Una de cartas

 

 No hay nada que pueda vencer a la muerte más que la escritura.

Nawal al-Sa’dawi

 

No sé si ya lo he dicho en este blog, pero me apasiona el género epistolar, como destinataria, como remitente y como simple lectora. Me encanta recibir y escribir cartas, me encanta leer las de otras personas, y no me importa que sean reales o ficticias, pero confieso que las de verdad me emocionan más, aunque sean menos hermosas formalmente, y que prefiero la escritura a mano y el papel al teclado y el correo electrónico, si bien disfruto mucho los mails que, de no existir Internet, serían cartas a la antigua usanza. Lo dicho, que me apasiona el género epistolar en cualquier formato. Y esta fue una semana de cartas.

El lunes, trabajando en la tesis, leí algunas –pocas– de las más de cien cartas que María Zambrano escribió a su amiga Reyna Rivas desde Roma –y que esta considera un tesoro espiritual–, en las que la escritora va desgranando las alegrías y las dificultades de su día a día, entreverando proyectos, aprietos económicos, cansancios, ilusiones, muestras de afecto, temores… En todo caso, son el testimonio de una amistad verdadera.

El martes, también a causa de la tesis, releí las cartas que Eloísa le escribió a Abelardo desde el monasterio en el que ingresó por indicación de quien fuera el padre de su hijo y, secretamente, su esposo. “Ya que me niegas tu presencia –dice Eloísa–, dame, al menos, la dulzura de tu imagen, siquiera a través de tus palabras, tan abundantes, por otra parte, en ti”.

El miércoles le mandé a uno de mis sobrinos unas fotos que sacamos juntos a unos cuantos bichos y animales pequeños en nuestros paseos mañaneros en el pueblo. Podía haber adjuntado las imágenes en un e-mail, pero me hizo ilusión revelarlas en papel, acompañarlas de una carta escrita a mano y echarlo todo al buzón, entre otras cosas porque estoy casi segura de que nunca ha recibido una carta a su nombre y me gusta ser yo la primera en hacerlo.

El jueves recibí un inesperado correo electrónico desde Buenos Aires. Inesperado, digo, porque me lo mandó una amiga que va a estar allí solo unos días, y no pensaba yo que gastaría parte de su valioso tiempo al otro lado del Atlántico escribiéndome sobre sus experiencias en la capital argentina, incluida una visita, que envidio sanamente, a las madres-abuelas de la Plaza de Mayo.

El viernes, una cartera llamó a la puerta de una amiga mía para entregarle una carta certificada que esperaba con impaciencia. El sobre contenía una resolución de la Consejería de Bienestar Social y Vivienda del Principado de Asturias que se aprobó a finales de marzo, pero que no se ha hecho efectiva hasta ahora porque a alguien le ha llevado dos meses largos poner su firma en el papel.

El sábado encontré otro e-mail inesperado, esta vez de una ex compañera de trabajo y amiga a quien hace tiempo que no veo, aunque me acuerdo mucho de ella. Entre otras cosas, me enviaba el enlace a un texto escrito por ella que apareció publicado en la sección “Cartas al director” de un periódico local[1], un precioso relato de su primera experiencia como lectora de las obras de Teresa de Ávila. Su correo era más bien breve, pero suficiente para saber que ha llegado el momento de vernos y, como ella dice, “cotillear de todo lo humano y lo divino”.

Hoy por la mañana leía en un periódico digital[2] sobre las trescientas cartas que Vicente Aleixandre escribió a Miguel Hernández y, tras la muerte de este, a su esposa, cartas que durmieron más de cincuenta años en el interior de un baúl de haya y que ahora ven la luz en un libro titulado De Nobel a novel: epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa

Ojalá haya muchos baúles de haya, muchas cartas –a mano o a máquina, privadas o abiertas–, yendo y viniendo, dibujando la vida, trayendo buenas noticias –o malas, según toque–, reclamando presencias y compensando ausencias, siendo cauce del pensamiento y dando que pensar, satisfaciendo impaciencias, llevando voces de un lado a otro, resucitándolas del pasado y del silencio, burlando el tiempo y la distancia. Ojalá haya siempre muchas palabras venciendo a la muerte.

 

 

[1] http://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/19350/centeneario-francisco-hernandez-teresa-sanchez-cepeda-ahumada.html

[2] http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/30/actualidad/1433011187_665584.html

 

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