Ojos que no lloran

Los ojos que no lloran se confunden

María Zambrano

 

Esta mañana he leído un artículo titulado “Crónica de una muerte corriente”, de Luz Sánchez-Mellado[1], que me ha emocionado. A pesar de las muchas complicaciones de todo tipo que me he encontrado hoy en el trabajo y que prácticamente han secuestrado toda mi atención, no he podido quitarme de la cabeza a Francisca Bonilla, “Paquita para los suyos”, cuya muerte relata la periodista, “una muerte corriente. Sin épica ni lírica. La historia de un deceso cualquiera. Uno entre los 390.419 fallecimientos registrados en España en 2013 –últimos datos del INE– de los que 184.624, un 47,2% se produjeron, como el de Francisca, en un hospital”. No sé explicar lo que he sentido al darme cuenta de que mi padre es una de esas 390.419 personas que, en 2013, murieron en nuestro país, una de las 184.624 que murieron en un hospital. Es como si los números, de pronto, fueran insuficientes, como si hiciera falta llenarlos de letras, mejor dicho, de nombres, para que contaran la verdad, toda la verdad, lo que significa morir, y hacerlo en un hospital.

No voy a describir cómo murió mi padre, después de 21 días de ingreso hospitalario, igual que Paquita. Era un hombre sociable, pero tímido en el fondo y celoso de su intimidad. Y no hay nada más íntimo que morirse. Pero sí quiero contar algo que el artículo de Luz Sánchez-Mellado ha desenterrado: la profunda tristeza y la impotente indignación de no haber contado en un momento tan difícil con personas compasivas. Estoy hablando concretamente de la médica que atendió a mi padre en la planta de neurología, la que tomaba las decisiones, la que tenía en sus manos el poder para quitarle el dolor, para aliviarle el desasosiego, para serenarle la respiración, y no lo hizo. Luz Sánchez-Mellado dice que “la calidad de vida de las últimas semanas, días, u horas de un enfermo terminal, dependerá no solo de sus circunstancias personales, sino las de su entorno asistencial”, entre otras cosas, “de la tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno”. En el caso de mi padre, dicha tolerancia fue prácticamente total. Y fue muy duro no poder o no saber hacer nada que la impidiera.

En el estado en que estaba mi padre no podíamos llevárnoslo a casa, así que morir en el hospital no fue una elección. Mi madre no se queja de la atención que la mayor parte del personal sanitario prestó a mi padre, pero se pregunta cada día por qué aquella médica se resistía incluso a darle paracetamol. Se pregunta también si podríamos haber hecho algo que no hicimos, y se culpa por no haberse enfrentado más y mejor a aquella mujer… Dice que un día irá al hospital y le dirá el daño que le ha causado su falta de compasión, para que no sea tan fría con el sufrimiento de otros pacientes terminales. Espero que lo haga y que hacerlo le dé paz.

Suele decirse que “ojos que no ven, corazón que no siente”, pero hay ojos que ven y tampoco sienten, ojos que no lloran, ojos fríos que, como espejos, devuelven el dolor ajeno sin que les hiera, que no dejan que les traspase lo que contemplan, miradas que rozan la realidad sin dejarse afectar por ella. Confieso que me asusta descubrir que esos ojos, a veces, también son los míos, que hay números a los que no pongo nombre ni rostro, que hay realidades que querría sentir lejos, mejor dicho, no sentir, para no sufrir, para no sentirme concernida ni responsable, para no hacerme preguntas incómodas, para no salir de la inercia…

Al leer el artículo de Luz Sánchez-Mellado me han saltado las lágrimas, y no solo porque me he acordado de mi padre. He pensado en quienes hoy sufren y mueren en todo el mundo sin épica ni lírica, que son la mayoría. Y me he dado cuenta, una vez más, de que la Historia, con mayúscula, es la tejida por todas las historias corrientes de personas corrientes. Y espero que no se me olvide, porque no quiero unos ojos secos, ni confundidos.

 

 

[1]En la edición digital de El País:

http://politica.elpais.com/politica/2015/03/14/actualidad/1426354871_204160.html

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Ojos que no lloran by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Ojos que no lloran”

  1. Un gran abrazo.

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