Tranquila, mamá

El problema para mí no es lo que se piensa de las mujeres, sino lo que nosotras hemos aceptado pensar de nosotras mismas.

Viviana Sansón

 

Tengo una sobrina, Nahia, de apenas dos años y medio. Es una niña muy independiente, de las que prefiere hacer a que le hagan. Come sola, intenta vestirse y calzarse por su cuenta –y casi siempre lo consigue–, hace tiempo que no lleva pañal, se lava los dientes con mucho esmero, anda más lista que el aire para responder al teléfono con un “¡diga!” que quita el sentido, pasa sus buenos ratos fingiendo que lee en cuanto sabe de qué va un cuento, y todos los días repite incansablemente “yo, yo, yo…” para proclamar su derecho a hacer lo que sea sin ayuda, incluido andar por la calle sin agarrar la mano de nadie. Mi hermana y mi cuñado le permiten caminar “solita” a su lado, a condición de que vaya por la parte interior de las aceras, pegada a la pared de los edificios, y muy formal –y va formalísima, porque sabe que, si no, se juega la independencia callejera que tanto aprecia–, pero tiene que darles la mano para cruzar. Pues bien, hace un par de días, iban madre e hija al parque y llegaron a un semáforo en verde para los peatones. “Dame la mano”, le dijo mi hermana a la niña, pero Nahia, como si fuera lo más normal del mundo, le contestó: “Tranquila, mamá, que ya me llevo yo”. Y se agarró el borde de la falda con la mano que le negó a su madre y, bajo la mirada atenta y atónita de mi hermana, cruzó la calle y se llevó a sí misma hasta el parque, donde se soltó el vestido y se puso a correr y a brincar.

Imagino que la misma sensación de desconcierto produjo en el pasado ver a las primeras mujeres que decidieron soltarse de la mano y llevarse ellas mismas a todos los ámbitos físicos, socio-económicos, culturales y espirituales que tradicionalmente habían transitado los varones en exclusiva. En un mundo en el que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres hemos sido pensadas como inferiores, inmaduras emocionalmente, subjetivas y faltas de racionalidad, es decir, como eternas menores de edad y, por tanto, necesitadas de la guía, la protección, el apoyo y la supervisión constante de los hombres del entorno (padres, esposos, hermanos, clérigos…), siempre ha causado estupefacción que esas niñas, de una en una o en grupo, demuestren que en realidad son adultas y se independicen de quienes les tutelan sin más mérito que el de haber nacido varones.

Aunque, la verdad, quienes se han beneficiado y se benefician del patriarcado no se quedan precisamente estupefactos ante la emancipación de las mujeres y sus luchas por la igualdad, ante el feminismo teórico y práctico. Tras el pasmo inicial, que puede producir una cierta paralización[1], suelen sucederse reacciones que en general no pecan de torpeza y cuyo objetivo es impedir que dicha emancipación se lleve a término. Lo más habitual es ridiculizar o demonizar las reivindicaciones feministas y los argumentos en que se apoyan y desacreditar personal, moral e intelectualmente a las mujeres que trabajan para conseguirlas. Y es verdad que cuando finalmente hemos logrado “alcanzar” aquello que los varones disfrutaban de manera exclusiva y privilegiada, el tiempo ha acabado normalizando lo que parecía inaudito –a nadie sorprende ya, por ejemplo, ver a las mujeres en la universidad o en el interior de una mina o con el pelo corto y pantalones–, pero también lo es que el sexismo que ha atravesado la historia de la humanidad como una constante sigue presente y que las mujeres, antes y ahora, vamos siempre un paso por detrás y hemos de continuar reivindicando nuestra condición de seres humanos plenos y adultos y nuestro derecho a rechazar las todavía muchas manos que intentan llevarnos por donde podríamos transitar sin tutela o, lo que es peor, por donde no queremos hacerlo. Manos que lo intentan y que a veces lo consiguen. Manos que no serian tan poderosas si todas las mujeres rechazáramos lo que el patriarcado y quienes lo sostienen piensan de nosotras y dijéramos, como lo más normal del mundo: “Tranquilos, que ya nos llevamos nosotras”.

 

 

[1] Estupefacto viene del latín stupefactus, que es el participio del verbo stupefacio (“aturdir, paralizar”), formado por el verbo facio (“hacer”) y una raíz que también está, entre otras palabras, en stupidus (“aturdido, pasmado, necio, tonto, inmóvil”) y en stupor (“torpeza, estupidez”), que es español dieron estúpido y estupor, respectivamente.

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Tranquila, mamá by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Tranquila, mamá”

  1. ¡Magnífico el artículo, Mª José! Y, como sabes, soy fan total de Nahia. esta niña va a enseñarnos muchas cosas más. Besos

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