Frialdad heladora

Se busca visualizar una realidad, que se vea que detrás de las decisiones políticas hay personas.

Esther Vivas

 

Esta vez escribo por encargo. Concretamente, por encargo de mi madre, que el mes pasado recibió una carta del Ministerio de Empleo y Seguridad Social en la que se informaba sobre la revalorización de las pensiones durante el ejercicio 2014. Sumando el incremento de las dos que ella tiene –la que se ganó después de haber cotizado casi treinta años y la de viuda–, cobrará este año 2 € más al mes. La subida es tan exigua que resulta ridícula: “una tomadura de pelo”, según sus propias palabras. La información, por otra parte, iba acompañada de otra carta, firmada por la ministra y recibida por todas las personas que cobran pensión en nuestro país, que ha dado lugar a muchos comentarios en los medios de comunicación y que a mi madre le ha dolido hasta la indignación. Y por si alguien no lo conoce o ha preferido olvidarlo, recordaré su contenido.

El texto, breve, explica que ha entrado en vigor una nueva fórmula de revalorización de las pensiones y prestaciones del sistema público de Seguridad Social “que garantiza que las pensiones subirán todos los años sea cual sea la situación económica y que nunca podrán ser congeladas”. Además, recuerda que el año pasado, a pesar de la difícil coyuntura económica, las prestaciones se incrementaron del 1 al 2%, y, finalmente, afirma: “Seguimos trabajando para conservar un sistema de pensiones sólido, estable y solidario, de todos y para todos”. Teniendo en cuenta que la subida para el presente ejercicio ha sido de un 0,25%, es decir, que las pensiones no se han congelado por los pelos, cuesta un poco entender la carta en cuestión. Y es que si la ministra pretendía informar, no habría estado mal que lo hubiera hecho bien, sin que faltara información y, por supuesto, sin que sobrara.

Porque, por un lado, el texto es muy escaso en explicaciones. Quiero decir que mi madre, por ejemplo, hubiera agradecido mucho que se le aclarara en qué consiste esa nueva fórmula de revalorización de las pensiones públicas, de qué manera se garantiza que nunca serán congeladas y, sobre todo, cómo se asegura, mínimamente, la capacidad adquisitiva de quienes las perciben. Porque todo el mundo sabe, por experiencia, que ninguna ley es eterna y que no todo aumento de una prestación evita que esta, en realidad, se devalúe, pues si el IPC es superior a la subida, la capacidad adquisitiva de las/os pensionistas disminuye. Es más, incluso cuando el aumento equivalía al IPC, dicha capacidad se veía menguada, porque para calcular dicho índice no se tienen en cuenta los precios de todos los productos, sino solo aquellos que interesa consignar.

Pero, por otro, la carta trae a colación cuestiones que, de haberse obviado, habrían causado menos indignación. Me explico: ¿no es un poco cruel recordar que el año pasado, con una coyuntura económica supuestamente peor que la actual, la revalorización fue de cuatro a ocho veces mayor? ¿O es que cree la ministra que alguien va a interpretar el hecho como un mérito del gobierno, y no como el resultado de la ley entonces vigente? ¿Y no es sorprendente, por no decir escandaloso, hablar de un sistema de pensiones solidario, cuando tantas personas mayores en nuestro país se encuentran bajo el umbral de la pobreza? A mi madre, sin ir más lejos, si no viviera en una casa de renta antigua, le costaría llegar a fin de mes o, como leí el otro día, “le sobraría mes al final del sueldo”. Y eso que, como ya dije, cobra dos pensiones…

No sé si la carta de la ministra de Empleo y Seguridad Social era inevitable, o si habría bastado con la aséptica información que manda todos los años la Secretaría de Estado correspondiente, pero ya que se decidió enviarla, podría haberse escrito una carta distinta, más respetuosa con la situación económica de la gente y, desde luego, con su inteligencia y su dignidad, redactada en otros términos y pensando en los rostros de sus destinatarias/os. A mi madre no le habría importado nada que la firmante hubiera reconocido su tristeza por no poder dar mejores noticias o que, incluso, hubiera pedido perdón, algo que nunca, o casi nunca, hacen quienes gobiernan. Supongo que lo consideran una debilidad incompatible con sus continuos intentos de convencernos de que sus decisiones, todas ellas, son las mejores, incluso cuando tienen consecuencias nefastas.

El problema es que, en ese permanente esfuerzo para maquillar la realidad, para hacer de la necesidad virtud, para dar por bueno y rebueno lo que, en el mejor de los casos, es inevitable y, en el peor, una mala gestión, manifiestan una frialdad estremecedora respecto a las/os gobernadas/os y sus vidas cotidianas. Una frialdad que la gente percibe y que la deja helada, aunque sus pensiones no se congelen del todo.

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Frialdad heladora by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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