Prejuicios

 Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo.

María Antonia Ortega

 

Acabamos de estrenar calendario y puede parecer que todo –o algo– vuelve a empezar otra vez, pero se trata de una ilusión, porque este enero no es el que estrenamos hace un año, o dos, o veinte. Este año que llamamos 2015 no solo está nuevo, como el calendario que lo representa, sino que es nuevo, como lo es todo tiempo inédito, como nuevo es el futuro. Nuevo y abierto a las sorpresas.

El tiempo navideño sabe mucho de ellas –de sorpresas, quiero decir– y no me refiero solo a las que pueden suponer los regalos, grandes o pequeños, que nos traen los Reyes Magos. Hay sorpresas mayores, de esas que afortunadamente no tienen precio, y no porque se salgan del presupuesto, sino porque no se venden. Pero se dan. Y tampoco me refiero solo a esas sorpresas que todos y todas sabemos darnos mutuamente liberando nuestros buenos afectos, facilitando presencias inesperadas, aunque largamente añoradas, desplegando detalles y gestos aparentemente minúsculos, pero capaces de llenar de alegría, haciendo posibles tiempos y espacios de humanidad. No, esta tarde pienso en otras sorpresas…

El 6 de enero las iglesias cristianas celebran la Epifanía del Señor[1] para conmemorar que Dios se manifestó –se reveló, se dijo, se abrió, se expresó…– en Jesucristo a los pueblos gentiles, o sea, a los que no pertenecían a las tribus de Israel y, por tanto, no formaban parte del pueblo de Dios. La historia con la que se simboliza esta manifestación es la de los sabios de Oriente en pos de una estrella que les guía hasta el recién nacido Jesús, a quien ofrecen sus dones.

En ningún lugar se menciona el asombro que presumiblemente produjo en estos “magos” ver el lugar donde se alojaba el “rey” cuyo nacimiento les había sido revelado por los astros. ¿O es que no se sorprendieron, y por eso no se dice nada? En realidad, solo puede extrañarse de algo quien tiene una idea preconcebida de ello, quien alberga expectativas que luego no se cumplen, quien mira la realidad esperando que esta se acomode a sus ideas, y no al revés. No lo había pensado nunca, pero quizá los sabios de Oriente, a diferencia de Herodes, que se sobresaltó –y dice el evangelio que, con él, todo Jerusalén–, no tenían prejuicios y aceptaron sin estupor la “realeza” de aquel niño ajeno a toda pompa…

La verdad es que llevo varios días preguntándome por qué produce tanta admiración que Dios se haya hecho ser humano, por qué la encarnación se ha interpretado como abajamiento, por qué resulta tan raro que la Divinidad se muestre frágil. Y solo se me ocurre una respuesta: prejuicios. Prejuicios sobre Dios, prejuicios de grandeza, de sacralidad, de fuerza, de distancia insalvable, de extrañeza, de poder, incluso de violencia. Prejuicios que generan, asimismo, expectativas de privilegios, de elección, de superioridad. Prejuicios que no dejan que la realidad cotidiana sea epifánica, es decir, expresión, manifestación, revelación de ese Misterio que llamamos Dios, de ese Misterio que la atraviesa y sustenta. Prejuicios que nos impiden descubrir que Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo. Prejuicios que tienen consecuencias, porque dibujan imágenes falsas de la Divinidad, ídolos con los que se justifican tantas discriminaciones, exclusiones, injusticias, esclavitudes, violencias…

Algunos prejuicios sobre Dios son aprendidos; otros, consecuencia de la inercia, de no pararse a pensar, de ahogar preguntas que pugnan por salir; otros se instalan como garantes de privilegios que consideramos derechos irrenunciables o que no queremos perder; otros, sencillamente, son fruto de nuestras limitaciones. Todos ellos nos ciegan y nos ensordecen.

Dios sorprendió en Jesús a quienes esperaban, sin saberlo, un ídolo. Deseo que este año que comienza esté lleno de sorpresas que desmonten nuestros prejuicios –todos nuestros prejuicios– y nos ayuden reconocer la Luz y la Palabra en lo cotidiano. En lo profundo.

 

[1] La palabra epifanía procede del griego epiphaneia, que se traduce “aparición, manifestación” y está emparentada con el verbo epiphaino, que significa “mostrarse”, o sea, expresarse, decirse, exponerse, descubrirse, revelarse, abrirse, manifestarse… Ambos términos contienen la raíz de phanón, que significa “luz”, por lo que se podría decir que epifanía tiene que ver con salir a la luz y hacerse visible, real o metafóricamente.

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Prejuicios by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Prejuicios”

  1. Gracias. Me ayuda tu texto.

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