Mujeres públicas

Las brujas no están quietas, y más si utilizan la escoba. Si se les cierra una puerta, pasan por una ventana. Son mujeres que se inventan salidas.

María Pilar Álvarez

 

Aunque hay hispanohablantes que han sugerido a los redactores del Diccionario de la Real Academia Española cambios referidos a palabras, locuciones o acepciones que, en su opinión, se consideran superadas o resultan hirientes, los académicos –ignoro si también las académicas– han preferido no incluir algunos en la última edición, tal como explican en el preámbulo de la obra, porque creen que los significados implicados “han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social”.

Una de estas locuciones con acepción problemática es mujer pública, que en la última edición del DRAE se define como “prostituta”. ¿Dónde está el problema? En primer lugar, en que en la actualidad la expresión apenas se usa con ese sentido, por lo que bien podría haberse señalado en el diccionario que “prostituta” es un significado en desuso de mujer pública. En segundo, y sobre todo, en que los redactores del diccionario no han incluido una segunda acepción, que podría haberse redactado como “femenino de hombre público”, o como “la que tiene presencia e influjo en la vida social”, que es la misma definición que el diccionario atribuye a la locución en masculino. Y así como el mantenimiento de la primera acepción quizá podría justificarse alegando que hay que dejar pasar más tiempo para considerarla en desuso, no encuentro excusa para el olvido de la segunda, salvo el sexismo del que a veces se acusa a la Real Academia Española, mejor dicho, a muchos de sus miembros. Hoy, las mujeres públicas, en nuestra lengua, son políticas, magistradas, deportistas, actrices, literatas, periodistas, filósofas, científicas, artistas, líderes sociales, monjas… En resumidas cuentas, mujeres que tienen presencia e influjo en la vida social.

En general, se acepta la presencia pública de las mujeres, y su influjo, siempre que no se salgan, que no nos salgamos, de ciertas rayas rojas que delimitan lo que nos es propio o impropio. Por ejemplo, no son problemáticas las mujeres públicas que encarnan el cuidado y la entrega a los demás, cualidades que siempre se han considerado muy femeninas, o mujeres que se dedican en cuerpo y alma a sus actividades públicas –sea ciencia, deporte, literatura…–, pero de forma más bien discreta. Pero sí lo son las que tienen poder o quieren tenerlo, las que crean opinión, las capaces de congregar a mucha gente en torno a sus ideas, las que dirigen a hombres, las que… pisan las rayas rojas y las traspasan y se arriesgan más allá de los límites que otros nos ponen solo porque somos mujeres. Y ya no se les llama prostitutas, utilizando la vieja acepción de mujer pública, pero sí se les desprestigia, de mil formas distintas, según el caso. Pondré dos ejemplos muy distintos.

Hace un año que la ex tenista francesa Amélie Mauresmo, que fue número uno del mundo, entrena a británico Andy Murray, actualmente número tres en el top ten mundial. No han sido pocos los artículos de prensa –escritos por hombres, dicho sea de paso– que o bien dudan abiertamente de la capacidad de Mauresmo para dirigir a Murray, con argumentos deportivos muy poco convincentes, que nunca utilizarían para desprestigiar a un entrenador, o bien la desautorizan indirectamente apelando a su condición sexual, como si ser lesbiana fuera un desdoro y además mermara la capacidad para entrenar a Murray o a quien sea. Lo que molesta de Mauresmo, sin embargo, no es su homosexualidad, sino que, siendo mujer, dirija a un hombre. Si entrenara a otra mujer, nadie hablaría de ella.

Ahí están también la benedictina Teresa Forcades y la dominica Lucía Caram, quienes además de ser mujeres, son monjas, lo que duplica las rayas rojas que se les dibujan alrededor. Y no importa si se está o no de acuerdo con sus actos y opiniones. Lo relevante, en su caso, es que se les exige una discreción y un recogimiento que nunca se les pedirían a monjes o a religiosos. Así pues, su condición de mujeres y monjas opera como una doble discriminación: no son equiparables a las demás mujeres, porque son monjas, y no pueden hacer –o no se quiere que hagan– lo que otros monjes y religiosos, porque son mujeres. El recurso, entonces, es extender la idea de que son malas monjas –o incluso monjas malas–, para desprestigiarlas, es decir, para restar valor a sus palabras y a sus obras.

Menos mal que las mujeres públicas, como las brujas, siempre se inventan salidas. Y no necesitan escobas para hacerlo.

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