El pensamiento de la creación

 

La creación es en parte responsabilidad nuestra, porque somos en cierto sentido el pensamiento de la creación. En nosotros la creación parió el pensamiento, la reflexión, la conciencia en una forma especial de organización.

Ivone Gebara

 

La reciente encíclica de Francisco Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común ha colocado la ecología en las portadas de los periódicos y en la mente de muchas personas que, hasta ahora, habían creído que las alarmas relacionadas con el medio ambiente solo eran monsergas de agoreros movimientos roji-verdes y de algunos políticos retirados, como Al Gore, a los que, después de haber probado el poder, les da por la filantropía. Es triste que haya quienes no se adhieran a algunas causas más que justas hasta que la Iglesia institucional no les da el nihil obstat, es decir, hasta que no son oficialmente asuntos de moral cristiana. Pero más vale tarde que nunca, así que bienvenida sea la encíclica franciscana si despierta algunas conciencias.

Hace bastantes años, leí un libro de Sallie McFague, titulado Modelos de Dios: teología para una era ecológica y nuclear[1], en cuyo prólogo se podía leer: “Nuestra capacidad nuclear nos pone a los seres humanos de finales del siglo XX al borde de la autodestrucción y, asimismo, de la eliminación de la mayor parte de las formas de vida que existen sobre la tierra, si no de todas”. Recuerdo que, en aquel momento, se hizo muy vívida mi conciencia de la capacidad de destrucción total que las armas atómicas nos proporcionan a los seres humanos, y también de que la guerra nuclear no es el único peligro que amenaza la vida, todas las formas de vida, en nuestro planeta, pues hay muchos modos de destruirla poco a poco, pero tan eficientemente como un montón de bombas atómicas: emisiones incontroladas de CO2 a la atmósfera, con el consiguiente efecto invernadero, destrucción de la capa de ozono por halones y clorofluorocarbonos, fracturación hidráulica para la extracción de gas y petróleo, contaminación de los océanos, convertidos en vertederos, talas masivas de bosques necesarios para renovar el oxígeno del aire… Son cosas que dan menos miedo que un enfrentamiento bélico y, a menudo, se justifican en nombre del progreso, pero matan y nos matan lenta, firme y silenciosamente. Es solo cuestión de tiempo que el uso irresponsable y el abuso de la naturaleza hagan del mundo un espacio inhabitable, inviable para la vida, no este año ni esta década ni, siendo optimistas, este siglo, pero con toda seguridad más pronto que tarde.

La única forma de evitar o retrasar sustancialmente el apocalipsis anunciado es detener el maltrato a la naturaleza, dejar de explotar abusivamente los recursos, establecer una relación equilibrada con los bienes naturales; en otras palabras, escuchar el gemido de la creación, releer la realidad, poner en tela de juicio los pilares que, hasta ahora, han sostenido el sistema, porque está demostrado que no funciona, ya que nos lleva a la destrucción total, y actuar en consecuencia. Si, como sugiere Ivone Gebara, somos el pensamiento de la creación, pensemos. Pensemos con la cabeza y el corazón y, como mínimo, asumamos la interdependencia que nos define como seres vivos y la mutua responsabilidad que nos une.

Y volviendo a la encíclica, me ha llamado la atención que en las citas bibliográficas que aparecen en las notas a pie de página[2] no haya ni una sola alusión al trabajo de tantas teólogas feministas para las que el tema ecológico es fundamental –hay una corriente llamada teología ecofeminista–, y que llevan años denunciando, entre otras cosas, la conexión entre el sistema patriarcal, el capitalismo neoliberal y el maltrato a la naturaleza, revelando como antievangélica, con argumentos, la sobreexplotación de los recursos naturales, alertando proféticamente sobre la necesidad de cuidar la tierra que hace posible la vida, y la de establecer relaciones humanas de justicia y equidad. Creo que es una triste ausencia que revela hasta qué punto hay que replantearse y convertir –en el doble sentido de cambiar y evangelizar– la ecología eclesial, es decir, la relación entre los seres vivos que habitamos la casa común de la Iglesia.

Pensemos, pues, y sigamos pensando cómo vivir haciendo posible la vida… y cada vida.

 

[1] Santander: Sal Terrae, 1994, aunque la edición inglesa original es de 1987.

[2] Muchas de ellas, la mayoría, son de documentos eclesiales escritos por los últimos papas, o elaborados por diferentes conferencias episcopales. En otras, se hace referencia a obras de los Padres de la Iglesia, de Tomás de Aquino y de otros teólogos medievales. También aparecen teólogos más actuales, como Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Juan Carlos Scannone… Aparece citado, asimismo, el filósofo Paul Ricoeur y se menciona en varias ocasiones la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, elaborado por la Conferencia de las Naciones Unidas correspondiente, reunida en Río de Janeiro en 1992.

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El pensamiento de la creación by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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