Desmonicación

¿De qué manera se va construyendo la ceguera ética de una sociedad?… Cada época tiene su pequeño infierno, un cráter moral ante el que nos medimos los ciudadanos.

Rosa Montero

 

El título no es una errata. No quise escribir demonización, ni tampoco desmotivación, que según el DRAE son las palabras con la escritura más cercana a desmonicación, una palabra inventada por mí –quizá revelada– después de escuchar la conferencia que Amelia Valcárcel pronunció en el XXIV Feminario, celebrado en Córdoba a mediados de noviembre de 2013 bajo el título “La violencia patriarcal a través de la palabra, la imagen, la economía y las leyes”[1].

Valcárcel, en poco más de veinte minutos, apunta con lucidez, claridad e incluso buen humor algunas claves de la violencia patriarcal que explican –aunque no justifican– su arraigo en nuestra sociedad y, al hacerlo, señala también algunas estrategias para erradicarla. Distingue tres niveles de violencia contra las mujeres: de intensidad extrema, media y baja. Su tesis es que la de extrema intensidad –es decir, la que conlleva resultado de muerte– depende, por lo general, de una situación de violencia media a la que, por diversas causas, no se ha puesto coto. Según la filósofa, la violencia de intensidad media, que abarca el amplísimo abanico de situaciones que van desde el bofetón hasta las agresiones físicas de todo tipo que no producen la muerte, aunque sí un sufrimiento apenas soportable, está mucho más aprobada en nuestro contexto social de lo que se piensa, ya que, en palabras suyas, “flota sobre una marea considerablemente grande de violencia de baja intensidad con la que estamos acostumbradas y acostumbrados a convivir”. Y continúa: “Sin esa base firme de aceptación de la violencia de baja intensidad, la intensidad media nos parecería grave, y quizá la violencia extrema concurriera menos”.

El análisis no puede ser más simple, ni más lúcido. Valcárcel dibuja la violencia como una estructura piramidal en la que cada nivel se apoya en el inmediatamente inferior, o lo que es lo mismo, una pirámide en la que cada nivel sostiene y hace posible el inmediatamente superior. Parece lógico, pues, que para hacer caer todo el edificio se empiece por minar sus cimientos, es decir, la violencia de baja intensidad, una violencia que todas las mujeres hemos sufrido y sufrimos todos los días… y a menudo sin rechistar. Unas veces, porque es tan cotidiana que no la advertimos como violencia; otras, porque por pereza, por cansancio, por miedo a que aumente su intensidad, por mantener la paz, por lo que sea, creemos que no nos merece la pena hacerle frente.

Amelia Valcárcel, en su conferencia, recuerda que san Agustín, al hablar de santa Mónica, su madre, cuenta[2] que, a diferencia de muchas matronas, que presentaban moratones en la cara porque sus maridos les pegaban, ella jamás recibió un golpe de su esposo, y no porque este fuera pacífico, que no lo era, sino porque Mónica, que consideraba que al casarse con él se había hecho su criada, le servía sin contradecirle nunca. Valcárcel se pregunta si ser “Mónicas” es la solución a la violencia patriarcal en cualquiera de sus niveles y en qué medida la tradición cristiana –ese tipo de tradición cristiana– ha favorecido la violencia contra las mujeres y está dificultando su desaparición. Porque mujeres como Mónica siguen siendo modelo de santidad…

Todas nosotras, más o menos veces, en mayor o menor medida, por unos u otros motivos, hemos sido y aún somos Mónicas ante la violencia patriarcal de baja intensidad. Creemos que no merece la pena reaccionar ante los pequeños abusos, ante los pequeños agravios, sin ser conscientes de que los pequeños silencios y sumisiones, alimentan y agrandan esa gran marea de violencia de baja intensidad que hace posible la de intensidad media y, por tanto, la extrema, la que asesina a las mujeres por serlo.

Y no se trata de culpabilizarnos nosotras por la violencia que sufrimos, sino de hacer visible el poder que tenemos para erradicarla, las posibilidades a nuestro alcance de transformar la realidad, de incidir en ella. Dejemos, pues, de ser Mónicas, porque si no hay excusa para la ejercer la violencia, tampoco la hay para padecerla. Entreguémonos a un profundo y radical proceso de desmonicación e impidamos que nuestra silenciosa resignación contribuya a aceptar individual y colectivamente que el precio de la libertad de las mujeres sea la muerte, y el de la vida, la sumisión[3].


[1] Los vídeos de las conferencias, que se colgaron en Internet hace poco más de un mes, se pueden ver en:

https://www.youtube.com/channel/UC8UtdKQoKdAcVj4B6txiLTg

[2] Confesiones, Libro IX, Cap. IX, 19.

[3] Como denuncia Miguel Llorente Acosta en su artículo “Ellas están cambiando, ellos, no”, El País, 19-4-2014:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/03/19/actualidad/1395268778_760952.html

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