Distancia de seguridad

La verdad es que reconocernos humanos es saber que siempre habrá luchas y retos, pero bueno, avanzamos. Un pie delante del otro.

Viviana Sansón

El domingo pasado se acabaron mis vacaciones veraniegas y esta semana he ido retomando una a una las rutinas y tareas de la vida cotidiana. Hoy le ha tocado al blog, al que no he dado de comer desde hace casi un mes, sinceramente, por la muchísima pereza que me ha dado abrir el ordenador y ponerme a teclear sobre cualquier tema que se me ocurriera, fuera serio o liviano. He intentado mantenerme lejos de la televisión y de los periódicos y apenas he abierto el correo electrónico, en cuya bandeja de entrada se acumularon, sin abrir, bastantes mensajes. Confieso, pues, que he cedido abiertamente a la tentación de vivir en una especie de paréntesis y de dejarlo todo para la vuelta. En realidad, casi todo, porque hay realidades que no merecen que se establezca con ellas una fría distancia de seguridad.

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación internacionales han prestado mucha atención a la epidemia de ébola que se propaga sin control por Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. El brote se inició seguramente el año pasado, aunque no se supo que era ébola hasta febrero de este 2014. Desde entonces, se han registrado casi dos mil quinientos casos y más de mil trescientas muertes –aunque el número puede ser mayor– y ha habido algunas noticias, escasas, sobre el tema, que sin duda se ha visto como algo muy lejano, ya que lo que sucede en África y a las/os africanas/os suele importar muy poco en Occidente. Solo cuando el virus ha afectado a algunas personas de nuestro Primer Mundo, solo cuando se ha vislumbrado la posibilidad real de que el ébola emigre del continente africano a los seguros países desarrollados, se ha despertado el interés de estos por una enfermedad que, por cierto, ningún medicamento actual es capaz de curar. Y digo interés por la enfermedad y no por las/os enfermas/os, porque da la impresión de que los esfuerzos van más dirigidos a realizar ensayos clínicos con fármacos experimentales que a frenar la epidemia in situ, atendiendo a las personas enfermas de ébola en los países afectados y destinando los recursos humanos y técnicos necesarios para evitar la propagación del virus sin deshumanizar a las/os contagiadas/os, es decir, sin verlos solamente como una amenaza, casi como un arma biológica…

Entiendo que hay circunstancias que hacen que lo lejano se acerque, que lo que parecía algo completamente ajeno se perciba como cercano. Cuando leí el texto de la campaña de firmas iniciada en Change.org para socilitar al Ministerio de Asuntos Exteriores español la repatriación de trabajadores sanitarios que habían tenido contacto con enfermos de ébola y que estaban aislados en un hospital de Liberia, me sobresalté porque entre ese personal sanitario había religiosas Misioneras de la Inmaculada Concepción (MIC), en cuyo colegio de Zaragoza me eduqué. De hecho, allí conocí, a comienzos de los 70, a la hermana Juliana Bonoha Bohé, quien finalmente fue trasladada a Madrid junto con el padre Miguel Pajares, fallecido pocos días después. No he visto a Juliana desde que terminé la EGB y no conozco a las demás religiosas MIC que, enfermas de ébola, no pudieron salir de Liberia por no tener pasaporte español[1]. Mi conexión con el caso es, por tanto, mínima, pero suficiente para hacer que me sienta más concernida… Entiendo, por tanto, que notar la cercanía de una enfermedad altamente mortal, sentirla a las puertas de casa, despierte mucha preocupación. Lo que no me parece justificable es que saberla en casa ajena no provoque ninguna o, en todo caso, alivio, por la seguridad que da la distancia, y desapego, porque nada tiene que ver con nosotras/os.

Lo mismo pasa con otras tantas realidades ­–conflictos bélicos, terrorismo, pobreza, violencia machista, trata de personas, tortura… y otras violaciones de los derechos humanos­– de las que tenemos conocimiento, pero que no nos afectan, es decir, no tocan nuestros afectos, porque las personas que las sufren están real o metafóricamente lejos y no las consideramos parte del nosotras/os en el que nos sentimos integradas/os. Pero lo son, porque por encima y por debajo de lo que nos diferencia y nos separa está la humanidad que compartimos y que impide que ningún ser humano sea excluido de esa primera persona del plural. Aunque sea africano. Aunque esté enfermo de ébola.

 

[1] Chantal Pascaline Mutwameme falleció en Liberia poco después de la repatriación de Juliana; Paciencia Melgar ha logrado vencer al virus, aunque aún le espera un largo periodo de cuarentena, y los síntomas de Helena Wolo van remitiendo, por lo que se confía en que supere la enfermedad. Más información en:

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-equipos-y-comunidades–agosto-21.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-buena-noticia.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/00099-resea-de-chantal.pdf

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Distancia de seguridad by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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