Palabras viejas y nuevas

Hay que devolver el prestigio al viejo vocablo, que ha sido manchado con todas las sombras de oscuras aspiraciones, y fijar para siempre que hacer política no es estar en este u otro partido laborando por el bien personal, sino esforzarse con lo mejor de uno mismo para el bien común.

María Zambrano

 

Más allá de los cristales de la ventana el día ya se ha apagado, hace frío y nieva débil e intermitentemente. Yo, con el pijama ya puesto, me acuerdo de mi padre y releo con sosiego unos breves artículos que escribió María Zambrano entre junio y noviembre de 1928 en el diario El Liberal, concretamente en una columna titulada “Mujeres”. Hace unos días que les estoy dando vueltas y, cuanto más los leo, más me sorprende la actualidad de su contenido, sobre todo teniendo en cuenta que la autora quería hacer pasar por aquellas breves columnas “en lenta procesión, sin empaque, todas nuestras preocupaciones, nuestros problemas, que están ahí ante nosotros”, es decir, problemas contemporáneos y concretos que ni debía ni podía eludir, porque “ello implicaría la renuncia a vivir nuestra parte de vida, que nadie ciertamente podría vivir por nosotros”.

Cuando fueron escritos estos artículos, España vivía bajo la dictadura de Primo de Rivera, y Europa se recuperaba todavía de la Gran Guerra, y aunque todavía no habían florecido los totalitarismos que más tarde sufrieron tantos millones de personas, se estaban gestando, tan firme como insidiosamente, las condiciones que los hicieron posibles. María Zambrano notaba la oscuridad de su época, que percibía como una “hora crítica mundial para la dignidad del hombre –de lo humano del hombre– que siente rebajados sus derechos”, una hora que genera preguntas y exige respuestas.

Zambrano se pregunta qué es la libertad, pero no metafísicamente, sino en relación con la vida social, porque entiende que el saber ha de interesarse por la vida, que amor y conocimiento han de ir unidos y orientarse a mejorar las cosas, es decir, a la labor política, para la cual la libertad es no solo condición previa y necesaria, porque es un postulado de la civitas, sino también objetivo. “Vivimos momentos de inquietud mundial, de renovación; una viejas maneras sociales, políticas y económicas, van a ser sustituidas por otras”, escribía María Zambrano en julio de 1928, mientras alertaba de la necesidad de “mantener y defender en todo momento esa dignidad, esa libertad”, porque es la que hace posible la cultura. Para ello, la conciencia de las masas tenía que enfrentarse con los grandes problemas: “Uno de ellos, urgentísimo, es el económico; pero, resuelto, quedaría en pie otro esencial: el de la cultura”, pues las democracias evitan convertirse en dictaduras si salvan los bienes de la cultura y de la ciencia, “poniéndose al servicio del espíritu, en vez de señorearlo”, como afirmaba Max Scheler.

María Zambrano, que tenía 24 años cuando escribió estos textos, sentía una gran inquietud política, al igual que su generación, en la que confiaba plenamente. No obstante, no militó en ningún partido. La fidelidad le impedía afiliarse a algo con lo que no podía comulgar plenamente, porque hacerlo le hubiera puesto en el dilema de traicionar o traicionarse. Pero no tener carnet de un partido no impide hacer política, abordar los problemas y contribuir a clarificar la conciencia colectiva que va naciendo frente a ellos.

No creo necesario explicar por qué las palabras de Zambrano me parecen tan actuales, ni cómo siendo viejas parecen nuevas. Por un lado, me produce un cierto desánimo ver que casi noventa años después, seguimos en una hora crítica mundial en que la dignidad de los seres humanos se ve más que amenazada, en que los derechos humanos están a la baja, en que urge solucionar los problemas económicos, pero no a costa de la ciencia y la cultura, en que reina la inquietud porque no sabemos de qué forma van a ser renovadas las viejas formas sociales, políticas y económicas… Pero también me da esperanza la convicción de que, como expresa María Zambrano, “cada uno y su generación tiene su gesto y su palabra, que quedaría silenciosa para siempre si él no la dijera”. Y, como ella, creo que esta responsabilidad de decir y de decirse, “comunica a nuestra vida un sentido y una dirección”. En otras palabras, hace nuestra especificidad imprescindible en la construcción del saber y del hacer común. Nos hace a todas/os capaces de acción política, desde cualquier situación y en cualquier ámbito.

Confío en que este tiempo de crisis lo sea también de palabras, de palabras de todas/os, de palabras que suman, de palabras nuevas, contemporáneas, comprometidas.

 

 

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Palabras viejas y nuevas by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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