¿Derecho al olvido?

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino… Siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía ser el camino de una verdad: pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo.

Clarice Lispector

 

Se habla a menudo del peligro que entraña proporcionar datos personales en la Red, ya que, una vez subidos, es prácticamente imposible hacerlos desaparecer, lo que puede acarrearnos consecuencias indeseadas. Más de una/o se ha arrepentido, por ejemplo, de haber colgado en Facebook fotografías u opiniones que, en principio, iban destinadas a sus amigas/os y que, por no haber configurado bien la privacidad de su cuenta o por indiscreción de algún miembro de su círculo de confianza, han terminado en páginas web de fácil acceso y sobre las que ya no puede ejercer ningún control. A algunas/os, esos deslices les han costado el trabajo, pues muchas empresas rastrean las huellas que las/os solicitantes de empleo van dejando en la Red para completar los currículos que reciben.

Decirnos, en cualquier ámbito, incluso el privado, siempre compromete, porque al mostrarnos proporcionamos a las/os demás información sobre nosotras/os. Y la información es poder. Mostrarse en Internet, con palabras o imágenes, nos expone mucho más, no solo a las miradas ajenas, sino a que la información que proporcionamos sea capturada y multiplicada en infinidad de espacios, porque la Red es como una plaza pública de alcance universal. Dejar constancia documental de lo que somos o pensamos supone un riesgo, sin duda, pero también es una garantía. Y ni uno ni otra son desconocidos al ser humano. Quienes escribimos, privada o públicamente, lo sabemos bien. La diferencia hoy, respecto a un pasado no lejano, pero ajeno a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC), es la facilidad y rapidez con que ahora pueden ser procesados y difundidos los datos, lo cual, en sí, no es bueno ni malo. Tan solo conviene ser conscientes de ello.

Está claro que hay información que proporcionamos espontánea y voluntariamente, aunque a menudo con una evidente falta de prudencia o, incluso, de pericia “técnica”. Otra la suministramos a requerimiento de empresas y administraciones para acceder a algún servicio a través de la Red y confiamos en que las entidades que la solicitan cumplan las leyes vigentes respecto a la protección de datos. Pero hay información que, literalmente, se nos escapa: datos aparentemente sin importancia (perfiles de cliente, opiniones en blogs, firmas para apoyar causas…), repartidos aquí y allá, que tomados aisladamente no dicen mucho, pero que cuando se cruzan pueden convertirse en una fuente inagotable de información para quien quiera y pueda utilizarla, a favor o en contra.

Las leyes, a la zaga de la evolución de la Red, intentan asegurar la privacidad de nuestros datos personales con diversas medidas, entre ellas, lo que se llama “derecho al olvido”, o sea, el derecho a solicitar que nuestra información personal sea borrada de las bases de datos de las entidades correspondientes una vez que nuestra relación con ellas ha finalizado. Entiendo el contenido de este derecho y lo comparto, pero no estoy muy segura de que la denominación sea acertada.

La mención al olvido me resulta inquietante, e incluso peligrosa. De hecho, hay quienes defienden que este derecho debería incluir que cualquiera pueda solicitar/exigir que sean borradas, por ejemplo, las opiniones que un día vertió en la Red, y argumentan para ello que, con el tiempo, todo el mundo evoluciona y puede arrepentirse de haber hecho públicas algunas declaraciones –o de haber colgado imágenes– comprometidas o, mejor dicho, comprometedoras. El derecho al olvido vendría a ser, así, una especie de borrón en el expediente, entendido no como una mancha, sino con una acepción más etimológica, es decir, el resultado de borrar con éxito lo que un día estuvo “escrito”. Algo que, desde luego, no pueden permitirse quienes, en lugar de decirse en la Red, lo hacen sobre el papel o en otros medios menos maleables, a no ser que se adopten métodos como los del famoso Ministerio de la Verdad, de la novela de Orwell, 1984, donde se re-creaba el pasado, literalmente, cambiando lo que hubiera que cambiar para que encajara con los intereses del presente. O sea, el Sueño, con mayúscula, de cualquiera que quiera manipular la Historia, o las historias…

Creo que el olvido es siempre peligroso. La desmemoria ha sido, demasiadas veces, una herramienta más que eficiente, en manos de los poderosos, para engañar, para desdecirse sin arrepentimiento ni consecuencias, para invisibilizar el trabajo y los logros de mucha gente que, gracias al olvido, ha quedado relegada a los márgenes de la Historia.

Por eso, más que el derecho a “olvidar” lo que un día subimos a Internet o manifestamos en cualquier otro foro, yo reclamaría el derecho al error y a la rectificación, no negando lo que un día fuimos o pensamos o dijimos, sino dando la cara, reconociendo, en efecto, la evolución y el cambio personales y, sobre todo, dando razón de ellos. Un derecho que, quizá, no se pueda legislar, pero que debería tenerse en cuenta, porque, de los errores, también se aprende y quien evoluciona demuestra, entre otras cosas, que es capaz de sobreponerse a la inercia y de crear algo nuevo incluso sobre sus propias ruinas.

Licencia Creative Commons
Derecho al olvido por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “¿Derecho al olvido?”

  1. Yo también estoy de acuerdo contigo. Es importante darle valor a nuestras acciones, aunque sean erradas. Tener valor de aceptar que fuimos e hicimos, buenas y malas cosas, y permanecer en esa tesitura, o modificarla, otra vez para bien o para mal. Los actos humanos son importantes y debemos reconocerlos así. Es parte de la madurez y es consecuencia de la responsabilidad asociada a la libertad. Si hubo error, hay que corregir, no solo borrar de la memoria. No se porque en la actualidad vivimos con sensación de que nos inventamos cada día, que podemos empezar de cero, que las consecuencias de nuestros actos no deberían seguirnos por la vida, y no queremos pensar que el reconocimiento del error es, como dices, un acercamiento a la verdad, y por ello mismo un motivo de celebración: estuvimos ciegos, y volvimos a ver….Que alegría.

  2. Tengo un amigo de mediana edad, un señor honorable, que cuando tenía 17 años le cogieron con droga y le arrestaron. Han pasado cerca de 40 años y cuando se mete su nombre en Google sale la historia. Ha pedido que lo borren y por lo visto no es posible, con lo que tiene que cargar con su error de juventud toda la vida

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