La Historia y las historias

Sea cual fuere tu postura, la siguiente pregunta sencillamente tiene que ser: ¿cómo sería el mundo si verdaderamente esta idea se hiciera realidad?

Martha Nussbaum

 

La noticia de la muerte de Nelson Mandela, acaecida ayer en Johannesburgo, ha sido ingrediente inevitable de nuestro desayuno de hoy. No hay medio de comunicación que no haya dedicado una gran parte de su tiempo o de su espacio a rememorar la vida y el pensamiento del que fue el primer presidente negro de su país y el más famoso de los hombres y mujeres que durante décadas combatieron el apartheid, un sistema de segregación racial que rigió en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994, año en que las personas negras mayores de edad pudieron ejercer por primera vez su derecho al voto sin restricciones en unas elecciones democráticas en las que venció, precisamente, Mandela.

Él ha sido, sin duda, el más célebre anti-apartheid, pero no el único. Nada más conocer la noticia de su muerte, me acordé de Steve Biko, un activista sudafricano, detenido y confinado en múltiples ocasiones y, finalmente, en 1977, torturado hasta la muerte por la policía de su país. El periodista sudafricano blanco Donald Woods, amigo de Biko, escribió dos libros denunciando su asesinato –Asking for Troubles y Biko[1]–, que se constituyeron en poderosas herramientas para visibilizar y dar a conocer al mundo lo que se estaba viviendo en Sudáfrica.

Winnie Madikizela, la segunda esposa de Mandela, con quien estuvo casada desde 1958 hasta 1996, también luchó contra la segregación racial, fue encarcelada en dos ocasiones y desterrada a la aldea de Brandfort durante ocho años. Y aunque tenía prohibido acudir a actos públicos, participó en multitudinarios mítines y en innumerables huelgas de obreros negros.

La cantante Miriam Makeba sufrió durante más de treinta años la marginación del régimen racista de su país, del que tuvo que salir, por su compromiso con la lucha por los derechos civiles y contra el racismo, que también soportó cuando se instaló en Estados Unidos, por lo que acabó estableciendo su residencia en Guinea. Recibió el apelativo de “mamá de África” y fue un auténtico icono de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.

Son solo algunos nombres, la punta del iceberg, lo poco que se ve. Ellas/os, en mayor o menor medida, se han convertido en símbolos de la lucha antirracista, quizá mejor, en iconos, en signos que representan una realidad más amplia que ellas/os mismas/os. Por eso, por un lado, su fama visibiliza dicha realidad y, por otro, la oculta. Y sin restar ni un ápice de valor a lo que ellas/os fueron e hicieron, lo cierto es que ni Mandela, ni Biko, ni Madikizela, ni Makeba, ni aquellas/os que aparecen o aparecerán en los libros de historia habrían logrado vencer si hubieran luchado en solitario, si sus actos y sus palabras no se hubieran sumado a los de innumerables personas –anónimas solo porque sus nombres nos son desconocidos– que apoyaron de mil formas distintas la causa anti-apartheid y que, en muchas ocasiones, sufrieron también en sus carnes las consecuencias de su esperanza en un mundo más justo y su compromiso para hacerlo realidad.

Estoy convencida de la necesidad de líderes capaces de despertar las conciencias y en torno a las/os cuales se aglutinen y canalicen los anhelos y la fuerza de quienes, sin alguien que señale una dirección y encarne una esperanza, quizás andarían dispersas/os. Pero, como decía mi abuela, nadie se mete a pastor sin ovejas. Y me fastidia un poco la metáfora, por la connotación gregaria, pero creo que, con limitaciones, tiene su valor. Porque no todo el mundo tiene ni la capacidad, ni la formación, ni la oportunidad de hacer “grandes cosas”, pero en el reverso de la Historia, con mayúsculas, están las “pequeñas” historias personales, los nombres concretos, y casi siempre desconocidos, sin los que el futuro, para bien o para mal, no habría llegado.

Hoy es día para recordar y honrar a Mandela. Y con él, a todos los hombres y mujeres que, de cerca o de lejos, le enseñaron, le fortalecieron, le acompañaron, le sostuvieron, le inspiraron y le ayudaron a imaginar una realidad en principio inimaginable, a seguir confiando, cuando nada invitaba a la esperanza, y a hacerla posible.


[1] En ellos se basó el cineasta británico Richard Attenborough para rodar la película Grita libertad, que fue estrenada en 1987. Yo fui a verla con unas amigas y recuerdo que, al salir del cine, no pudimos articular palabra en un buen rato.

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La Historia y las historias por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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