Un Dios revenido

 

Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo lo que una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

De Alicia a través del espejo[1]

Hace mucho tiempo que vivo en Asturias, una tierra bellísima con un paisaje que enamora tanto a quienes lo ven por primera vez, como a quienes podemos contemplarlo a diario. Después de tantos años aquí, aún me maravilla la bravura del Cantábrico, el azul grisáceo de sus aguas, los acantilados, el tamaño y el perfil de las montañas, los recónditos valles y, sobre todo, la increíble cantidad y variedad de verdes que colorean los prados y las laderas de los montes… Verdes embriagadores solamente posibles con muchos días al año de cielos encapotados y de lluvia mansa y copiosa, es decir, con un ambiente húmedo, muy húmedo. Tanto que, en los lugares sombríos y cerrados, por ejemplo, el pan que no se consume en el día corre más riesgo de enmohecerse que de secarse. Resulta fácil imaginar, por tanto, a qué saben las formas custodiadas en los sagrarios de las iglesias asturianas cuando pasa un poco de tiempo. Aunque a mí no me hace falta imaginarlo, porque lo sé por experiencia.

De esto hablaba un día con un par de amigas y, para tomarles el pelo, porque son dos asturianas que presumen a tiempo completo de las excelencias de su tierra, se me ocurrió decirles que más allá de los Picos de Europa, donde el clima es mucho más seco, Dios está más crujiente que aquí. Entonces una se quedó muy seria y susurró medio para sí, medio para las demás: “La verdad es que a veces parece un Dios revenido”. ¡Qué imagen!, pensé casi en voz alta: un Dios revenido, sin frescura, mohoso, caducado… como el que tantas veces nos transmiten las palabras también sin frescura, mohosas y caducadas que se utilizan en algunos ámbitos eclesiales y teológicos, palabras que, si alguna vez fueron crujientes y capaces de comunicar una imagen de Dios contemporánea, hace mucho que dejaron de serlo… Pero no le di más vueltas, hasta ayer.

Hojeando un libro de artículos de Ivone Gebara[2], leí: “Hay teologías monótonas, repetitivas, distantes, con gusto a cosa siempre recalentada. Hay predicaciones que se inspiran en estas teologías que tienen la misma estructura y el mismo sabor insípido”. Inmediatamente, me vino la imagen del Dios revenido y su sabor a moho. “Muchas veces me pregunto cómo nuestro pueblo aguanta las predicaciones religiosas repetitivas, moralizantes y alienantes. Predicaciones que ya sabemos cómo van a terminar desde las primeras palabras del predicador”, seguía el texto, y pensé en las muchas homilías insoportables que he soportado a lo largo de mi vida.

Gebara piensa que la mayor parte de la gente no acude a la iglesia para oír a los predicadores, sino que está habitada “por otras teologías sin espacio ni expresión en los cines oficiales de las iglesias”, teologías con las que intentan dar respuesta a sus necesidades de manera diferente. Y creo que tiene razón. Conocí a una monja sabia, muy sabia, que apagaba el audífono cuando el sermón no le interesaba y lo encendía cuando veía que las/os demás se levantaban para rezar el Credo. Desconectaba como lo hace la muchísima gente que se distrae o se ausenta mentalmente durante tantos sermones de las misas. A Dios gracias, porque la comida caducada suele sentar muy mal.

Por tanto, hay quienes toleran las palabras recalentadas, porque en realidad no las oyen. Pero están también quienes las escuchan y se mal alimentan o se intoxican con ellas. ¿Por qué? No lo sé. Seguramente hay otros motivos, pero pienso también en lo cómodo que nos resulta a todas/os ceder a la costumbre, aferrarse a posiciones que parecen seguras y no arriesgarse a dar un paso, delegar la humanísima capacidad de pensar para librarse de la responsabilidad de decidir, asirse a lo conocido, aunque ya no vivifique, y cerrarse, por miedo, a lo sin conocer, defender la tradición literalmente y no ensayar las necesarias adaptaciones, abrazarse a una espiritualidad desencarnada y desubicada, alejada de las historias humanas concretas y cotidianas, tragar lo caducado, en vez de denunciar su caducidad y a quienes lo ofrecen como alimento…

Al final, la cuestión es decidir a qué fuentes acudimos para saciarnos y si nos conformamos con un Dios revenido y mohoso, o buscamos al Dios vivo. Yo lo tengo claro.

[1] De Lewis Carrol.

[2] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002.

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Un Dios revenido by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Un Dios revenido”

  1. Me has recordado a mi padre, un hombre de casi 83 años que prácticamente ha perdido la audición. Desde hace unos 15 años empezó a ir diario a misa (antes solo lo hacía los domingos). Lleva su misal, no escucha nada de la homilía, pero regresa feliz después de cada celebración eucarística. Ah, y este año le ha dado por no comprar el misal nuevo y usar los del año pasado. Ya le he dicho que cambian las lecturas, pero no, el no piensa usar el misal nuevo.Así que lee lo que quiere, lo piensa como él puede, comulga, y vuelve feliz a cenar cada tarde a casa. Sus reflexiones no deben ser tan malas, y su misa debe ser muy enriquecedora porque vive su vida con alegría, con paz, con agradecimiento. Quzás sean las mejores misas de toda su vida. Bendito sea Dios.

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