Arendt en Jerusalén

En circunstancias de terror, la mayoría de la gente se doblegará, pero algunos no se doblegarán.

Hannah Arendt

 

El estreno en España de la película Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, me pilló leyendo, precisamente, una obra de Arendt: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. ¿Casualidad? Quizá. Lo único que puedo decir es que no había leído el libro, aunque hace muchos años que sabía de su existencia, y que de repente, el mes pasado, antes de haber oído hablar de la película, de su argumento y de su inminente estreno, sentí la irrefrenable necesidad de leerlo. Así que lo busqué y, literalmente, lo devoré. Dos veces. Sí, cuando terminé la última hoja, volví al principio y recomencé, sabedora de que iba a disfrutar mucho más que la primera vez y, sobre todo, convencida de que encontraría el camino para comprender más y mejor a la autora. Porque el libro, que en absoluto es una simple crónica del proceso al que el nazi Adolf Eichmann fue sometido en Jerusalén, ofrece una verdadera selva de datos a través de la cual Arendt se va abriendo paso para fundamentar sus reflexiones, dando al mismo tiempo la posibilidad de que las/os lectoras/es lleguen a conclusiones diferentes a las suyas.

Tuve noticia del estreno de la película cuando me hallaba en plena relectura y me pareció una sorprendente y feliz coincidencia. Lógicamente, fui a verla en cuanto pude, o sea, este domingo. Aún no sabía que no se trataba de una biografía más o menos completa de Hannah Arendt –lo descubrí en el cine–, sino que se centraba en la época del juicio de Eichmann, en 1961, al que Arendt acudió, a petición propia, como corresponsal de The New Yorker, y de las reacciones que provocaron los artículos escritos por ella al respecto y publicados a primeros de 1963 en dicha revista. En la sala, frente a la pantalla, me di cuenta de que nunca me había sentado en la butaca de un cine tan puesta en el tema. Incluso hubo momentos en que los personajes pronunciaban frases que yo podía acompañar casi literalmente…

Saber de qué iba me ayudó a disfrutar de la película, que declaro aquí mismo no apta para fumadoras/es empedernidas/os, porque son muy pocas las escenas en las que no aparece alguien con un cigarrillo en la mano. Creo que es una buena película, magníficamente interpretada –el trabajo de Barbara Sukowa es intachable– y llena de aciertos, uno de los cuales, sin duda, es haber intercalado imágenes reales del proceso de Jerusalén, pues resulta muy inquietante ver y oír al verdadero Eichmann, no a un actor, defendiéndose de las acusaciones. Pero, en mi opinión, el mayor logro quizá sea el propio guión, que consigue “convertir las ideas en el mejor tipo de entretenimiento”, según un crítico de The New York Times. Porque es muy difícil transformar un ensayo de teoría política en relato, y quizá más difícil todavía, entresacar las ideas necesarias para que incluso quienes no hayan leído a Hannah Arendt puedan seguir un hilo de sus reflexiones.

Y digo uno, porque la película se ciñe casi completamente a lo que produjo más revuelo cuando Eichmann en Jerusalén se publicó, es decir, el cuestionamiento crítico de Arendt al comportamiento que los líderes judíos tuvieron desde la aparición del nazismo en Alemania hasta el desarrollo y ejecución de la llamada Solución Final, lo que le valió la objeción, la condena, el insulto y la calumnia –se le acusó, incluso, de ser pro nazi– de muchas personas, algunas muy queridas, y desde muy diversos frentes. La ausencia de esos otros hilos, apenas percibidos aunque von Trotta deja aquí y allá pequeños indicios de su existencia, es la principal carencia del film o, paradójicamente, su mayor acierto, porque deja con ganas de más.

No es demasiado sorprendente que los artículos de Arendt en The New Yorker –que luego se convirtieron en la obra Eichmann en Jerusalén– no pasaran inadvertidos, porque la autora no deja rincón sin analizar ni pregunta por hacer. Pero creo que quienes reaccionaron tan negativamente a sus reflexiones, o bien vieron afectados sus propios intereses, y hasta sus conciencias, o no la entendieron, o temieron hacerse las mismas preguntas que ella, incluso confiando en alcanzar diferentes conclusiones, o –quién sabe– a lo mejor no soportaron tanta inteligencia en una mujer… En cualquier caso, pienso que la mayoría juzgó injustamente la inquebrantable independencia de su pensamiento, un pensamiento afilado, complejo y ordenado que el tiempo ha revelado como fundamental e imprescindible para entender el siglo XX. Un pensamiento coherente con su convicción de que la capacidad de pensar y, por tanto, de discernir es constituyente de lo humano y de que, en consecuencia, hacer dejación de ella es renunciar a nuestra condición.

Invito, pues, no solo a ver la película, sino sobre todo a leer el libro. No es difícil encontrarlo ni en las librerías ni en las bibliotecas ni en la web. Y prometo volver sobre su contenido.

Licencia Creative Commons
Arendt en Jerusalén por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Arendt en Jerusalén”

  1. La pasada semana pude ver la película, que recomiendo no perderse. Es una maravilla ver cine de este tipo: una pelicula que nos mantiene en tensión y trata de ideas.
    Libertad de Pensamiento y Coherencia de Vida es lo que he visto en Hannah Arentd, asumiento consecuencias.
    Ahora quiero haceme con el libro para profundizar más en esta mujer intelectual y en su mensaje sobre la banalización del mal del que tenemos tantos ejemplos en este tiempo.

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