os lectoras/es de hoy no hablan el mismo lenguaje que ayer. Una traducción del siglo XVI de la Odisea, por ejemplo, sería hoy casi tan incomprensible como el texto griego original… Por tanto, urge traducir aquello que un día se consideró inmutable, es decir, hacer hermenéutica y exégesis no solo de la Escritura, sino de la Tradición, esa tradición que, más que un cimiento sobre el que construir, se muestra a menudo como una losa imposible de remover para salir de la tumba.

Por otro lado, la fe es algo más que palabras escritas definitivamente en un documento. Dorothee Sölle decía que el secreto de la vida que llamamos Dios es algo experimentado y que, por tanto, son nuestras experiencias las que nos permiten identificarlo. Posiblemente no resultaría tan difícil renovar el lenguaje de la fe si, sencillamente, fuéramos conscientes de que dicho lenguaje no es ajeno al que utilizamos para todo lo demás: el trabajo, la ciencia, las relaciones interpersonales, el arte… Quizá, por eso, Magdalena prefiere leer sobre la vida y las vidas –porque es ahí donde reconoce a Dios y donde transmite su fe–, y dejarse de cuentos.

Licencia Creative Commons
Cuenticos por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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