Lo intolerable

Es, por tanto, una tarea urgente para todos nosotros aceptar las provocaciones del sufrimiento a fin de establecer nuevas relaciones humanas.

Ivone Gebara

 

El otro día, en mi grupo de reflexión teológica feminista estuvimos trabajando un artículo de Ivone Gebara titulado “Las contradicciones de la vida y otros enigmas”[1], cuya lectura recomiendo[2] porque creo que aborda una cuestión sobre la que merece la pena reflexionar.

Las contradicciones no tienen buena fama. Normalmente, se asocian a la imperfección, producen inseguridad, avergüenzan…, pero no se puede vivir sin ellas. En un mundo perfecto –pensamos– no habría lugar para las contradicciones, las incoherencias o los enigmas. Ahora bien, si lo perfecto es lo acabado –y ese parece ser el significado etimológico de perfecto–, la vida perfecta sería la concluida, o sea, la muerte, lo cual suena realmente muy contradictorio… Da la impresión, pues, de que mientras la vida sigue siéndolo, no es posible una realidad sin enigmas, sin paradojas, sin contradicciones, sin inseguridades, sin crisis, sin incoherencias, sin cambios… Es decir, sin evolución.

Identificar las contradicciones en todos los niveles en los que se producen parece, por tanto, una forma de ahondar en el misterio de la vida, de vivir con lucidez y profundidad, de no quedarse en la piel de la realidad. Y reconocerlas, evitar la tentación de negarlas o de maquillarlas y asumirlas como lo que son –condición inherente a la vida– nos humaniza y nos ayuda a evitar caer “en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes”, como sugiere Ivone Gebara. Según esta perspectiva, las contradicciones pueden convertirse en algo vivificante, en cuanto que revelan las grietas de las estructuras y sistemas que nos sustentan, material y espiritualmente, y son capaces de poner en marcha procesos creativos destinados, entre otras cosas, a superarlas.

Ahora bien, no todas las contradicciones son iguales. Están las mías y las ajenas, que suelen merecer un juicio muy distinto. Hay contradicciones individuales y sociales, teóricas y prácticas, graves y leves… con consecuencias muy diversas, pues algunas son soportables y otras no se pueden tolerar. Hay contradicciones realmente insufribles, que deberían ser imposibles, pero que están ahí, delante de nuestras narices: países llenos de recursos cuya población vive mayoritariamente en la pobreza, organismos que luchan por los derechos humanos pero se olvidan de las mujeres, misiones de paz que generan más guerras, democracias en las que priman los intereses de los mercados sobre los de sus ciudadanas/os, hombres que maltratan y matan a las mujeres que dicen amar, personas que abusan de quienes deberían proteger, medios de comunicación que omiten información o que convierten las noticias en mercancía, leyes que favorecen a las minorías privilegiadas, sociedades que se llaman justas y miran con indiferencia la injusticia que les rodea y la que generan, religiones que, lejos de re-ligar[3], dividen a los seres humanos y hasta los deshumanizan…

Si cuando las contradicciones llegan al nivel de lo insoportable no se eliminan, acaban anestesiando las conciencias, dejan de percibirse como contradicciones y, sobre todo, hacen tolerable lo que no debería serlo de ninguna manera y bajo ningún concepto. Ayer leí, con retraso, una noticia de Europa Press en la que se informaba de que en Mosul (Irak) el “Estado Islámico ha cortado las manos de tres mujeres por cargos desconocidos”, aunque se supone que ha sido por usar teléfonos móviles, ya que en el mismo acto los milicianos yihadistas han latigado a cinco hombres por esa acusación. De verdad, no me siento capaz de comentar algo así.

¿Cómo se elimina lo intolerable? No lo sé. No hay soluciones sencillas para problemas complejos, pero estoy segura de que, si en el centro de nuestra preocupación estuviese el sufrimiento de las personas que soportan lo insoportable, y no otro montón de intereses, no sería tan difícil encontrar estrategias, aunque no fueran perfectas, aunque albergaran también en sí mismas algunas contradicciones.

 

 

[1] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002, pp. 34-42.

[2] Se puede leer el artículo en la web de Desveladas:

http://www.desveladas.org/b/pido/2014/02/08/las-contradicciones-de-la-vida-y-otros-enigmas/

[3] Una de las posibles etimologías de la palabra latina religio, de la que procede religión, la hace derivar del verbo religare, que significa “atar, ligar”.

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