Miedo

Quien tuviere experiencia lo entenderá y verá que he atinado a decir algo; quien no, no me espanto le parezca desatino todo.

Teresa de Jesús

 

A estas horas, todo el mundo sabe que se acaba de publicar un libro de Manfred Hauke, titulado Teología feminista: significado y valoración. Televisiones, radios y periódicos de ámbito nacional, así como muchas webs de prensa digital, recogieron la noticia. Aunque, a decir verdad, la noticia no fue exactamente la aparición de la obra, sino las críticas que en su presentación se vertieron contra el pensamiento feminista y contra su “deriva” hacia la teología, es decir, contra la teología feminista. Críticas, por otro lado, no muy bien fundamentadas, pero suficientes para generar unos cuantos titulares que, entre otras cosas, contribuirán a que la editorial venda muchos más ejemplares de los que habría vendido con otra estrategia de presentación.

En realidad, casi me sorprende semejante repercusión mediática, porque las críticas de la jerarquía eclesiástica al feminismo no son nuevas, aunque es posible que últimamente aparezcan mejor aderezadas, puesto que incluyen terminología habitual en la teoría feminista, eso sí, con los significados trastocados. Y para muestra, dos botones. En la presentación del libro en cuestión se habla de la “deconstrucción de la persona” y de la “pretensión de empoderamiento” de las mujeres como dos características del feminismo que conducen a la nada, o a los infiernos… Pues bien, según el Diccionario de la Real Academia Española –por citar una fuente asequible para todo el mundo–, deconstruir significa “deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual” y “desmontar un concepto o una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así contradicciones y ambigüedades”, y empoderar, “hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. O sea, que deconstruir no es sinónimo de destruir, ni empoderar equivale a imponer, como erróneamente parecen entender y/o transmitir algunos. Y como prefiero confiar en el ser humano, achaco el error al desconocimiento, porque no me cabe en la cabeza que exista una deliberada intención de confundir y, de paso, atemorizar.

De todas formas, percibo en la publicación del libro de Hauke, veinte años después de que viera la luz en Alemania, y en la mayoría de las declaraciones adversas al feminismo en general y a la teología feminista en particular, hechas por miembros de la iglesia, algo parecido a miedo. Y no me refiero a miedo a que las feministas descendamos a los infiernos, peldaño a peldaño y error a error, o a que con nuestros cantos de sirena arrastremos a la destrucción o a la nada a otras personas, sino miedo a que no estemos equivocadas; miedo a que no sea tan descabellado ni tan ilegítimo ni tan herético, como algunas/os sugieren, que se deconstruyan algunos conceptos, poniendo de relieve sus contradicciones y ambigüedades; miedo a pensar de otra manera la Palabra y la tradición, miedo a que surjan interrogantes, a replantearse de raíz todo el sistema teológico y, por supuesto, las estructuras basadas en él. Me refiero a miedo a que las mujeres, y otros grupos humanos todavía marginados y excluidos, se empoderen, es decir, miedo a que los ignorantes aprendan, los cobardes se llenen de valor, los débiles se hagan fuertes, los ciegos vean, los cojos salten, los mudos hablen y canten, los esclavos sean libres y los pobres descubran cuál es la Buena Noticia, y miedo, sobre todo, a que lo hagan sin permiso. Y donde pone “los”, léase por supuesto “las”.

El miedo –lo sé por experiencia– es mal consejero. Unas veces, empuja al repliegue e inmoviliza; otras, produce recelo e invita al ataque preventivo; siempre, nubla la perspectiva y rechaza la luz… Y yo, insisto, percibo miedo.

Para nadie es fácil, tampoco para las feministas, incluidas las cristianas, hacerse nuevas preguntas y sentir las propias raíces arrancadas del suelo vital. No es fácil quedarse a la intemperie y confiar en que la Sabiduría Divina ilumine nuevas respuestas, o renueve las antiguas. Por eso, agradezco sinceramente que haya quienes recen –espero que también sinceramente– por nosotras, las feministas, y que además intenten hacerlo con amor y respeto.

Porque siempre he creído en el poder de la oración, especialmente en el que tiene para transformar a quienes oran. Ojalá quienes rezan por nosotras dejen de temer y de temernos.

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Miedo by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Miedo”

  1. En el fondo de su corazón saben que las feministas tenemos razón……No tienen miedo, tienen pavor…..

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