Desordenadas

Ya no podemos considerarnos víctimas inocentes, y pecamos por colaborar en nuestra propia opresión.

Evi Krobath

Me contó la historia ayer, por teléfono, una amiga que lo vio por Internet. Me refiero al programa Sacro y profano, emitido el pasado 21 de abril en el Canal Once de la televisión mexicana[1], en el que las invitadas Andrea González Benassini, de la Universidad Iberoamericana de México, y Amparo Lerín Cruz, pastora de la Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas, responden en poco más de veinte minutos a las preguntas del conductor del programa sobre el tema “La mujer en las iglesias”. Yo lo he visto esta mañana y creo que ambas aprovechan bastante bien su tiempo para destacar el acusado carácter patriarcal de la iglesia católica y de las iglesias reformadas, pero la intervención de la pastora presbiteriana me ha dado mucho que pensar.

Amparo Lerín cuenta entre otras cosas que, aunque en la Iglesia Presbiteriana de México se habían empezado a ordenar mujeres como líderes –denominadas “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras”– desde 1985, hace casi cuatro años la cúpula eclesial, masculina por supuesto, decidió desordenarlas, aunque hacerlo no resultó tan sencillo, no solo por las protestas que generó la decisión, sino porque no había ningún documento en dicha iglesia que fundamentara la desordenación de quien se había ordenado en nombre de la Trinidad. Así pues, en agosto de 2011 se reunió la Asamblea de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, mayoritariamente masculina, para celebrar un Concilio Teológico sobre la Ordenación de la Mujer, en el que se acordó que no se ordenarían más mujeres en el futuro, aunque algunas estaban en pleno proceso, como la propia Amparo Lerín, y que los presbiterios que habían ordenado ya “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras” debían desconocer tal ordenación y someterse al acuerdo. También se decidió no abordar más la cuestión. En resumidas cuentas, un “no” rotundo sin posibilidad alguna de revisión. Consecuencia inmediata de estas decisiones fueron la excomunión de los pastores y congregaciones que no las aceptaron y lo que Lerín califica como la formación de una nueva comunidad de fe, es decir, una escisión.

Confieso que, cuando oí la historia por teléfono, lo primero que me vino a la cabeza y comenté con mi amiga fue el juego de significados al que se prestan las expresiones desordenar mujeres y mujeres desordenadas… y que nos reímos un poco, por no dejarnos llevar por el enfado y la indignación. Todavía en tono de broma, le dije que a quienes se sienten molestos con las feministas católicas a lo mejor les da desbautizarnos a todas para que no estorbemos, aunque llegamos a la conclusión de que, por mucho que les incomodara nuestra presencia, no les resultaría fácil des-sacramentarnos. Finalmente, ya serias, reconocimos el peligro que entraña la estrategia de desconocer, que tristemente no es monopolio de ninguna iglesia.

El prefijo des- procede del latín dis- y entra en la formación de palabras con diversos significados, los más habituales de los cuales son negación, inversión, privación o carencia del vocablo simple al que acompaña; también puede tener el sentido de “fuera de”. Así, desconocer puede significar: “no recordar la idea que se tuvo de algo, haberlo olvidado; no conocer; negar ser suyo algo (dicho de una persona); darse por desentendido de algo, o afectar que se ignora…”[2]. Por tanto, la decisión de la Iglesia Presbiteriana de México de desconocer a las mujeres en ella ordenadas equivale, en definitiva, a desordenarlas.

Pero, como he dicho, esta estrategia no es monopolio de ninguna iglesia. La jerarquía eclesiástica católica, en general, también desconoce a las mujeres y nuestro lugar en la asamblea de creyentes, y lo hace en todas las acepciones del verbo, incluida la de “reconocer la notable mudanza que se halla en alguien o en algo”, en este caso en nosotras, mudanza que parece considerar una desgracia, cuando no directamente un pecado… Pecado, sin embargo, es colaborar en nuestra propia opresión. Por eso, desordenadas y desconocidas, es decir, al margen de lo establecido e irreconocibles, las mujeres haremos lo que sea necesario para no pecar. Lo que sea necesario.

[1] Mientras escribo este texto, el programa, titulado “La mujer en las iglesias”, se puede ver en el siguiente enlace, aunque ignoro si es permanente o si, tarde o temprano, el vídeo de la entrevista de la que hablo será sustituido por otro: http://oncetv-ipn.net/sacroyprofano/programas.html

[2] http://lema.rae.es/drae/?val=desconocer

 

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Desordenadas by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Desordenadas”

  1. Como hombre considero que la mujer ya en estos tiempos no debe de esperar la validación de un hombre para nada, y mucho menos para ejercer su profesión como Teóloga!

    Así que dejemos de lado esas mentes cerradas de los hombres dirigentes de las iglesias y sigan adelante que el ministerio!!!

    Y en hora buena por la ordenación,,, y si las des-ordenaron también! al cabo solo son ideas y conceptos de hombres… que para el caso valen sorbete!

    Dios les bendiga siempre!

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