¿Invisibilidad o ceguera?

 

La superficialidad oscurece la presencia.

Trinidad León

En el n. 68 de la revista porExperiencia.com, hay un dibujo muy interesante que no soy capaz de enlazar aquí, por lo que habrá que conformarse con imaginarlo. Se trata de una chica vestida con camiseta roja y pantalón vaquero, que está sentada, tiene una pierna cruzada sobre la otra y apoya los codos en la rodilla, y el mentón en la palma de una mano, mientras con la otra sujeta el símbolo del feminismo –un círculo con una cruz en la parte inferior– a modo de pai pai. Los brazos y la cabeza no están perfectamente trazados, sino sugeridos con una línea de puntos, y en el pai pai se puede leer: “No soy yo la invisible; eres tú quien no me ve”. Según este dibujo, la invisibilidad no sería una característica del objeto observado, sino de quien mira, no estaría relacionada con la insignificancia o la falta de relevancia de aquello que no se ve, sino con la incapacidad o el desinterés de quien observa, por lo que no habría realidades invisibles, sino observadoras/es con problemas de vista. O de mirada.

Recuerdo que, siendo yo niña, cuando mi madre me mandaba buscar algo en un cajón o en un armario, nunca lo encontraba. Al final, venía ella y decía: “¿Pero no ves que está aquí?” Y como por arte de magia, aquello que pocos instantes antes era invisible a mis ojos, aparecía delante de mis narices. Entonces no entendía por qué no era capaz de encontrar lo que tan a la vista estaba, pero ahora sí. Solía buscar con desgana, pero además, si la realidad no coincidía con la idea preconcebida que me había hecho del objeto en cuestión, mala suerte para la realidad, porque me pasaba del todo inadvertida. La falta de motivación y los prejuicios, por tanto, son determinantes a la hora de mirar y ver.

Pienso también en aquellos dibujos, que en su día estuvieron tan de moda, en los que hay que buscar a un personaje llamado Wally entre un auténtico hormiguero de gente diminuta. La única forma de encontrarlo es conocer bien a Wally –saber que tiene un flequillo rubio, que lleva gafas redondas, una camiseta de rayas rojas y blancas, a juego con un gorro de borla, y unos pantalones azules– y analizar atenta y detalladamente cada centímetro del dibujo. Es decir, saber qué se busca y hacerlo con método, tesón y esmero.

Elizabeth A. Johnson[1] llama escotosis a la cerrazón de mente que pone freno a nuevos planteamientos, y escotoma a la ceguera resultante, términos ambos que derivan del término griego skótos, que significa, entre otras cosas, “tinieblas, oscuridad, ceguera”. La escotosis puede afectar a individuos aislados, pero también a comunidades humanas, en las que “se hace presente cuando el interés del grupo se sitúa por encima de la inteligencia”. O del corazón, añado yo. Según E. Johnson, “el único remedio es la conversión”.

¿Cómo se convierten los ojos? ¿Cómo se cura la ceguera? Lo cierto es que no lo sé, pero se me ocurren algunas reflexiones. Me parece imprescindible conocer las propias limitaciones, como personas y como comunidad, porque nos hace conscientes, entre otras cosas, de que la realidad es mucho más amplia y profunda de lo que somos capaces de ver. Pero me parece aún más importante saber qué intereses nos mueven, individual y grupalmente, porque condicionan no solo nuestra perspectiva, sino también nuestra percepción. Identificarlos no los elimina de la ecuación, pero clarifica el escenario y permite descubrir la parcialidad de muchos de nuestros discursos. A veces, no vemos porque no miramos, y no miramos porque no queremos ver, pues preferimos estar ciegas/os a arriesgar nuestro cómodo bienestar, pero en otras ocasiones vemos e interpretamos falsa y perversamente lo que vemos, para evitar cualquier tipo de compromiso.

¿Cómo saber qué realidades, qué ideas, qué personas nos resultan invisibles? ¿Cómo saber que están ahí, si no las vemos? Paradójicamente, a veces no es tan difícil. Pero, desde luego, hace falta querer ver.

 

[1] Johnson, Elizabeth. La que es: el misterio de Dios en el discurso teológico feminista. Barcelona: Herder, 2002, p. 32.

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¿Invisibilidad o ceguera? by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “¿Invisibilidad o ceguera?”

  1. Este escrito me ha servido para meditar en lo que nos pasa demasiado a menudo: no vemos o vemos mal. Y me ha llevado a meditar en el Evangelio y en las peticiones que se hacían a Cristo para que les curara la ceguera o una vista que les deformaba la realidad. Creo que uno de nuestros problemas es que creemos que vemos bien… y no pedimos el don de tener una buena vista según Cristo. Me he dado cuenta que de las muchas peticiones que se hacen dentro de la Iglesia la de pedir Luz y una vista que sea la que Cristo quiere que tengamos no son nada habituales.

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