Palabra encarnada

 

Sin la escucha, el decir se parece al silencio.

Mabel Moraña

 

Hoy me he despedido de mis compañeras y compañeros de la biblioteca porque mañana me voy a pasar la Navidad con la familia, así que no volveré al trabajo hasta el comienzo del nuevo año. Por supuesto, nos hemos felicitado mutuamente las fiestas y, de camino a casa, iba dándole vueltas a algo que llevo varios días preguntándome: qué entiende, que entendemos cada una/o cuando decimos o escuchamos “feliz Navidad”, en el caso, por supuesto, de que no se trate de una simple fórmula de cortesía, casi obligada en estas fechas. Las felicitaciones intercambiadas hoy en el trabajo equivalían a cosas como “buen viaje, que disfrutes de estar con las/os tuyas/os, que descanses, que lo pases bien”, en realidad, lo mismo que nos deseamos cuando nos despedimos en vísperas de cualquier otro periodo vacacional, solo que en Navidad los buenos deseos, grandes y pequeños, se expresan como felicitación.

Normalmente, al sencillo “¡Feliz Navidad!” se le añaden palabras que desarrollan el alcance y la perspectiva de las felicitaciones, que cada vez más son felicitaciones “laicas”, como lo van siendo las propias navidades. Por eso, volviendo a la pregunta inicial, creo que, para la mayoría de la gente, son experiencias “laicas” las que hacen que una Navidad sea feliz: haber encontrado un trabajo hace poco o no perder el que se tiene, recibir el alta hospitalaria y pasar las fiestas en casa, aprobar todas las asignaturas, encontrarse con los seres queridos después de un tiempo de separación, a veces muy largo, tener con quien compartir mesa y afectos, saber que hay comida en la nevera y juguetes guardados en el armario para las/os niñas/os, llegar al destino de un viaje sin contratiempos, no llorar una pérdida reciente, poder seguir pagando la hipoteca y, por tanto, conservar la casa, no temer ser víctimas de violencia ni dentro ni fuera de casa, no pasar hambre o frío o miedo, no sufrir discriminación por cualquier causa…

Por otro lado, la ausencia de estas y otras pequeñas y grandes “felicidades” es causa de infelicidad. Infelicidad “laica” que mucha gente sufre en forma de pobreza, de explotación laboral, de abandono, de desempleo, de soledad, de violencia machista, de abusos sexuales, de desprecio… Infelicidad que habita más “abajo” y al otro lado de la línea de la seguridad, de la estabilidad, de la vida vivible…

La cuestión es si esto que llamo felicidad –o infelicidad– “laica” tiene algo que ver con la festividad cristiana de la Navidad, con la celebración de eso que llamamos Misterio de la Encarnación. Y sinceramente creo que sí, que tiene mucho que ver, que tiene todo que ver, porque la Palabra se hizo carne. Y la carne siente hambre y sed y frío y calor y placer y afecto y dolor y alegría y…

Hace años que no compro postales de Navidad, porque felicito estas fiestas por correo electrónico. Suelo adjuntar un archivo, a modo de tarjeta navideña, con una imagen y una frase, normalmente bíblica. Cuando pensé en la felicitación de este año, hubo un texto que me “gritó” por encima de otros: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]… No puedo leerlo o escucharlo sin que se me acelere el corazón, sin sentir casi físicamente la liberación que estas palabras cuentan, por un lado, y profetizan, por otro. Sin embargo, al final, me quedé con unas pocas palabras de un himno de Navidad: “En medio del silencio, el Verbo se encarnó”.

¿Por qué? No lo sé. Quizá porque nunca había pensado en la encarnación como un modo de pronunciarse el pensamiento, en la acción como una forma de lenguaje, es decir, de comunicación, en la creación como la finalidad de la palabra, de cualquier palabra –no solo la que se escribe con mayúscula–, en la existencia “carnal” –la mía, la de todas/os, la de todo– como decir divino… y humano.

Un decir que invalida toda palabra des-encarnada. Un decir que solo se escucha abriendo las prisiones injustas, dejando libres a las/os oprimidas/os, rompiendo todos los cepos, partiendo el pan con las/os hambrientos, hospedando a quienes no tienen techo, vistiendo a las/os desnudas/os… En fin, no cerrándonos a nuestra propia carne[2].

Feliz Navidad.

 

[1] Is 9,1-5

[2] Cf. Is 58, 6-7.

 

Licencia de Creative Commons
Palabra encarnada by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Palabra encarnada”

  1. En ese contexto en el que sitúas ese precioso post navideño te deseo feliz navidad. Las pongo en mínúsculas y sin destacar porque ya de por sí la expresión destaca bastante. Coloco la expresión en ese contexto encarnado y encarnatorio de tu texto. Y deseo cordialmente que te alcance.

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