Bendita maldición

La concienciación es una maldita bendición.

Joan Chittister

 

Estos días se están celebrando dos torneos internacionales importantes: la Copa Mundial Femenina de la FIFA, en Canadá, y el Campeonato Europeo de Baloncesto Femenino, en Hungría y Rumanía. La repercusión de ambos acontecimientos deportivos en la sociedad y en los medios de comunicación es mínima si se compara con la que tienen estos mismos eventos cuando compiten equipos de hombres, lo que evidencia la primacía de lo masculino en el ámbito deportivo, si bien es cierto que, al menos en los canales de televisión especializados, la presencia del deporte realizado por mujeres es lenta pero progresivamente mayor. A ello se suma el creciente interés de los/las comentaristas deportivas/os –mayor o menor según las personas– por visibilizar y ponderar el trabajo realizado por las jugadoras y los equipos femeninos en los distintos deportes, todo lo cual contribuye a disminuir el sexismo en este ámbito, aunque este suele colarse por las rendijas, reconvertido.

Me salta el estómago cada vez que oigo referirse a las mujeres deportistas como “las chicas”: las chicas pasan a la siguiente ronda, cuántas alegrías nos dan las chicas, las chicas rompen los pronósticos venciendo al equipo X, las chicas se van del campeonato con la cabeza bien alta… El apelativo, en sí mismo, no es negativo ni despectivo. De hecho, estoy segura de que se dice con cariño. Ahora bien, es precisamente ese cariño, mejor dicho, el modo en que se expresa, lo que me produce incomodidad. ¿Por qué? Porque nadie se refiere a los deportistas varones y a los equipos masculinos como “los chicos”, salvo que estén en categorías juveniles, o de edades inferiores, lo que significa que calificar de “chicas” a las deportistas, tengan la edad que tengan, es aniñarlas, mantenerlas simbólicamente en una categoría que no es la de “los mayores”.

Por otro lado, me suena a condescendencia. El DRAE define condescender como “acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien”. En principio, puede considerarse una actitud positiva, pero con matices, ya que si hace falta bondad para acomodarse a algo o a alguien es porque ese algo y ese alguien no merecen el acomodamiento de nadie. Traducido a lo que nos ocupa, el calificativo “las chicas” habla más del afecto hacia las deportistas de quien hace el comentario que de los méritos de estas, aunque sean muchos y, en ocasiones, superiores a los de los chicos en las mismas especialidades.

El sexismo está tan arraigado en nuestra sociedad, en nuestro lenguaje, en nuestras relaciones, en nuestra forma de ver e interpretar la realidad, que es muy fácil que nos pase inadvertido y reproducirlo inconscientemente, incluso cuando la intención es eliminarlo. Lo de “las chicas” es solo un ejemplo, pero hay muchos. La publicidad es una fuente inagotable de mensajes sexistas que, además, se repiten una y otra vez: niñas/os que piden la merienda a su mamá –nunca a su padre–, hombres –nunca mujeres– que conducen coches de alta gama, mujeres –nunca hombres– preocupadísimas por las manchas en la ropa, deportistas victoriosos cuyo premio es un vestuario lleno de hermosas jóvenes, cuerpos femeninos utilizados como ornato y aliciente para vender productos destinados a los hombres, desde colonias a neumáticos… Lo mismo sucede en muchas creaciones literarias, cinematográficas, en las musicales…, auténticos vehículos de transmisión sexista que normalmente nos tragamos sin rechistar.

Desde luego, no siempre tengo el radar puesto, pero hay cosas que me saltan a los ojos y a los oídos incluso cuando no me he propuesto ni ver ni oír. La concienciación mantiene la mente alerta y despiertos los sentidos… A veces, es un fastidio, como cuando se lee un texto lleno de faltas de ortografía que no se pueden obviar porque están ahí, gritando por encima de las palabras. Hay quienes piensan que ser más conscientes es una maldición, porque desde que han arrancado la ceguera y la sordera de sus vidas se sienten menos felices. No les juzgo, pero mi experiencia es otra. Creo que la lucidez no es fácil, pero compensa, compensa mucho, porque hace la felicidad quizá menos cómoda, pero mucho más honda, más real. Por eso, sé que hay mucha gente que, como yo, da gracias por la bendita maldición, o la maldita bendición, de ser consciente.

 

 

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Bendita maldición by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Bendita maldición”

  1. No sé en qué momento se despierta la concienciación en cada persona ¿se nace con ella? ¿se hace? ¿qué ponemos cada uno? ¿qué es lo que adquirimos? Pero una vez instalada en la sangre condiciona cada mirada, cada pensamiento sobre la vida y sobre los demás. Nos levantamos con la concienciación a cuestas y la cuestión es que no nos pese, ni nos hunda. Nos apena muchas veces ver lo que vemos y debemos saber llevarla, pero como dices Mª José Ferrer “La concienciación mantiene la mente alerta y despiertos los sentidos” y gracias a ella podemos cambiar aquello que no nos gusta y saborear también lo que huele bien.

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