Optar por lo difícil

 

Uno de los recursos de la supervivencia psíquica consiste en acostumbrarse al horror y dejarlo de ver. Los humanos somos criaturas maravillosamente adaptativas, pero eso tiene un precio, y es el de convertirnos en unos miserables.

Rosa Montero

 

Ayer recibí el enlace al último post que Lidia Falcón ha publicado en su blog La verdad es siempre revolucionaria[1], un texto que bajo el título “¿Qué hacemos con nuestros niños?” reflexiona sobre las consecuencias que la custodia compartida impuesta tiene para las/os menores en una sociedad machista y patriarcal como la nuestra. La lectura del artículo ha confirmado, desgraciadamente, algunas de mis sospechas, pues hace tiempo que barrunto que a través de la custodia compartida y manipulando la idea de igualdad, se ha conseguido establecer un sistema legal y eficaz para que algunos hombres controlen más y mejor a sus ex parejas a través de las/os hijas/os que tienen en común.

Entre otras cosas, Lidia Falcón denuncia el poder de los equipos psicosociales de los juzgados, convertidos en “árbitros incontestables de la mala o buena conducta de las madres” y en cuyos informes –añado yo– suelen basarse casi ciegamente la mayor parte de las sentencias relativas no solo a temas de custodia, sino a múltiples asuntos judiciales en los que están implicadas/os menores de edad. No sé si, como ella afirma, hay en tales equipos “individuos e individuas ineptas, mal preparadas o que desahogan sus ansias de venganza en ese mísero poder que les da un trabajo burocrático al servicio de la justicia”, o si algunas/os carecen de la titulación adecuada, pero tampoco me extrañaría que así fuera, porque no hay profesión exenta de personas incompetentes y/o mezquinas. El problema, en este y otros casos, son las consecuencias.

No se me quita de la cabeza un telediario de hace un par de semanas, en el que, con el rostro oculto y un nombre ficticio, por seguridad, una mujer contó que su hija de cinco años, que ha relatado en varias ocasiones los abusos sexuales que sufre por parte de su padre, está obligada a acudir al domicilio de este los días de visita estipulados. ¿Por qué? Porque alguien del equipo psicosocial correspondiente, después de hablar veinte minutos con la criatura, no le creyó. ¡Con lo difícil que es que un/a niño/a cuente algo así, con el valor que hace falta para hablar!… El problema –repito– es que la incredulidad de quienes tienen en sus manos el poder para decidir sobre las vidas de las/os menores acarrea consecuencias muy graves. Espeluznantes. Tanto que, cuando se hace público algún caso, provoca alarma social… durante un tiempo. Luego se olvida. No obstante, la realidad es mucho más terrible, pues se cree que en España uno de cada cinco menores sufre o ha sufrido abusos sexuales. Si esto es así, todas/os nosotras/os estamos conviviendo con el horror… quizá sin verlo, quizá acostumbrándonos a él.

Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué estamos haciendo con nuestras/os niñas/os? No lo sé, pero elaborar y mantener vigentes leyes que priman los derechos de los progenitores sobre la protección de las/os menores supone considerarlas/os propiedad de quienes les engendraron; tolerar unos tribunales que no dedican ni el tiempo ni los medios suficientes para investigar lo que dicen las/os niñas/os víctimas de abusos sexuales significa dejarlos indefensas/os; castigar con la incredulidad a quienes vencen el miedo y la vergüenza para contar la verdad es condenarles al silencio, al aislamiento y a la desconfianza, y permitir que las/os menores sean una herramienta en manos de los maltratadores para controlar y torturar psicológicamente a sus ex parejas supone no solo instrumentalizar a las/os niñas/os para perpetuar la violencia machista en nuestra sociedad, sino convertirlos también en objetivos de dicha violencia…

Se dice que los abusos sexuales a menores son un síntoma de enfermedad social. Pues bien, si las cifras que se barajan son ciertas, esta sociedad está muy, muy enferma. Están enfermos los miembros –muchos– que necesitan relaciones sexuales de dominio para “ser”, y está enferma la sociedad en su conjunto, porque basa su estructura y su funcionamiento en la discriminación de aquellas/os que considera inferiores, fomenta relaciones desiguales y tolera, a veces por omisión, y otras con todas las de la ley, la indefensión de las/os más débiles.

Es más fácil no ver, no oír, esconder el horror debajo de la alfombra, hacer como que no existe… Pero habrá que optar por lo difícil, porque, en palabras de Luisa Coque, “ignorar lo visto y lo oído es una forma de matar”.

 

 

[1] http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/09/07/que-hacemos-con-nuestros-ninos/

 

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Optar por lo difícil by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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