¿A quién le duelen?

Como tantas otras personas, quiero descubrir medios más eficaces y diferentes para erradicar la miseria, la violencia y la destrucción que están dando cuenta de nosotros. Ellas son el poder que nos oprime.

Ivone Gebara

La periodista y abogada Caddy Adzuba (Bukavu, República Democrática del Congo, 1981) recibió el pasado viernes, 24 de octubre, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014. Licenciada en Derecho en la Université Officielle de Bukavu, Adzuba es una activista por los derechos humanos, sobre todo en zonas de guerra declarada o latente, y lleva mucho tiempo denunciando las torturas y violaciones que sufren las mujeres y las niñas de su país, en guerra desde 1996, y promoviendo su reinserción en una sociedad en la que son repudiadas, precisamente, por haber sido violadas. El jurado que le concedió el premio a primeros de septiembre vio en ella un “símbolo de la lucha pacífica contra la violencia que afecta a las mujeres, la pobreza y la discriminación, a través de una labor arriesgada y generosa”[1]. Generosidad y riesgo, sí, porque su activismo no le ha salido gratis. Se levanta cada mañana temiendo por su vida, ya que está amenazada de muerte y han intentado asesinarla, al menos, dos veces.

En la ceremonia de entrega de los galardones, Caddy Adzuba hizo lo que mejor sabe hacer: transformar toda ocasión –en este caso su premio y los minutos de micrófono que le concedieron[2]– en un “altavoz para la defensa de la causa de las mujeres violadas en el mundo en general, y en particular” en su país. Desde el comienzo de su discurso, desvió la atención de sí misma y la dirigió a “las miles de mujeres congoleñas, víctimas de la guerra y de la violencia sexual y despojadas de todo honor desde que sus cuerpos fueron transformados en campos de batalla”, mujeres a las que sus palabras quisieron dar voz.

Adzuba denunció el olvido al que se ha relegado, intencionadamente, un conflicto en el que han muerto más de seis millones de personas y han sido violadas más de quinientas mil mujeres, y cuyos actores directos e indirectos se conocen, un conflicto sobre el que reina la amnesia y la impunidad porque están en juego los intereses de grandes empresas multinacionales, a las que la guerra les resulta muy conveniente para hacerse con las riquezas del subsuelo congoleño, utilizadas por las distintas facciones como fuente de financiación. Denunció también la premeditación que en este mercado alimentado con sangre tienen los actos de violencia sexual contra las mujeres y las niñas, pues no son acciones aisladas, achacables a soldados desaprensivos, sino que, parte de la estrategia de guerra, son una “masacre organizada y planificada” para ahogar la economía, destruir el tejido social e impedir a las/os congoleñas/os un futuro de progreso. Y al reclamar la atención internacional sobre el problema, al preguntarse hasta cuándo han de seguir sufriendo las mujeres y las niñas congoleñas la violencia sexual, denunció la indiferencia y el silencio existentes.

Yo me pregunto a quién y cuánto le duelen estas mujeres… El horror que dibuja Adzuba con sus palabras provoca escalofríos y encoje el estómago. Pero esa reacción del cuerpo ante los sufrimientos ajenos no sirve para nada si no nos hace clamar por la justicia y nos empuja a actuar con firmeza y constancia para erradicar las causas de tales sufrimientos e injusticias, si no nos obliga a desterrar la sensación de impotencia –¿qué podríamos hacer nosotras/os ante algo así?– que acaba justificando la apatía y la mudez cómplices.

 “Las mujeres congoleñas, heridas en cuerpo y alma, reclaman justicia y reparación; que se persiga tanto a los autores indirectos y ocultos en la sombra, como a los autores materiales. Es justo y necesario que todos aquellos que financian y alimentan este horror por razones económicas respondan de sus actos”, dijo Caddy Adzuba, y pidió para ello la creación de un Tribunal Penal Internacional (TPI) para la República Democrática del Congo, con el fin de que “los crímenes cometidos contra las mujeres congoleñas en estos últimos 18 años no queden impunes”.

He leído estos días que el Gobierno de España llevará a la ONU dicha petición[3]. Quiero pensar que eso significa que nos duelen las mujeres violadas, que nos comprometemos con su causa y que asumiremos las consecuencias de dicho compromiso. Un compromiso que, por mucha generosidad que nos exija, en ningún caso hará que nos levantemos cada mañana temiendo por nuestras vidas.

 

[1] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=acta&especifica=0

[2] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=discurso&especifica=0

[3] http://www.20minutos.es/noticia/2281000/0/gobierno-llevara-onu-peticion-caddy-adzuba-crear-tribunal-penal-internacional-para-congo/

 

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¿A quién le duelen? by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “¿A quién le duelen?”

  1. Gracias, María José, por extender la voz de Caddy Azduba, cuyo discurso escuché entre emocionada y rabiosa. Esperaba que esta buena noticia de llevar la petición a la ONU por parte de España, fuera anunciada en el discurso del rey, pero en este sentido me decepcionó mucho. Me indignó que lo uniera al Ébola, desviando la atención de los problemas terribles de las mujeres a otros problemas, aunque también son las más afectadas. Es habitual este desvío de la atención cuando se trata de problemas de mujeres, pero era una ocasión magnífica la de los Premios para haber hecho una llamada de atención pública. Una ocasión perdida.

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