Lenguaje perverso

Las palabras valen tanto para contar lo que pasa como para ocultarlo. La realidad no es solo cuestión de contraponer versiones porque hay versiones construidas precisamente para ocultarla.

Teresa Aranguren

 

Es llamativa la cada vez más extendida tendencia, por parte de quienes se dedican a la política y de muchos medios de comunicación, a utilizar eufemismos para describir la realidad. Según la Real Academia Española, un eufemismo es la “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Eufemismo es, pues, una palabra o frase que sustituye otra, dulcificando la crudeza o gravedad de la original. En principio, los eufemismos podrían considerarse un gesto de cortesía comunicativa. El problema es que, muy a menudo, no se utilizan para suavizar la descripción de un hecho, sino para manipular la realidad.

Una buena metáfora aquí o allá puede, incluso, agradecerse, pero un uso sistemático de los eufemismos, como el actual, evidencia algo más que el sano propósito de no herir la sensibilidad de las/os ciudadanas/os y revela la presencia de otro tipo de intenciones: la opacidad, la ocultación y/o el enmascaramiento de la realidad, la autojustificación, la manipulación de la verdad, o –llamémosle por su nombre– la mentira. A la crisis económica, se le llama conyuntura negativa, crecimiento económico negativo (¿?), desaceleración; al repago sanitario, copago e, incluso, ticket moderador sanitario; a la subida de impuestos, recargo temporal de solidaridad; a los recortes en los servicios públicos, reformas estructurales, medidas de ahorro; a los despidos colectivos, expedientes de regulación de empleo; a las estafas, errores de gestión; a la bajada de sueldos, devaluación competitiva de los salarios; a las víctimas civiles de guerra, daños colaterales; a los ataques sin provocación previa, guerra preventiva; a los bombardeos, apoyo aéreo; a las cárceles ilegales, zonas de confinamiento; a las torturas, técnicas avanzadas de interrogatorio; a las personas inmigrantes; indocumentados, ilegales, sin papeles, clandestinos; a la emigración, movilidad exterior; al genocidio, limpieza étnica; al soborno, tráfico de influencias; al comunicado unilateral, rueda de prensa sin preguntas; a la diferencia de criterios, rebeldía; a las movilizaciones sociales, terrorismo… Los ejemplos son tan numerosos y abarcan tantos ámbitos que darían para elaborar un verdadero diccionario.

El uso persuasivo del lenguaje forma parte del discurso político público desde siempre, porque su intención es convencer, y más o menos todas/os lo sabemos. Saberlo nos protege, en cierta medida, del efecto anestésico de todos esos circunloquios, perífrasis, rodeos, ambigüedades, tecnicismos, barbarismos y metáforas con que se aderezan los discursos políticos y muchas noticias, pero no nos hace del todo inmunes. Lo que se incorpora al lenguaje, se incorpora al subconsciente y, una vez allí, queda fuera de nuestro control y, lo que es más importante, cambia nuestra perspectiva al analizar la realidad, porque el lenguaje no solo sirve para expresar un pensamiento previo, sino también y sobre todo para formar pensamiento. Dicho de otra forma, cuando aceptamos los eufemismos –e incluso recurrimos a ellos, en vez de llamar a las cosas por su nombre–, hacemos nuestro pensamiento menos crítico, y a nosotras/os, más ciegas/os, más condescendientes, más sumisas/os a las intenciones de quienes los han inventado para hacernos más tolerable una situación que, en realidad, no lo es.

Por eso, creo fundamental un ejercicio constante de traducción del lenguaje de los discursos políticos y del utilizado en muchos medios de comunicación, y una resistencia activa a la incorporación a nuestro lenguaje habitual y cotidiano de los eufemismos diseñados para desviar nuestra atención de la realidad, para introducir un punto de vista miope en nuestra percepción, para anestesiar nuestra indignación ante las injusticias de que nos rodean y que padecemos y para menguar nuestra capacidad de hallar la palabra adecuada y oportuna.

Quizá sea una batalla perdida de antemano y resulte imposible sustraerse al uso perverso del lenguaje y al lenguaje perverso, pero no pierdo la esperanza. Porque está demostrado que los eufemismos, con el tiempo, pierden su poder edulcorante. Hubo un día en que “campo de concentración” sonaba mejor que “campo de exterminio”. Hoy, ambas expresiones son sinónimas y causan el mismo horror. Es posible, pues, que dentro de poco todos los eufemismos utilizados ahora para adormecernos, nos despierten, y haya que inventar otros nuevos… Claro que también hay otra posibilidad: responder con la misma creatividad a quienes intentan engañarnos con sus metáforas, utilizando otras que revelen, al menos, que somos conscientes de la perversión de su lenguaje.

Licencia Creative Commons
Lenguaje perverso por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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