Pascua cotidiana

Es un momento en el que algo extraordinario nos es revelado dentro de los límites de nuestra vida ordinaria, es el momento de la presencia de alguien en la intensidad de mi dolor capaz de ayudarme a dar el próximo paso, tal vez incluso el último.

Ivone Gebara

Cuenta Gregorio Magno en sus Diálogos que Benito de Nursia, en los comienzos de su vida monástica, se refugió en una angosta cueva de Subiaco, situada en un lugar muy abrupto, y que allí estuvo tres años apartado del mundo. De vez en cuando, un monje llamado Román, que vivía en un monasterio cercano, sustraía a hurtadillas un pan de su propia comida, lo ataba a una cuerda muy larga y lo bajaba desde el borde de una roca hasta la cueva donde Benito oraba y ayunaba. Pero un día el Señor se le apareció a un sacerdote que había preparado su comida para la fiesta de Pascua y le dijo: “Tú te preparas cosas deliciosas y mi siervo en tal lugar está pasando hambre”. Entonces, el hombre, que vivía lejos de Subiaco, buscó a Benito hasta que dio con su cueva. Oraron, hablaron de cosas espirituales y el sacerdote le dijo al ermitaño: “¡Vamos a comer, que hoy es Pascua!”. Y Benito, que después de tanto tiempo alejado de todo ignoraba en qué día vivía, respondió: “Sí, para mí hoy es Pascua, porque he merecido verte”. Hace años que conozco esta historia y siempre que lo hago me produce el mismo efecto liberador, pues me gusta mucho la idea de que una fiesta lo sea no porque lo dice el calendario, sino porque acontece algo que realiza y actualiza lo que la fiesta celebra y significa.

Creo que toda Pascua, para serlo, necesita la presencia de lo inesperado, incluso de lo ilógico, como inesperado e ilógico fue que las mujeres hallaran vacía la tumba de Jesús. Ahora bien, lo inesperado no tiene por qué ser inevitablemente prodigioso, aunque sea infrecuente. Lo que quiero decir es que cada día estoy más convencida de que el lugar de la Pascua es lo cotidiano y de que la Galilea de cada cual es el único escenario en el que puede experimentarse la resurrección, por pequeñas que sean las dosis, que lo son, aunque quizá no más que las de quienes nos precedieron en la fe. Porque tendemos a pensar que nuestras experiencias pascuales, las de la gente “normal”, son necesariamente mucho más light que las de las/os primeras/os testigos de la Resurrección, pero es posible que nos equivoquemos y que, para alimentar su fe, ellas/os no tuvieran más avituallamiento que nosotras/os: breves y tenues destellos de luz en el reino de la noche que testimonian que hay algo más que oscuridad y que, por tanto, no tiene por qué ser eterna, aunque lo parezca.

No sé en qué consisten esos destellos de luz para otras/os ni cómo ni dónde los ven. Yo los encuentro, siempre inesperadamente, cuando parece que todo –o quizá solo algo– está perdido y, tal vez sin dejar de estarlo, revive y/o da vida. Es más fácil experimentarlo que explicarlo. Tiene que ver con la generosidad de quienes apenas tienen nada y unas veces logran multiplicar sus panes y sus peces, y otras, tan solo saciar su hambre de afecto; tiene que ver con el placer por la vida de quienes han visto amenazada su existencia o saben que disponen ya de poco tiempo y saborean cada minuto con paz, como el regalo que es; tiene que ver con el sueño y la necesidad de hacer posible una realidad más justa, aunque los medios sean escasos y no haya garantías de éxito; tiene que ver con los milagros cotidianos, realizados por personas “anónimas”, que sostienen la vida en todo el mundo, allí donde está y seguirá estando amenazada de mil formas; tiene que ver con traspasar la desesperación, aunque se haya descendido a los infiernos –de la pobreza, de la enfermedad, de las drogas, de la soledad, de la violencia, de la guerra, de la locura…–, y vivir de nuevo; tiene que ver con el amor capaz de vencer el miedo, el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Porque vivir sin miedo tiene que ser muy parecido a vivir resucitada/o.

Suelen calificarse estas experiencias como anticipos de la resurrección, como minúsculas degustaciones de aquello que ¿en el futuro? saborearemos en toda su plenitud. Quizás así sea. Yo no lo sé, pero hace un tiempo que intuyo –por decirlo de alguna manera– que, al igual que todo anticipo, nuestras experiencias pascuales son ya lo que avanzan y que no tener la mirada atenta a las resurrecciones cotidianas hace cada vez más real el “todavía no” de lo que esperamos.

Ojalá miremos de tal forma que veamos la Pascua de cada hoy de nuestras vidas.

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Pascua cotidiana by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Pascua cotidiana”

  1. Muchas gracias, por este precioso texto, sugerente y alentadora, la pascua cotidiana, sin duda, un regalo. Feliz cotidiana pascua ¡¡

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