Hacer expurgo

Dios nos creo para vivir en comunión, pero nos hemos dividido; nos creó para vivir en libertad y nos hemos hecho esclavos, y hemos esclavizado… Nos creó herederos de la creación, para dejar nuestra huella en ella, y la hemos devastado y sometido de manera tiránica; de sus riquezas universales hemos hecho riquezas exclusivas y excluyentes.

Trinidad León Martín

 

El tamaño de mi casa no me permite acumular, así que me he propuesto hacer expurgo en armarios, cajones y estanterías. Empecé con el armario de la ropa, en el que he conseguido dejar una estantería vacía, y he continuado con los papeles de todo tipo que, apilados a lo largo de más de un año, esperan encontrar un sitio definitivo en mis carpetas o acabar en la bolsa azul destinada al reciclaje. Hoy han vuelto a pasar por mis manos los apuntes de las oposiciones que acabé en  julio. No he podido evitar echar un vistazo rápido a los folios, muchos, antes de tirarlos a la basura Y al hojear los de legislación me he acordado de algunas reflexiones que me hice, en su momento, cuando estudié algunas normas sobre las que basamos nuestra convivencia.

Muchos textos legales empiezan con lo que podría llamarse una declaración de intenciones, es decir, una especie de discurso programático en el que se hace explícito el espíritu que sustenta la norma correspondiente. Resulta lógico pensar que dicho espíritu es reflejo directo de los valores en los que se apoya y/o a los que aspira la sociedad de cuyos órganos legislativos nace el texto jurídico y para beneficio de la cual se ha elaborado la norma. Pues bien, la constitución de nuestro país y los tratados europeo-comunitarios apelan constantemente en sus preliminares a la dignidad del ser humano y al  reconocimiento de sus derechos; consideran fundamentales el derecho a la vida, a la libertad personal, ideológica, religiosa y de expresión, el derecho a la seguridad y al honor, y la igualdad ante la ley; establecen como principios y objetivos el bienestar y el interés común, la solidaridad dentro de la sociedad y entre los pueblos, la cooperación, el cuidado del medio ambiente, la promoción de la cultura y la igualdad de oportunidades para el acceso al conocimiento, el cuidado de los más débiles, la atención a las minorías, la educación en valores, la igualdad de género y la lucha contra cualquier tipo de discriminación. Algunas normas jurídicas mencionan incluso, entre sus objetivos, la erradicación de la pobreza…

La verdad es que da gusto leer estas introducciones de las leyes, porque invitan a pensar que nuestras sociedades no solo son humanas, sino que aspiran a serlo cada vez más. Sin embargo, y pese al espíritu que se vislumbra en estos textos vertebrales de nuestra convivencia, la realidad se muestra bastante más inhumana. No hay que esforzarse mucho para darse cuenta de que el mundo se ha convertido en un gran mercado regido por un único principio: el beneficio económico. Así, mientras parece que el corazón social aspira a la convivencia solidaria, todo lo demás nos empuja a la ley de la selva y al sálvese quien pueda, como si una profunda esquizofrenia se hubiera apoderado de la historia y de cada una/o de nosotras/os.

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo podemos querer algo, como sociedad, como comunidad humana, y no dar los pasos necesarios, uno tras otro, para conseguirlo? ¿De verdad creemos en todos esos valores que enumera nuestro ordenamiento jurídico, o solo son hermosas palabras vacías, mejor dicho, vaciadas de sentido a base de pronunciarlas en vano y, por tanto, carentes de eficacia? Y si es así, ¿por qué consentimos que se sigan pronunciando, que se sigan utilizando como falsa moneda para adormecernos, para tranquilizarnos, para decirnos que vivimos en sociedades realmente civilizadas? ¿Cómo podemos reconocer públicamente, con admiración e incluso con emoción, como se hace a menudo, los méritos de personas y entidades que abogan, trabajan y/o encarnan valores como la solidaridad, la promoción de la cultura, la lucha contra el sufrimiento humano, la democratización del saber, la distribución de la riqueza, el desarrollo humano en todas sus facetas, el cuidado de los más débiles de cada sociedad… y, al mismo tiempo, funcionar movidas/os por otros objetivos?

Quizás ha llegado el momento de hacer expurgo también en nuestros textos legales fundantes, bien eliminando todo aquello que no sustenta realmente nuestro funcionamiento como sociedad, lo que nos evitaría la engañosa autocomplacencia, bien erradicando de su articulado todo aquello que no casa con el espíritu que, supuestamente, los inspiró. Así, al menos, seríamos coherentes. Y, como mínimo, nos obligaríamos a reflexionar sobre nuestros verdaderos valores.

Licencia Creative Commons
Hacer expurgo por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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