¿Cuestión de género?

Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.

Chimamanda Ngozi Adichie

 

El viernes murió la hermana de un compañero de trabajo. El funeral fue en el pueblo donde nació y vivía. Había muchísima gente, dentro y fuera de la iglesia, incapaz de albergar a tantas personas. Me sorprendió gratamente la homilía, pues el cura no se limitó a pronunciar palabras que lo mismo habrían valido para ese funeral que para otro, sino que tuvo siempre presente a quién despedíamos y a su familia. Se le veía implicado, afectado por la muerte de su parroquiana y amiga y deseoso de transmitir esperanza. Al final, los hijos, a través de una amiga, nos dieron las gracias a todas/os por acompañarles en momentos tan duros, pero sobre todo dieron las gracias a su madre, por ser como era, por vivir como vivió, por hacer lo que hizo con ellos y con toda la gente con la que se cruzó. Yo solo la conocía de vista, pero por lo que se fue diciendo de ella y por la emoción que se podía adivinar en las/os presentes, está claro que era una mujer extraordinaria.

Se destacaron, entre otras cosas, su labor como maestra en la escuela pública durante más de treinta años, su empeño en trasmitir conocimientos, pero sobre todo en formar personas, su solidaridad, su búsqueda de la justicia, su disponibilidad, sus sabios y ponderados consejos, su compromiso en todo lo que tenía que ver con el pueblo… Pero se insistió, sobre todo, en su faceta de madre, en lo que su familia era para ella, en la dedicación a sus hijos, en su deseo de hacer de ellos personas íntegras, en la felicidad que le producían… Se habló mucho de la gratuidad, la generosidad y la incondicionalidad del amor maternal, “el más parecido que existe al amor de Dios”, en palabras del cura.

No sé si el amor que se le supone a una madre es, de verdad, más grande y verdadero que otros tipos de amor, pero parece haber un acuerdo general en que sí, en que el amor maternal –considerado gratuito e incondicional– es el más perfecto de los amores humanos y, por tanto, el más divino. Ahora bien, si esto es así, como el amor maternal se refiere a la maternidad, y el significado de esta suele reducirse a su aspecto biológico –gestación, parto y crianza de la prole–, es un amor que solo se asocia a las mujeres –que solo se nos pide a nosotras–, de lo que podría deducirse que somos los únicos seres humanos capaces de amor maternal, o sea, del amor humano más divino posible. La conclusión no puede sonar más injusta para los varones, quienes por simples razones biológicas, que nadie puede escoger, no serían aptos para amar de manera tan perfecta, aunque lo desearan, aunque se sintieran llamados a ello.

Pues bien, razonamientos semejantes son los que han usado durante siglos, y aún se usan, para repartir los roles familiares, sociales y eclesiales en función del sexo/género, para excluir a las mujeres de algunos ámbitos y funciones, para limitar nuestras posibilidades, para definir lo que podemos y no podemos hacer, decir o pensar, lo que es “femenino” y, por tanto, nos corresponde porque somos mujeres, y lo que no lo es. También los hombres tienen que ajustarse a un canon para ser verdaderamente hombres. En realidad, se trazan líneas teóricamente infranqueables y cruzarlas se considera un acto de subversión, cuando no de perversión. Pero el “reparto” no ha sido equitativo, en perjuicio de las mujeres, porque durante siglos, y aun ahora, humano y varón se han identificado completamente y lo masculino ha sido considerado siempre lo normativo, lo que se traduce en que a las mujeres se nos ha tenido por menos humanas y también menos divinas. Y eso, a pesar de nuestra capacidad para el amor maternal…

¿Cómo razonar de otro modo, como llegar a otras conclusiones? Entre otras cosas, atreviéndonos a pensar de otra forma, lo que no es nada fácil, porque hemos aprendido a interpretar la realidad en pares de conceptos opuestos y jerarquizados, es decir, considerando uno de ellos mejor que el otro. Es difícil, sí, pero imprescindible, porque nuestra manera de pensar condiciona nuestro modo de sentir, de vivir, de organizarnos.

Yo no me creo que las mujeres, madres o no, seamos capaces de un amor más perfecto que los hombres, como tampoco me creo que ellos, por ser varones, sean capaces de cosas que nosotras no. Amar, pensar, soñar, vivir… no son cuestión de género, sino de humanidad. Y humanas/os somos todas/os.

 

 

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¿Cuestión de género? by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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