Tragedia

En situaciones de profunda impotencia es importante conocer palabras que uno pueda tomar en préstamo, justamente cuando el propio lenguaje y la propia garganta no están en condiciones de decir nada.

Ulrike Bail

 

El verano suele conllevar un cierto relajamiento mental y físico que invita a creer que las preocupaciones anejas a la vida se toman un descanso. Parece que todo se ralentiza, que los problemas cotidianos pueden esperar hasta mañana, que en realidad suceden pocas cosas. Da la sensación de que hasta las noticias de los periódicos y otros medios de comunicación, incluso cuanto tratan de asuntos serios, no producen el mismo impacto, como si estuvieran descafeinadas, hasta que la tragedia, que no entiende de fechas, irrumpe como una riada y nos arrastra.

Ayer por la noche, más bien tarde, encendimos la tele más por costumbre que para enterarnos de lo que pasaba en el mundo. Y entonces lo vimos: un tren descarrilado en las cercanías de Santiago de Compostela. Nos quedamos sin palabras. Las imágenes se sucedían en bucle, de manera que veíamos una y otra vez las mismas escenas, pero parecían nuevas, como si necesitáramos contemplar lo mismo, repetidamente, para creerlo. Fuimos pasando de un canal a otro, y en todos, el mismo o parecido cuadro de vagones accidentados, de víctimas mortales junto a las vías bajo mantas de colores donadas sin duda por los vecinos, de bomberos y voluntarias/os intentando sacar a la gente del tren, de personal sanitario atendiendo a los heridos… Estuvimos un buen rato intentando saber todo lo posible sobre lo ocurrido y, aunque llegó un momento en que nos dimos cuenta de que no solo se repetían las imágenes, sino los datos y los comentarios, y aunque nos sentíamos incapaces de irnos a la cama, como si velar fuera una forma de acompañar a las víctimas y a sus seres queridos, acabamos apagando el televisor con una sensación de sobrecogimiento difícil de expresar.

Hoy la tele ha estado encendida, sin descanso, desde bien temprano. Los datos son más precisos que los de ayer; las escenas, más dramáticas, porque al horror del accidente mismo, se une la visión del dolor de las familias de las víctimas. Sin duda, un acontecimiento de estas características merece toda la atención y eclipsa cualquier otro asunto que, en otras circunstancias, podría tener interés, pero siento cierto rechazo al tratamiento que de esta y de noticias semejantes suelen hacer muchos medios de comunicación, especialmente las televisiones, y algunos políticos.

Por lo que respecta a los medios, entiendo que no es fácil abordar una tragedia así, de que no es sencillo encontrar el equilibrio entre el deseo de informar y el respeto al dolor ajeno, pero tengo la impresión de que, una vez obtenidos y comunicados los datos más relevantes, el interés se centra en lograr la primicia de cualquier detalle –si es escabroso, mejor–, en conseguir testimonios luctuosos de las víctimas y sus seres queridos, en aventurar –más bien, adivinar– hipótesis sobre las causas del desastre y en encontrar posibles errores y negligencias en la actuación de los servicios públicos encargados de atender este tipo de acontecimientos. En pocas palabras, en buscar carnaza con la que alimentar el interés de los espectadores, transformándolo a menudo en simple curiosidad, quizá para garantizarse una buena audiencia.

Por lo que respecta a los políticos, su función en estos casos, si tienen responsabilidades de gestión, debería ser fundamentalmente asegurarse de que se está haciendo todo lo posible por atender las necesidades de las víctimas y de que se llevan a cabo las investigaciones oportunas para descubrir las causas del accidente y depurar las responsabilidades, por lo que lo mínimo que se espera de ellos es que estén allí donde más se les necesita. Ahora bien, da la impresión de que a veces, esa presencia, que puede ser física o no en el lugar de los hechos, no está exenta de intereses espurios, como si lo verdaderamente importante no fuera la atención real a las víctimas, sino salir en los medios, decir una palabra o muchas, y dar una buena imagen de su gestión, o, por el contario, criticarla si los personajes públicos en cuestión no tienen esa responsabilidad directa. En cualquier caso, parece que todo el mundo intenta sacar provecho político de la desgracia.

No sé qué sentirán quienes más directamente están sufriendo las consecuencias de este terrible accidente, pero creo que no necesitan ni que su sufrimiento se siga exponiendo a los ojos de todo el mundo, ni que se utilice políticamente. Porque el dolor es algo muy íntimo. Tanto que casi siempre hace inútiles las palabras, no solo porque no sirven para expresar lo que se vive, sino porque a menudo ni siquiera hacen acto de presencia. Creo que la mudez que acompaña a quienes sufren profunda e intensamente debería provocar en quienes les contemplamos las palabras justas para expresar nuestra cercanía y nuestro apoyo. Y ni una más. Porque el silencio sabe decir lo que la garganta no puede.

Licencia Creative Commons
Tragedia por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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