El hueco de la ausencia

Siempre me ha producido una profunda emoción oír decir a alguien que Dios no vive en un texto dogmático, ni en un distante trono de los cielos, sino que convive estrechamente con nosotros, mucho más próximo de lo que podríamos pensar, sensible a las zozobras humanas.

Elizabeth Gilbert

 

En octubre de 2005, en el monasterio de monjas benedictinas de Nuestra Señora de la Asunción, en Mendoza de Rengo (Chile), mi amiga María Jesús y yo tuvimos ocasión de contemplar una pequeña exposición artística albergada en la torre del monasterio. De las paredes colgaban varios cuadros, algunos de hace muchos años, de la artista chilena Alejandra Izquierdo, actualmente priora del monasterio, y en el centro, como presidiendo todo el espacio, sobresalía un bloque cuadrangular de yeso –o algún material semejante– con las huellas impresas de dos pies descalzos, como las que dejan las manos y los zapatos de las/os artistas de cine frente al Teatro Chino de Hollywood. “Se titula La Ascensión”, explicó la monja que nos acompañaba, “y los pies son de un maestro que trabajó aquí”. Para entonces, ya sabíamos que en Chile “maestro” no significa profesor de escuela, sino “trabajador manual”. Miré las huellas dejadas por aquel maestro chileno y me acordé de los pies de otro maestro –el de Nazaret– cuya absorta contemplación por parte de los discípulos –¿y discípulas?–, mientras ascendía, interrumpieron las palabras de dos hombres vestidos de blanco: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1, 11).

No había en los pies de aquella escultura, mejor dicho, en su huella, nada de quien pisó el cemento, salvo ausencia. La escultura, de verdad, no podía ser más sencilla, pero tampoco más sobrecogedora, en su simplicidad. Creo que nunca he visto nada relacionado con la Ascensión que retrate con más fuerza el instante siguiente al adiós, el vacío que queda después de la despedida –cualquier despedida–, la soledad causada por la separación –cualquier separación–, la vuelta a casa, a la vida cotidiana, con hambre de presencia… Y con todo, el hueco no era exactamente vacío, pues los pies ausentes habían trazado un dibujo concreto –otra persona habría dejado una pisada diferente– e inconfundible para quien los conociera. Así, era un hueco paradójicamente lleno, testigo perfecto de una presencia que un día fue palpable, memoria de una experiencia vivida, de un tiempo compartido y, quizá por eso, consuelo y, por qué no, esperanza de un futuro en que esas huellas, como el zapato de cristal de Cenicienta, encajen un día en unos pies…

Pero lo que más me impresionó de la escultura fue el cambio de perspectiva. Alejandra Izquierdo no contempla al Resucitado ascendiendo al cielo, alejándose, sino mirando al suelo. Mientras miraba la escultura, recordé un libro que había leído poco antes de ir a Chile, La que es. El misterio de Dios en el discurso teológico feminista, de Elizabeth A. Jonhson[1], en cuyas páginas se puede leer: “Si nos preguntamos más en concreto por los momentos o acontecimientos mediadores del Espíritu de Dios, hemos de decir que potencialmente puede servir de mediación toda experiencia, el mundo entero. No existe una zona exclusiva, un ámbito especial, que pueda considerarse sólo religioso. Como el Espíritu es creador y dador de vida, la vida misma con sus complejidades, abundancias, amenazas, miserias y alegrías se convierte en la principal mediación de la dialéctica de presencia y ausencia del misterio divino. El mundo histórico se convierte en sacramento de la presencia y actividad divinas, aunque sólo sea como posibilidad. Por tanto, las complejidades de la experiencia del Espíritu tienen lugar en y a través de la historia del mundo: negativa, positiva y ambigua; ordenada y caótica; solitaria y comunal; afortunada y desastrosa; personal y política; oscura y luminosa; ordinaria y extraordinaria; cósmica, social e individual. Tenemos la experiencia del aliento del Espíritu siempre que nos encontramos con el mundo y con nosotros mismos como realidades sustentadas, abiertas a, dotadas de, lamentando la ausencia de, añorando algo que se hace presente de manera inefable más que inmediata, bien que ese “más” sea mediado por la belleza y la alegría o por la oposición a los poderes opresores”. La impronta de aquellos pies decía lo mismo.

A veces, tengo la impresión de que son pocas las certezas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, como pocas y efímeras son las experiencias vitales que las hacen posibles, pero ahí están, en su ausencia, cuando nos han abandonado o no parecen capaces de sustentarnos. Levantamos los ojos a los montes buscando auxilio. Y quizás olvidamos que solo mirando el suelo veremos las huellas que, como fósiles, testimonian una presencia tan real como misteriosa.


[1] Elizabeth A. Johnson, Hermana de la Congregación de San José, es profesora de Teología en la Fordham University de Nueva York.

Licencia Creative Commons
El hueco de la ausencia por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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